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El General en su laberinto
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, febrero de 2005

Como si fuera un minotauro parapléjico, el general Romeo Lucas García está tirado en su cama en Venezuela. No se acuerda ahora de nada. La enfermedad del olvido, el Alzheimer, lo daña irreversiblemente. Mejor para él; talvez no podría soportar las voces de los desaparecidos. Ni aguantar los ojos de los enterrados.

Pero en España lo reclama la justicia. Se le acusa de una de las más de cuatrocientas masacres documentadas, cometidas por su ejército en los años ochenta. La quema de la Embajada de España pertenece a sus macabros logros, dentro de la política de asesinatos políticos que caracterizó su gobierno. Lo que hicieron Lucas y compañía no tiene perdón. Y menos olvido.

En nuestro país no lo entienden así las autoridades. El sistema judicial guatemalteco no está cojo sino paralítico. Gran vergüenza resulta que este tipo de procesos se tengan que dirimir en otros países. En este caso, debido a que ciudadanos españoles resultaron muertos, en Guatemala no se ha hecho ni siquiera la investigación técnica de base. Porque se está actuando como el avestruz, hundiendo la cabeza en la arena, para negarse a ver los crímenes horrendos. La pasividad resulta cómplice.

Las viejas fotos en blanco y negro de Lucas y de Donaldo nos retrotraen a una época que pareciera hoy prehistórica. Los ahora ancianos son buscados por terribles delitos. Eran entonces hombres en toda su vitalidad. Pero usaron sus energías para matar, perseguir y torturar. Estos hombres representan lo peor de nuestra historia contemporánea. Ligados victimariamente al holocausto guatemalteco. Con el pretexto de combatir el comunismo asesinaron a miles de personas inocentes. Y también a lo mejor de la intelectualidad. Nombres no comunistas como Manuel Colom Argueta, Alberto Fuentes Mohr, Roberto Mertins, Jiménez Cajas, Rita Navarro, Alaide Foppa, Irma Flaquer y cientos más que son testimonio irrebatible de aquella barbarie. El Estado guatemalteco se negó a sí mismo. Dejó de ser un Estado de derecho para convertirse en uno terrorista y genocida. Cuando el Estado mata por razones de Estado, el Estado ha perdido la razón.

La guerra sucia (no hay guerra limpia) comenzó cuando se aplicó sin piedad la política de liquidar a ciudadanos por la simple sospecha de ser opositores. La negra práctica de no tener prisioneros de guerra. Ahí comenzó la derrota moral del ejército. En Guatemala no hay presos políticos, sólo muertos políticos, dijo alguna vez el doctor Villagrán Kramer antes de renunciar a la Vicepresidencia durante el gobierno de Lucas.

Sirva aquí recurrir al filósofo Ricoeur, cuando demanda la "justa memoria". Para que no vuelva a repetirse. Para que se haga justicia de una vez por todas. Para que las futuras generaciones de guatemaltecos puedan vivir realmente en paz. Conciencia limpia y corazón tranquilo. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Ni se pierden en el laberinto de los monstruos.

Fuente: www.sigloxxi.com


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