Otra vez caída en el infierno
Por Jaime Barrios Carrillo
- Guatemala, 11 de mayo de 2008
Lamento expresarlo, pero Guatemala no sale bien parada en este documental.
Colisiona con las costosas campañas del Inguat y sus folletos...
Un país con buena imagen puede contar con un desarrollo del turismo y con más inversión extranjera. He visto nuevamente el documental sueco Caída en el infierno, de los conocidos cineastas Ulf Hultberg y Asa Faringer, y lamento expresarlo, pero Guatemala no sale bien parada. Es este un filme que trata de la vida de los niños de la calle en México y Guatemala, aunque la mayor parte de la película está enfocada en nuestro país. Se presenta también el tema de las maras, así como otros aspectos de la problemática de la juventud e infancia, como las adopciones ilegales y la presencia del narcotráfico. El documental toca algo muy delicado, como es la llamada limpieza social por parte de grupos clandestinos ligados a los cuerpos de seguridad.
Es un documental muy fuerte, con escenas desgarradoras, que no pueden dejar de conmocionar y llevarnos a la reflexión sobre lo que será el futuro del país, si no cambian las cosas. La misma viabilidad como país se pone en duda cuando escuchamos a los entrevistados, que van desde autoridades hasta mareros, madres solteras y maltratadas, niños pegamenteros y policías. La violencia estructural es el hilo que teje esta visión del tejido social guatemalteco.
La imagen del país no sólo es mala sino sigue empeorando, con las consecuencias negativas en el flujo turístico y de inversiones. Y colisiona totalmente este tipo de documentales, con las costosas campañas del Inguat y sus folletos llenos de niños indígenas sonriendo, sus textos fáciles y hasta prosaicos, y las fotos retocadas, que se limpian de vendedores ambulantes, mendigos y prostitutas. ¿Quién dice la verdad? Nadie es dueño de la misma, pero nadie puede tampoco mentir más de la cuenta. Sobre todo, cuando las estadísticas de la muerte y las noticias de Prensa equivalen con los informes de organizaciones nacionales e internacionales. La cuestión se vuelve, entonces, no sólo de imagen sino de realidad.
Siempre he sido crítico de las perspectivas unilaterales, que exacerban la victimización y oscurecen otros aspectos de la realidad guatemalteca que pueden ser más constructivos, como el valor de nuestra cultura y la belleza del paisaje. Pero no puede uno olvidar, cuando se ven documenatales como los de Ulf Hulberg y Asa Faringer, que algo muy grave está pasando en nuestras calles. Y que las páginas rojas de la Prensa son más aterradoras que las imágenes de este filme, que muestran a los niños pegamenteros y a mareros que cuentan cuántas personas han asesinado. La gran conclusión es que nunca se podrá cambiar la imagen del país sino cambiamos al país.
Cabe esperar que este documental se muestre alguna vez en Guatemala, para que los guatemaltecos tengan la oportunidad de reaccionar y verter sus opiniones sobre el mismo. Sucede con frecuencia que en Europa y en Estados Unidos se producen películas y se escriben artículos, y hasta libros sobre Guatemala, pero los últimos en saberlo suelen ser los mismos guatemaltecos.
Fuente:
www.sigloxxi.com |