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Árbenz, el 20 de octubre y la contrarrevolución oligárquica
Por Jaime Barrios Carrillo - Guatemala, 24 de octubre de 2018

Con el triunfo en las elecciones del coronel Jacobo Árbenz Guzmán, se inicia la segunda etapa de la década revolucionaria, cuando el proceso de transformaciones se profundiza pero también el nivel de antagonismo y de enfrentamiento entre el Gobierno y los sectores más conservadores aliados con Estados Unidos se ahonda irreversiblemente. El coronel Árbenz llega a la Presidencia apoyado por una coalición informal de partidos revolucionarios, entre los cuales estaba el Partido de Acción Revolucionaria, Renovación Nacional y el recién fundado Partido Guatemalteco del Trabajo, que fue siempre un partido pequeño, aunque muy activo. La falta de acuerdos claros entre los partidos aunada al accionar unilateral de los mismos, hizo descansar el poder político del Gobierno revolucionario sobre una base arenosa e impredecible que a la larga se convirtió en un talón de Aquiles; promoviendo el sectarismo, los malos entendidos y las rivalidades innecesarias que minaron la unidad y facilitaron el triunfo de la conspiración oligárquica e imperialista.

Arévalo había abierto las puertas del proceso y preparado el camino para los cambios sociales a través de la implementación de leyes, por ejemplo el Código de Trabajo, y había dado gran prioridad a la transformación de la superestructura institucional y al desarrollo de la cultura. La coyuntura en que Árbenz asumió el poder no era un juego de infantes alegres. Árbenz tuvo que enfrentar acciones ya más decididas de sabotaje, propaganda armada y hasta bombardeos. Desde 1951, con la presidencia de Árbenz, la contradicción con el imperio fue la del tiburón contra las sardinas, como ha expresado el expresidente y filósofo Juan José Arévalo, quien brinda el siguiente parlamento irónico-fictivo:

–¡El Estado soy yo! ,grita Wall Street. ¡El Estado soy yo!, reclama el Pentágono. ¡El Pentágono soy yo!, corrige la General Motors.

Árbenz era un militar, no un intelectual, pero un militar profesional imbuido de ética inclaudicable, tanto que al final, su consecuencia moral lo llevó a confiar en sus reales e inmediatos enemigos: sus propios compañeros de armas que lo traicionaron. En Guatemala se experimentó por primera vez una «intervención indirecta». Con apoyo de sectores oligárquicos locales que aprobaron la invasión de su propio país. Y con la «ayuda» pasiva de un Ejército que no reaccionó, que no defendió la soberanía. ¿En dónde quedaron los juramentos solemnes a la bandera? La operación de la CIA tuvo el nombre de PBSuccess y después de meses de preparación se concretó en «un fin de semana», como la describe Miguel Ángel Asturias en su colección de cuentos Weekend en Guatemala. En el relato «El bueyón», un viejo campesino, apodado de esta manera por su cuerpo corpulento y su capacidad de trabajo, lanza improperios a los aviones extranjeros que bombardean Guatemala, blandiendo su machete con la mano alzada contra el cielo.

La caída de Arbenz y la invasión y liberacionista dieron origen al enquistamiento del anticomunismo en las estructuras del Estado, en los partidos políticos que se formaron después y en la orientación anticomunista de los medios; el derrocamiento se ha querido justificar muchas veces con la excusa de que hizo para «liberar» a Guatemala del comunismo. Pero el comunismo en 1954 era realmente un fantasma en el país, reducido a un pequeño partido que apoyaba al Gobierno. Arévalo se había opuesto a la participación de los comunistas y aún así el imperialimso de Estados Unidos, si aceptamos que complotar contra un país más débil e imponer medidas sin negociación alguna, incluso la intervención armada, son actos imperiales, había obligado al Gobierno a posiciones cada vez más defensivas.

El coronel Jacobo Árbenz Guzmán había asumido la Presidencia con metas muy claras y concretas: cambiar la estructura agraria del país y transformar las estructuras patronales asimétricas, en otras palabras, modernizar al país. En su discurso de toma de posesión afirma:

Nuestro gobierno se propone iniciar el camino del desarrollo económico de Guatemala, tendiendo hacia los tres objetivos fundamentales siguientes: convertir nuestro país de una nación dependiente y de economía semicolonial en un país económicamente independiente; convertir a Guatemala de país atrasado y de economía predominantemente semifeudal en un país moderno y capitalista; y hacer que esta transformación se lleve a cabo en forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo.

El pecado mortal del coronel Arbenz fue permitir la participación legal del partido comunista, partiendo de que era un derecho democrático de los guatemaltecos organizarse y tener las opciones ideológicas que ellos mismos escogieran. Guatemala, en este sentido, y teniendo en cuenta la persecución de brujas y comunistas que se daba dramática y patéticamente con el senador republicano Macarthy, fue en ese momento histórico un país más democrático que Estados Unidos. Fue además un actor independiente en política internacional, atreviédose a no apoyar la guerra de Corea, no porque fuera comunista, como se pretendió presentar con el aparato propagandístico manejado o influenciado por la CIA, sino que la actiud de neutralidad que significaba no enrolarse en el dominó bipolar de la Guerra Fría; pretensión utópica e imposibilitada, como se compobó en el 54, para un país tan pequeño al cual no se le permitió ser neutral, es decir, independiente.

Pero la esencia destructiva de ese error garrafal pero inevitable del Gobierno de Estados Unidos, pensando en la coyuntura mundial del momento, fue considerar a la Revolución de Octubre como un proyecto del comunismo internacional y no un proceso llevado adelante por los mismos guatemaltecos. El problema es que dentro de ese maniqueísmo simplista todo el mundo resultaba siendo comunista ante los ojos de la CIA, y más por el simple hecho de ser artista, escritor o músico con algún compromiso con el Gobierno o con ideas expresadas sobre la necesidad de combatir la pobreza y la corrupción. El término «cambio social» era para los anticomunistas guatemaltecos y sus aliados extranjeros sinónimo de «comunismo». La necesidad de legitimar al anticomunismo como fuerza salvadora hizo uso de la estigmatización, creando la cultura de la desconfianza por el pensamiento, el arte, las ciencias sociales. Los anticomunistas guatemaltecos eran abiertamente, como lo había sido Ubico, antiintelectuales.

El embajador de Estados Unidos, Peurifoy, involucrado de lleno en el golpe y la invasión que derrocaron a Arbenz, habría exigido el fusilamiento de 25 líderes comunistas al coronel Carlos Enrique Díaz, quien substituyo de facto al presidente Arbenz, Díaz se negó a hacerlo y esto le habría costado el cargo, siendo substituido finalmente por una junta que a su vez fue luego suprimida por el caudillo de «la liberación», el después asesinado por sus mismos compañeros coronel Carlos Castillo Armas.

Los militares guatemaltecos en el 54 hicieron lo contrario de Sandino dos décadas antes, discutieron la soberanía y la pararon vendiendo bajo la negra sombra de la Casa Blanca. Y de la Casa Blanca se pasó a la Mano del mismo color, en un camino pintado con la brocha roja de la sangre derramada y sepultada en tumbas sin nombre. Nuestro siglo veinte fue escrito en el camposanto de La Verbena miles de veces como XX. La historia no siempre la escriben los vencedores. Y resulta aún más pesimista la sentencia de Albert Camus de que no basta con tener la razón para triunfar.

Fuente: www.gazeta.gt


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