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¿Qué hacer con las maras?
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, 17 de junio de 2007
aladinomas@hotmail.com

Resultan formas sustitutas, aunque perversas, de la familia.

Resulta grave el aumento de la distancia entre el Estado y la juventud.

Por datos demográficos, sabemos que gran parte de la población guatemalteca es menor de 20 años. Pero la juventud se ha visto sometida a estructuras de exclusión, que le impiden a miles de jóvenes tener educación y opciones de trabajo. Y muchos carecen de una visión positiva del futuro.

Las maras resultan formas sustitutas, aunque perversas, de la familia, las redes sociales y las insituciones. Por eso confieso que he sufrido vergûenza ajena, con las infortunadas declaraciones del presidente Óscar Berger, que públicamente da una “felicitación” al chofer que dio muerte a un joven pandillero.

El piloto, de acuerdo a los tribunales, ha sido eximido de culpa. Pero de ahí a alegrame y a compartir una felicitación hay un abismo, por razones éticas. Esta muerte es una tragedia más, de las miles que han sucedido a causa de la problemática de maras. Muy poco profesional el Presidente. Muy poco de todo en su gestión y en cambio una escalada de violencia imparable y la inseguridad más terrible de nuestra historia inmediata. Quiero recordar que fue la seguridad el principal argumento electoral de Berger y compañía.

No es con mano dura que se van a arreglar los problemas de las maras. Hay que ir a la raíz del asunto. No olvidemos que las maras son productos de la exclusión y la pobreza. También un resultado de la globalización asimétrica, como partes de un mismo proceso: la migración forzada y su contrapartida, la deportación.

Resulta grave el aumento de la distancia entre el Estado guatemalteco y la juventud. Esta última carece de alternativas. Los jóvenes, para protejerse, se ven obligados a emigrar o a incorporarse a las maras. Cuando emigran a Estados Unidos son muchas veces captados allí por las pandillas y al ser después deportados, traen consigo esta aprendida subcultura.

La proliferación de las maras en Guatemala crea expectativas de un debate sobre la juventud y la condición del “ser joven”. Condición no sólo biológica sino mental, cultural y social. Pero todavía este debate no arranca, ni a nivel de la media ni en el ámbito académico y menos en el ambiente electoral, que muestra tantas deficiencias de calidad y en cambio tanto circo, cancioncitas, viandas, promesas y la carísima publicidad.

La violencia ha sido una constante en la historia guatemalteca. En la sociedad de posconflicto, es también una extensión de las formas aprendidas durante el conflicto armado interno. Ahora impregna las estructuras sociales, produciendo una violencia estructural con elementos de brutalidad, terror y hasta el sadismo.
Por eso no debe aplaudirse ningún modo de violencia, menos si es extrainstitucional. Y menos aún, ante la desesperación que produce la ineficacia del Gobierno, ir aceptando la llamada limpieza social, que no es más que una vuelta al pasado horrendo. Sólo un cambio en las estructuras sociales, políticas y económicas de la sociedad guatemalteca puede permitir, al largo plazo, una superación del problema de maras.

Fuente: www.sigloxxi.com


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