El maestro Gularte
Por José Barnoya - Guatemala, 23 de noviembre de 2008
Pone en mis manos un folleto (...) en el que caben toda su angustia y dolor.
Fue un domingo 25 de junio de hace 64 años cuando una manifestación de protesta contra la dictadura ubiquista fue disuelta a golpes de sable, bombas y disparos. En protesta por la represión de esa mañana, un grupo de mujeres en-lutadas efectuó, a las 5 de la tarde, una nueva manifestación, la cual fue recibida a balazos por la tropa. Entre los heridos (Celso Cerezo, Muñoz Meany, García Valle, Julieta de Rolz) la maestra María Chinchilla fue ultimada por una bala en el rostro. Eso cuenta la historia, a no ser que los que ahora exculpan al Ejército aseveren que lo sucedido fue obra de grupos interesados en desestabilizar a la dictadura. Fue a raíz de la muerte de esa noble maestra que se instituyó el 25 de junio como Día del Maestro.
Es por ello que cada Día del Maestro se refleja en la memoria una pléyade de educadores que a través de los años nos formaron como seres humanos, enseñándonos no sólo artes y ciencias, sino también a comportarnos en la vida con ética, moral, respeto, cortesía, decencia, valor y honestidad. Como que si fuera ayer, aparecen enteros: Fer-nando Santos, Miguel Ángel Gordillo, Julio Anzueto y compañeros, infundiendo conocimientos en el Colegio La Ju-ventud. Ocupan las aulas del Instituto Central: Belisario Ventura, Francisco Guzmán, Rafael Iriarte y otros, para en-señarnos que más importante que el individuo es la colectividad. Discurren por la facultad de Medicina: Carlos Mau-ricio Guzmán, Alejandro Palomo y Tito Passarelli, promoviendo el bien común.
Emerge en el horizonte la figura noble y amable de Francisco Gularte, quien pone en mis manos un folleto de apenas 15 páginas en el que caben toda su angustia y dolor. Escribe el preclaro maestro, también ex director del Instituto: “Este año se cumplen 25 años de la desaparición de mi hija Judith Marlene Gularte Paredes”. Relata don Paco que a su hija la se-cuestró gente armada, con lujo de fuerza e irrespetando que llevaba en sus entrañas a un niño, a un paso de entrar en la vida. Como su padre, Judith Marlene era maestra y, a la vez, directora de la escuela primaria de la colonia la Brigada de Mixco. Mientras que peregrina por policías, morgues y cementerios, en busca de la hija y el futuro nieto, continúa dicien-do: “En la actualidad viven muchos responsables de las masacres de la época de Lucas y su pandilla de asesinos; mu-chos de ellos para lavar su actuación podrían ayudarme sin comprometerse”.
Clama al final el padre dolorido: “Ojalá pueda encontrar sus restos para que crímenes pavorosos como el de mi hija y su niño no vuelvan a perpetrarse”.
Atardece cuando el sol bosteza entre los arreboles. Confundidos entre una miríada de cruces, entreveo a dos maestros, padre e hija, que, asidos de las manos, van en busca de la justicia y de la paz. Corre tras el Maestro Gularte y su hija Judith Marlene, un niño angelical.
Fuente: www.sigloxxi.com |