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Máscaras
Por Jaime Barrios Carrillo - Guatemala, 12 de agosto de 2007

Afloran los sentimientos sólo cuando se hacen masa en las procesiones.

Caras de aparente indiferencia, se mueven en un mundo de ceremonias.

La teatralidad de tantos candidatos resulta grotesca. Molestan esas muecas de falsa complacencia, esas risas forzadas y arteras. En suma: esa dramaturgia solemne e hipócrita de nuestra cultura mestiza y antagónica. El guatemalteco es definitivamente un fingidor. Finge tanto que olvida lo que siente. Un enmascarado ante el espejo, que acaba creyéndose sus mentiras.

En todas partes hay máscaras. Es parte de la secularización de los ritos. La máscara se antepone entre el interior del individuo y la realidad objetiva. No hablamos solamente de las máscaras como objetos, antifaces o caretas, sino de las máscaras existenciales. Las que nos ponemos todos los días. La máscara en el trabajo, otra para la casa, una diferente con los amores y otra con los enemigos. Hay máscaras para todo. “Máscaras perfectas que se adhieren a la piel e imitan los rostros”, como escribe Roberto Ampuero. Pero las nuestras se pasan de la raya. Sobre todo en épocas electorales. ¿Por qué tanta máscara?

Una máscara maya, inunda con su resplandor de jade la ausencia de alegría. Comulgando con la muerte el ser maya, religioso y mágico, no puede reír sino hacia sí mismo. Se despeña solitariamente en sus abismos internos. Es grave y concentrado, lejano, inaccesible, enmascarado. Lo peninsular que hay en el guatemalteco también resulta grave y concentrado. Litúrgico, colonial a ultranza. Las heredadas máscaras hispanas saben disimular, a costa de la espontaneidad.

En Guatemala afloran los sentimientos sólo cuando se hacen masa. En las procesiones, en la Huelga de Dolores, en el Rabinal Achí o en los bailes de ”moros y cristianos”. El guatemalteco entonces se rinde a las emociones, de otra manera escondidas bajo la indolencia de sus máscaras existenciales.

José Milla ya anotaba esa “reserva” chapina. El enigma de un rostro que no demuestra nada. Monolítico, como una estela de piedra. Caras de palo como santos de iglesia pobre. Caras de aparente indiferencia (las máscaras guatemaltecas) se mueven en un mundo de ceremonias prosaicas, reverencias absurdas, saludos engañadores, calculadas sonrisas y quitadas de sombrero en el vacío.

Con los ademanes sociales, se impone la distancia y a la vez se repiten las formas de siempre. En el fondo un ser desgarrado en el tiempo, que se aferra a sus tradiciones y referencias ancestrales. De ahí nuestro conservadurismo, nuestra patética solemnidad, que no sólo desaprueba sino teme a todo cambio.

El guatemalteco es actor nato, un extraordinario fingidor. Y en la arena política no ha hecho más que repetir su teatro, usar sus máscaras, esconder el rostro. Por eso, sería sano que muchos políticos, antes de salir al mitin, se vieran al espejo y se sacaran la máscara. Como en la lucha libre: habría que quitarle la máscara a esos rudos que nos toman el pelo. Hay que distinguir entre la realidad enmascarada y el verdadero rostro de la misma. Para que no nos engañen los enmascarados, votemos por la cara abierta no por las caretas.

Fuente: www.sigloxxi.com


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