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Una tarde de junio
Por José Barnoya - Guatemala, 22 de junio de 2008

Esa tragedia, que ha venido repitiéndose y no termina nunca, sucedió hace más de treinta años.

Las cinco y media de una tarde gris. Pensé en llamar a la esposa para decirle que llegaría pronto y que preparara café. En ese instante la voz de la telefonista pasó una llamada urgente: Ametrallaron a su amigo y está malherido. Ya no alcancé a escuchar el resto.

Éramos puros pichones allá por 1948, cuando nos graduamos del Instituto Central para Varones. Calaba el frío esa noche en la que don Roberto nos entregó el título de Bachiller en Ciencias y Letras, previa donación por cada uno de nosotros de un libro para la bi-blioteca. En la foto quedamos indelebles: Sosa Silva, el director; Carlota, Beatriz y Elena; Edgar, el Seco, Panecillo, el Loco, el Conejo, Mario Pinzón, Alfonsito y vos –yo a tu lado– sosteniendo el cartón que nos abrió de par en par la puertas de la San Carlos.

No olvidaré nunca el 27 de abril de 1957, pues ese día juraste fidelidad a la profesión de abogado y desde ese momento estuviste al lado de los trabajadores, abogando por ellos. Parrandeamos hasta el amanecer allá en Las Rosas, en la Plazuela 11 de Marzo.

Fue idea mía la de hacer una grabación del Viernes de Dolores del 74. Entre bromas, risas, cuchufletas y alipuces, cada quien leyó algo de su cosecha. En la cinta quedaron nuestras voces: nerviosa la de Chus; profunda la del Huevo; rectoral la de Canario; gritona la mía y festiva la tuya. Coloqué después la cámara sobre un trípode, pedí que se rieran y moví la palanca automática. Así quedó en la cartulina el testimonio de nuestra hermandad, en esa foto ahora amarillenta.

Por unos cuantos minutos, ese 8 de junio de 1977, mi desesperanza estuvo acompañando a la angustia de Elsa y la desazón de Maya y los cuaches. Me di cuenta de que todo había terminado cuando Juan Tecú, el muñequito que creaste en el 55, de pelo hirsuto, guardó su honda burlona y combativa en la bolsa del raído pantalón, refugiándose en la carátula de El Estudiante; y cuando las doce letras del No Nos Tientes, que usaste con ingenio para poner al desnudo torturas, asesinatos, masacres, robos e impunidades, se anegaron en sangre.

Después de que 32 plomos de ignominia, disparados por cuatro sicarios, te inmolaron impunemente, doce mil brazos de amigos, obreros y estudiantes se alzaron para situarte por encima de las nubes, donde ya nadie osaba hacerte daño.

En ese instante, como único homenaje a nuestra férrea amistad sólo pude apretar tu mano acribillada de hombre, artista y universitario; dejando sobre tu frente de mártir y patriota, un beso en la frente que se ahogó en un mar de lágrimas fraternas. Esa tragedia, que ha venido repitiéndose y no termina nunca, sucedió hace más de treinta años. Si bien ya muchos la olvidaron, así como se ha olvidado el martirio de universitarios, maestros, sindicalistas, obreros y campesinos; yo, al menos, no la olvido, permaneciendo indeleble en mi anciana y arrugada memoria.

Fuente: www.sigloxxi.com


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