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De la cuna al cadalso
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, 14 de enero de 2007
aladinomas@hotmail.com

Interpreto la esencia del cristianismo como en contradicción absoluta con la pena de muerte.

¿Serán los verdugos de Sadam mejores hombres que el ex dictador? Las imágenes de la ejecución del genocida iraquí se propagan por el mundo. Nuevos videos captan detalles no vistos, en una macabra documentación de la crueldad humana. Romperle la nuca a alguien es siempre un acto de barbarie no menor a la costumbre de sentar a criminales en una silla eléctrica o inyectarles cianuro (lo que sucede con cierta frecuencia en el estado de Texas donde el ex gobernador y hoy presidente Bush fue “campeón” de la pena de muerte con 152 ejecuciones).

Líderes europeos coinciden en que era necesario castigar a Sadam por sus crímenes de lesa humanidad: asesinatos masivos de población civil, “escondidos” en cementerios clandestinos. Pero también opinan que la pena de muerte nunca es necesaria.

Lo peor es el impacto en los niños. No menos de ocho casos de infantes se ahorcaron influenciados por las imágenes de la ejecución de Sadam. Entre ellos el niño guatemalteco Sergio Pelicó, que en Texas murió probando por curiosidad las formas de la horca.
La pena de muerte no resulta edificante. Ni siquiera en casos de genocidio. Por otra parte, no existe castigo más grande que la pérdida de la libertad. Y aún el monstruo más terrible puede arrepentirse y pedir perdón, lo que no significa que tenga derecho a recobrar la libertad, pero si a buscar la dignidad humana. Porque la criminología, la sicología y la sociología nos enseñan que existen causas intrínsecas (del individuo) pero también exógenas (la sociedad y el entorno) que conducen al crimen, incluyendo los crímenes más horrendos.

Interpreto la esencia del cristianismo como en contradicción absoluta con la pena de muerte. Parto de que una constante en la lucha social es eliminar causas y no sólo efectos de conductas perversas. Asumo que la cultura de la vida no incluye la pena de muerte bajo ninguna circunstancia ni tampoco como excepción. Y estoy en contra de la falacia mentecata de que la pena de muerte pueda ser la base de la cultura occidental.

El brutal asesinato de la niña Evelyn Karina trae a colación un debate necesario sobre la pena de muerte. Desde ya se vislumbran posiciones a favor, las cuales, sin embargo, son ciegas para ver las causas y meditar sobre el el entorno y la situación general de los jóvenes guatemaltecos.

No estoy defendiendo a los acusados de tan execrable crimen, los jóvenes pandilleros Rolin Arrivillaga y Wálter Aguirre. Ellos tendrán que defenderse ante los tribunales. Pero considero desmedido desde ya condenarlos a la pena máxima (sin haber sido juzgados) y sin detenerse a meditar un instante sobre cuál es la sociedad en que se desenvuelven los jóvenes y niños de Guatemala, sometidos a un medio sin alicientes donde privan las maras, las drogas y la violencia. Una Guatemala que induce a salir de la cuna al cadalso.

Fuente: www.sigloxxi.com


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