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Lecciones de Nueva Orleáns
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, 11 de septiembre 2005

La prepotencia es una gallina ciega. Pero los pies de barro del gigante le han hecho dar ahora un mal paso. Como si fuera una película de terror, las escenas de Nueva Orleáns han inundado la pantalla de la tele. Hemos visto cadáveres que flotan en las aguas, adultos que lloran como niños, gente saqueando almacenes y militares con sus armas pesadas apuntando y disparando.

Expertos en desastres afirman que la tragedia pudo haberse minimizado. Que faltaron los recursos estatales y públicos necesarios cuando éstos más se necesitaban. Que la intervención de las máximas autoridades de Estados Unidos ha sido tardía y torpe. Y las tropas en Iraq, haciendo una guerra lejana y sangrienta. Es tiempo de que comiencen a pensar más en la política interior y dejen de jugar a policías del mundo.

La confianza en la mano invisible del mercado tiene su parte en la tragedia. El conocido periodista norteamericano Michael Parenti afirma que la agenda de Bush consiste en achicar los servicios estatales al mínimo y obligar a la gente a recurrir al sector privado. Dice Parenti que la gente de Bush recortó $71.2 millones del presupuesto del Cuerpo de Ingenieros de Nueva Orleáns, una reducción del 44%. Y tuvieron que archivarse los planes para fortificar los diques de la ciudad y mejorar el sistema para el drenaje de agua.

El mundo ha reaccionado. Rusia y Francia se adelantaron a brindar su ayuda, pero no fue aceptada. Demasiado orgullo, aunque el orgullo imperial fue sacudido cuando Hugo Chávez vino con el anuncio de facilitar petróleo. Y Fidel Castro aprovechó para meter lo suyo. El ofrecimiento de La Habana de mil médicos y veintiséis toneladas de medicinas fue rechazado de inmediato por Washington. Los cubanos conocen muy bien los terribles efectos de un huracán; pero han sabido evacuar a su población, y con medidas preventivas casi no han tenido víctimas mortales ni heridos.

Otro aspecto relevante son las consecuencias ecológicas. Desde hace años se viene advirtiendo del llamado efecto invernadero o recalentamiento del planeta, debido a seis gases que mueven la industria pesada y los automotores del mundo. Estados Unidos no ha querido firmar el Convenio de Kyoto, y hoy sólo un iluso puede afirmar que el huracán Katrina y sus devastadores efectos es ajeno a toda voluntad humana.

Las lecciones resultan muchas, pero en el fondo hay una fundamental: Katrina es el huracán de los pobres. Katrina ha mostrado las desigualdades sociales y étnicas del "paraíso americano". Justo poco después de que el embajador John Bolton en la ONU indicó que Estados Unidos no apoyaría más las Metas del Milenio para reducción de la pobreza, se han ocupado demasiado en cazar terroristas en Afganistán, pero han olvidado cuidar su propio patio.

Fuente: www.sigloxxi.com - Magazine 21


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