Momentos dramáticos (III)
Por Jaime Barrios Carrillo - Guatemala, 23 de noviembre de 2008
El resultado: una desconexión generacional que no contribuye a la retroalimentación...
El movimiento nunca desapareció y nuevos elencos y propuestas han ido surgiendo.
El conflicto armado aisló al país de las corrientes mundiales de pensamiento. El teatro no pudo ser la excepción. Este aislamiento se ha ido superando, pero es sabido que una situación de posconflicto toma tiempo y exige redoblados es-fuerzos. Ponerse al día resulta tarea necesaria y ardua en todos los campos.
Los efectos de la guerra en el movimiento teatral los resumimos en tres: 1) exilio o asesinato de teatristas; 2) censura y autocensura; 3) dominio del teatro de entretenimiento con tendencias irreversibles a la comedia decante y liviana, cuando no grosera y superficial. Casi podría repetirse la frase del poeta Alfonso Orantes para describir el “destino” de los artistas y escritores guatemaltecos: encierro, destierro o entierro.
Lo anterior llevó a un quiebre de continuidad en el desarrollo teatral. El movimiento perdió contacto con sus raíces y al mismo tiempo no han surgido plenamente los nuevos dramaturgos. El resultado está a la vista: una desconexión generacional que no contribuye a la retroalimentación, con la agravante de la reproducción de las carencias estéticas causadas por el prolongado aislamiento y la guerra.
Desde luego que el movimiento nunca desapareció y que nuevos elencos y propuestas han ido surgiendo. Poco a poco resurge el Fenix teatral. Y el retorno de gente como Roberto Díaz Gomar, y ahora Carmen Samayoa, constituyen signos saludables y alentadores.
Pero hay trecho que recorrer. La organización del gremio deviene como necesidad histórica, para aumentar la incidencia ante el Estado y la sociedad, asegurando también el profesionalismo, a la vez de difundir el teatro y hacerlo extensivo a estratos más amplios.
También debe haber en la agenda un proyecto amplio y ambicioso para convertir al movimiento teatral en una fuerza de cambio social y cultural. El teatro puede potenciarse y volverse un agente de conciencia y factor coadyuvante del desa-rrollo. Lo anterior exige un espíritu de solidaridad gremial, para evitar que priven los intereses mezquinos e individualistas.
Resultaría muy positivo, también, dar un justo tributo a los teatristas que no viven en el país y cuyos aportes al teatro universal y al nacional son significativos. De esta manera se estaría reintegrando orgánicamente al movimiento, algo de sus raíces y se levantarían puentes internacionales de valioso contacto con otros países y ámbitos.
Urge hacerle un homenaje al teatrista chileno Domingo Tessier, uno de los fundadores del movimiento teatral guatemalteco, como primer director de las Escuela de Artes Escénicas. Tessier, de gran prestigio en su país y en toda América Latina, está cumpliendo 90 productivos años en este 2008.
También debe hacerse un reconocimiento al dramaturgo guatemalteco Carlos Solórzano, residente en México, donde ha tenido una gran trayectoria y ha consolidado su obra. Y a Mario Gonzáles, gran maestro en Francia, donde ha logrado una significación que lo convierten en uno de los grandes de América Latina.
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