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Fotografía testimonial
Por José Barnoya - Guatemala, 11 de mayo de 2008

De esa manera fui aprendiendo historia en una forma más amena de la que nos enseñaban los profesores

Fue José García Sánchez –el abuelo materno– quien me entusiasmó por ese arte testimonial de la fotografía. Lo primero que llamó mi atención fue ver que en uno de los balcones de su casa tenía una vidriera que mostraba al público fotografías de grupos familiares, señoritas en traje de novia y patojos de primera comunión. Más allá del pórtico que ostentaba el rótulo: Fotografía La Exposición, estaba su taller de fotografía, en donde el abuelo fotografiaba al que se le pusiera enfrente. Después de poner en posición a las personas, enfocar a través del objetivo y oprimir una vejiga, sacaba de su inmensa cámara una placa de vidrio, para entrar presuroso en un cuarto oscuro del que salía al cabo del tiempo con las imágenes reveladas de las personas que había fotografiado. Nunca reveló el secreto que permitía que sus manos de mago, transformaran un negativo de vidrio en una imagen positiva calcada en una cartulina.

Poco a poco fui invadiendo el espacio fotográfico del abuelo para desentrañar de su archivo parte de la historia que había ido acumulando en su cámara mágica a lo largo de los años. De esa manera fui aprendiendo historia en una forma más amena de la que nos enseñaban los profesores. Procesiones, manifestaciones, reuniones, huelgas, atentados, y toda clase de acontecimientos que sucedían en la aldea, quedaron grabadas en la retina. Fue viendo esos documentos gráficos que me di cuenta de que la fotografía era el mejor medio para aprender la historia. Desde ese día empezaron a desfilar por la cabeza un grupo de fotógrafos que plasmaron en la memoria la historia fehaciente de la tierra: Imeri, Stein, Eichenberger, Boyton, Ruano, Serra y otros, perpetuaron las manifestaciones contra la dictadura de Ubico, los combates de los revolucionarios de Octubre, las concentraciones masivas del Primero de Mayo, los terremotos de San Gilberto, y otros acontecimientos sobresalientes.

Llegaron los años 70 y 80 cargados de violencia e injusticia, coincidiendo con la aparición de un fotógrafo valiente, inquieto y esforzado: Mauro Calanchina que guardó celosamente sus fotografías tomadas, arriesgando la vida en esa época azarosa, imágenes que reaparecieron nítidas e intactas en la antañona Universidad de San Carlos en lo que hoy se llama Museo de la Universidad de San Carlos (Musac)

Una mañana de abril me adentré por el Musac, en donde, en abril de 1962, fueron masacrados, por una patrulla militar, los estudiantes Funes, López Toledo y Gálvez Galindo. Frente a la obra de Mauro Calanchina me entristecí ante fotografías de manifestaciones estudiantiles, directivas de la AEU y cortejos fúnebres de jóvenes líderes; sonreí al vislumbrar al líder Castañeda de León y su junta directiva; suspiré ante los féretros de Robin García y Leonel Caballeros, y repetí ante la tumba de Oliverio: “Mientras haya pueblo, habrá revolución”.

Fuente: www.sigloxxi.com


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