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A libro abierto
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, 21 de julio de 2005

Hay que decirlo a calzón quitado: el primer desaparecido de Guatemala fue un antiguo libro pintado. La tradición oral lo salvó. En un acto terrible el obispo de Landa destruyó después muchos de los llamados "papeles de los indios", que en realidad eran códices mayas.

Durante la Colonia, la Inquisición se encargó de censurar la lectura. Muchos títulos jamás circularon en nuestras tierras, por expresa prohibición del Santo Oficio. Es conocido el trato cruel a que fue sometido el cronista Antonio de Remesal por la Inquisición. La lucha por la verdad histórica tiene raíces antiguas en Guatemala. Y la censura y autocensura parecen ser un mal estructural del país. Basta recordar las hogueras de libros en el Parque Central en 1954, bajo el pretexto de que eran textos comunistas. Allí se quemó por igual a Tolstoi y a Monteforte, a Dostoievski y a Luis Cardoza.

A la destrucción de libros, cierre de editoriales y a la censura se ha dado históricamente un impresionante éxodo forzado (voluntario o no, carece de importancia) de intelectuales y escritores. El poeta ha sido estigmatizado en nuestro medio. El escritor ha sido perseguido e ignorado. No sólo no leemos sino hemos sometido a nuestros grandes creadores al exilio. Desde Rafael Landívar hasta Cardoza y Aragón hay un proceso de expatriación. Basta mencionar los nombres de Augusto Monterroso, Raúl Leiva, Otto Raúl González, Carlos Illescas, Miguel Ángel Asturias y Carlos Solórzano, para comprender lo terrible que ha sido la dosis de exiliados notables y la pérdida de cerebros. Exportamos las mejores neuronas e importamos toda clase de porquerías. Sin olvidarnos de la masacre de escritores y periodistas que le han dado a Guatemala el sello de letricidio. Irma Flaquer, Alaíde Foppa, Marco Antonio Cacao Muñoz, Chilolo Zarco, Otto René Castillo, Roberto Obregón, Luis Delión y muchos otros.

Pese al letricidio, Guatemala ha dado grandes valores universales. El Popol Vuh, la crónica de Bernal, la poesía de Landívar, las páginas de Gómez Carrillo, la prosa de Arévalo Martínez, las novelas de Asturias, sin olvidar a Monteforte Toledo y a Tito Monterroso.

Esta tradición debe ser asimilada. Llevada a las mayorías iletradas. La falta de lectura y de conocimiento de la historia no es sólo parte del subdesarrollo sino una de sus causas acuciosas. Pueblo que no lee no prospera. Individuo que no lee se superficializa, se aligera de valores, y es manipulable y volátil.

Es hora de que haya una verdadera política nacional para el fomento de la lectura. Que se apoye a las editoriales y se implementen operativos de distribución. También la formación de círculos de lectura, a la par de liberalizar los libros de impuestos. Difundir nuestros valores contribuye a la autoestima, a la superación personal y a la consolidación de la paz social.

Fuente: www.sigloxxi.com - Magazine 21


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