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La fogata inútil
Por José Barnoya - Guatemala, 9 de diciembre de 2007

El individuo —que no es otro que el mismo diablo— toma la jícara quemante sin inmutarse.

No recuerdo bien si fue la abuela la que lo contó o lo leí en un escrito del excelso Celso Lara; lo cierto es que principió en la aldea Concepción Las Lomas, ahora cercada por los discípulos de Rafael Landívar y Caballero.

Sucedió a finales del siglo antepasado o a principios del pasado. Durante el largo y alegre recorrido del Rezado del 7 de diciembre, el pueblo encendió, primero rajas de ocote, luego candelas de sebo, y por último elaboró enormes piras con paja, ramas resecas y chiriviscos, para alumbrarle el camino a su patrona, la Virgen de Concepción. Desde ese entonces se arraigó la devoción o más bien la costumbre: en carretillas de mano, en costales, a memeches, en motos, bicicletas y hasta en picops, tatas y patojos conforman antes de las seis de la tarde del siete de ese mes, montículos, volcanes y montañas con los que iluminan, sahúman y contaminan la enferma y deteriorada ciudad.

Falta un minuto para las seis de la tarde. La aguja del segundero persigue a la aguja del minutero. Con las seis campanadas el chispazo inicial se transforma en una fogata colectiva. Chisporrotean entre las llamas el alza de los precios de la canasta básica y la matacinga de mareros y mujeres indefensas. Hacen miles de contorsiones las voces engañosas de los mandatarios que se despiden y los que están por llegar.

Prevaricatos, mordidas, trinquetes, fafas, extorsiones, represiones, expoliaciones, dictámenes, prebendas, demagogias y engañifas se confunden entre las cenizas. Hasta los viajes prematuros, las indemnizaciones inmerecidas y la inverecundia de los políticos se hacen humo. Una columna de vesania asciende de la pira, mientras que un calzoncillo pichoneado y viejo exhala el último suspiro.

Dentro de un apaste flotan, alegres entre la miel, las parejas de buñuelos inflados. Las ciruelas y la piña se debaten borrachas entre el ponche humeante.

Sentados a la mesa, veo a mi lado a un personaje extraño que me pide una jícara de batido de ese que chamusca con sólo tocarlo. El individuo —que no es otro que el mismo diablo— toma la jícara quemante sin inmutarse. Chapudote, los ojos saltones, la mirada torva, la risa cínica, saborea con su lengua bífida de diputado la tonificante bebida.

En punta, las orejas y las guías de los bigotes; en lugar de cabello: siete mil cachos, la cola arrollada a una de las patas de la silla. Los patojos que lo creían achicharrado, lo miran sorprendidos. Después de limpiarse los labios con una servilleta de papel con una flor de pascua, dice buen provecho, toma su tridente y se aleja presuroso rumbo a un edificio que más parece muladar que Congreso de la República.

Ya en lo más alto del hemiciclo se apoltrona y, a través de un micrófono, se dirige a sus 158 compinches: —Sobreviviente de la fogata, seguiré con ustedes en la ingrata tarea de violar constituciones y pervertir leyes—.

Fuente: www.sigloxxi.com


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