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Líbano
Por Jaime Barrios Carrillo - Estocolmo, 22 de julio de 2007
aladinomas@hotmail.com

Todavía están frescas las imágenes de las masacres en Sabra y Shatila.

Hizbulá ha sido como “Un Estado dentro de otro Estado”.

El odio sigue contaminando al Líbano, cuya tierra marrón rojizo (terra rossa) pareciera hoy un símbolo de la sangre derramada. Todavía están frescas las crueles imágenes de las masacres en Sabra y Shatila. Cómo superar este rencor ancestral, cuyas raíces no falta quien ubique en el antagonismo biblíco entre Ismael e Isaac.

Hay demasiadas injerencias y actores irreconciliables. Siria, Israel, Irán, los países árabes y Estados Unidos, ejercen presiones e intervienen en los asuntos internos de un Líbano que tiende a convertirse en “tierra de nadie”; la creciente ingobernabilidad podría reventar, en cualquier momento, en una guerra. ¿Sobreviviría el Líbano a un nuevo conflicto o acabaría fraccionándose? ¿Es posible todavía evitar la catástrofe?

Entre 1975 y 1990 la guerra civil destruyó la infraestructura del país y provocó cerca de 150 mil muertos. Se abrieron entonces las fosas del terror, aún no cerradas, donde se ha depositado el odio fratricida. Sobre todo con la confrontación inter-musulmana entre shiitas y suníes. Pero también los antagonismos con el grupo cristiano maronita, que representa el 27 % de la población. Enfrentamientos escalonados pueden conducir a una nueva guerra civil.

La paz abrió al comenzar los 90, la esperanza de que resurgiera aquel país próspero, donde concluían culturas y comercio. Los turistas volverían, la industrias recomenzarían la producción y la infraestructura sería reconstruida.

Pero el 14 de febrero de 2005 caía asesinado el primer ministro Rafik Harriri. Se inició entonces, según el profesor Omar Nashab de la Universidad Libanesa Americana, una nueva época en el país, con el retiro de las tropas sirias y la conformación de una nueva mayoría en el Parlamento, de abierto corte antisirio.

El 12 de julio de 2006, miembros de Hizbulá atacaron la base fronteriza israelí de Zarit, matando a 8 militares y secuestraron a otros dos. Israel calificó este hecho de “acto de guerra” y consideró corresponsable al gobierno de Líbano por su tolerancia con Hizbulá y la tardanza en desarmarlos, acorde a una resolución de Naciones Unidas. La reacción militar israelí fue criticada por su dureza y por las destrucciones infraestructurales.

Hizbulá ha sido como “un Estado dentro de otro Estado”. Esta organización está formada por elementos radicales de la rama shiíta que proclaman la jihad (Guerra Santa) con el objeto de destruír a Israel y crear una república islámica. Reciben ayuda de Irán y de Siria y utilizan métodos terroristas; Hizbulá cuenta con moderno armamento, incluíidos los misiles.

Como si fuera poco, las fuerzas políticas libanesas tienen antagonismos abismales entre sí. Y ante las próximas elecciones, se vislumbra mucha violencia y una grave falta de cohesión social. La distensión junto al diálogo, debe impulsarse en el Líbano, como legítima contrapartida al terrorismo y al enfrentamiento.

Porque, como predecía hace décadas el gran poeta libanés Kahlil Gibran: “Toda guerra es inútil”.

Fuente: www.sigloxxi.com


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