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Bergman era el último robinson
Por Jaime Barrios Carrillo - Guatemala, 5 de agosto de 2007

Cineasta, fue un poeta del cine y retratista de la condición humana.

A críticos de su dramaturgia poco les interesa la parte fílmica de su obra.

Ingmar Bergman ha muerto. “Era el más grande de todos”, se apresuró a decir un compungido Woody Allen. La noticia nos sacudió regresando a Estocolmo de un viaje al interior de Suecia. En algunos teatros se puso un retrato del gran cineasta. Y los periódicos, la radio y la televisión se llenaron de Bergman. Pero lo que más me conmovió, fueron las colas de gente en el Dramaten (Teatro Nacional) para firmar un libro de condolencias.

Recuerdo la única vez que lo ví. Caminaba solitario y meditabundo por los corredores del Instituto Sueco del Cine. Solitario? Sí, con Bergman muere el último Robinson, miembro de un archipiélago de grandes cineastas: Bergman, Antonioni, Felini, Tarkowski. Tuvieron el reconocimiento de Hollywood, pero no fueron creados por Hollywood. Ellos hicieron el gran cine no comercial del siglo pasado.
Bergman fue un poeta del cine y retratista de la condición humana. Aunque internacionalmente sea más conocido como cineasta, se inició y se quedó en el teatro. Muchos críticos y estudiosos de su dramaturgia, como indica Leif Zern, poco se interesan de la parte fílmica de la obra, mientras los cineastas, a su vez, suelen pasarse por alto la parte dramática. Bergman mismo ha confesado en sus memorias (Linterna Mágica) que su pasión siempre fue el teatro; algo que se le iluminó en la infancia. Desde mi llegada a Suecia traté de no perderme obras dirigidas por Bergman. Inolvidables son su Hamlet, La Marquesina de Sade de Mifune y varias obras de Strindberg.

Acorde con su principio de utilizar a los mismos actores para sus diferentes obras, Bergman formó varias camadas de actores. Algunos nombres han pasado a convertirse en estrellas del cine o del teatro, con resonancia mundial, como Max von Sydow, Bibi Andersson, Allan Edwall, Liv Ullman, y otros.

Bergman trabajaba minuciosamente. Enemigo de improvisar, se procupaba por los detalles, derrochando energía en sus producciones. Acostumbraba tener una fecha límite para todo lo que se proponía. Tenía siempre un dead line incambiable.

Recordemos que fue en América Latina donde, en buena medida, se lanzó mundialmente a Bergman. Comenzó a ser reconocido internacionalmente gracias a los festivales de Río de la Plata. En el continente se convirtió en un creador de culto para mi generación, y lo había sido para la anterior. Bergman estuvo entonces en los espacios de los intelectuales latinoamericanos. Después vino la consagración en Cannes. Se hizo de un gran público internacional que fielmente lo seguía. Con la clásica película Fanny y Alexander obtuvo el Oscar.

Hace 3 años, al cumplir 86, había anunciado su retiro. Una tumultuosa vida privada, con más de 5 matrimonios, culminó con Ingrid von Rosen, con quien estuvo 24 años hasta la muerte de ella. Bergman, viudo y destrozado, se refugió entonces en su isla privada en Fårö. “La muerte nunca me ha sido una desconocida”, decía. Y agregaba que era lo único que esperaba, su último dead line.

Fuente: www.sigloxxi.com


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