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Fábula de avestruces y codornices
Por Jaime Barrios Carrillo - Guatemala, 9 de diciembre de 2007

Lo más estimado eran los huevos, tenidos como fuentes afrodisíacas…

Ante la crisis, los políticos idearon el “avestruz imaginario”.

En un pequeño país latinoamericano, abundaron alguna vez los avestruces. Un terrateniente filantrópico los introdujo con miras a la explotación. Se adaptaron bien y pronto se reprodujeron como si fueran conejitos.

Los avestruces llegaron a dominar la economía. Se exportaban sus plumas y carne y con las patas se hacían máscaras que encantaban a los turistas. Pero lo más estimado eran los enormes huevos, tenidos como fuentes afrodisíacas en los países amigos. Eran muy cotizados y surgió el refrán: “cuesta un huevo de avestruz”, cuando se quería decir que algo era muy caro.

La gente pedía que se adoptara al avestruz como moneda y que se pusiera en el escudo, en lugar de un pajarito verde y de pechito colorado. También se pidió cambiar el texto del himno, con “ave africana” en lugar de “indiana”.

Pero un día comenzaron a disminuir a causa de incendios en los bosques, contaminación de ríos y las talas inmoderadas, que les hicieron el clima imposible a aquellas esbeltas aves.

Ante la crisis, los políticos zorros idearon el “avestruz imaginario”. La población aprendió a hundir la cabeza en la tierra. Y el Presidente dijo que aquella actitud era patriótica. Fingir fue declarado verbo de urgencia nacional. Y se ofreció trabajo a todo aquel que imitara bien a un avestruz, dentro de un programa llamado de “Cuello Largo”, financiado con los impuestos y la ayuda internacional. Se proclamó también que el Estado cumplía con los acuerdos avícolas.

En los actos públicos se disfrazaba a cientos de personas de avestruces. Y hubo campañas publicitarias con la consigna de que vendría una nueva era. No de vacas gordas pero sí de espigados avestruces. Pero nada podía explicar la ola de asesinatos, asaltos y pobreza, que ciertos comentadores mercantilistas relacionaban con la extinción de los avestruces, lo que obligó al Gobierno, declarado amigo de las aves y protector de los pollos, a dar una declaración para cerrar aquellos indiscretos picos, afirmando que la situación estaba bajo control, acusando a la prensa de exagerar las cosas.

Además, insistió, con datos científicos, que ninguna víctima se recuperaba de un asesinato y que muchos ciudadanos aparecían después de su secuestro; aunque reconoció que bastante desplumados.

Hasta que pasó lo que tenía que pasar: se acabaron los avestruces y la gente se olvidó de ellos. En cambio hubo una epidemía de un mal muy contagioso: el complejo de codorniz. La gente corría como codorniz ante cualquier ruido y todos se sentían muy pequeñitos.
Y como había cambio de gobierno, se organizó la “transición” y se repartieron manuales sobre estas tímidas avecillas, que ofrecían unos huevitos muy simpáticos y diminutos de los cuales se aseguraba que tenían efectos calmantes. Lo que prometía un futuro de gran estabilidad política.

La gente se esforzaba por imitar a las codornices. Pero por reflejos de la zoología social, seguían metiendo como antes, la cabeza en la tierra.

Fuente: www.sigloxxi.com


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