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El naufragio de Berger
Por Juan Carlos Cifuentes - Madrid, 29 de junio de 2007

El bigote y el ya escaso cabello blanco dibuja más que nunca una apariencia de desconcertada amargura. La sonrisa que iluminaba su rostro en sus mejores días se ha truncado en una aceptación de fracaso. Lleno de descrédito y soledad, el presidente Berger es hoy, el retrato vivo de un perdedor, vagando por la deriva sin control de la derrota.

El espectro iluminado con el cual inició su mandato que caminaba sobre las aguas retorcidas del poder e interés empresarial, ha sucumbido hasta convertirse en un náufrago ahogado por la marea de una realidad tormentosa guatemalteca. Con la credibilidad bajo tierra, el liderazgo cuestionado, y la confianza totalmente destrozada, se enfrenta con el gran reto de poder darle aunque sea, un leve "empujón" al partido que tras el lema "Dios bendiga a Guatemala" se mercadea a merced de políticos con buen olfato económico.

Su mandato no más que una lapidada con una recurrencia letal. La desafección inmediata de algunos dirigentes críticos y el sentimiento general de decepción e irritación ante un Gobierno con la agenda improvisada y tachada de fracasos, ha generado ya, el deseo de un cambio sustancial. De repente, la actitud bonachona y campesina del presidente ha dejado de ser contagiosa, y toda su gestión, manchada de reveses, adquiere el sentido de un enorme y veloz fiasco. Un paréntesis en la historia para Guatemala.

A la luz de ese patrón de decepciones, el resto de los tropiezos del mandato se han vuelto incontrolables. En estos últimos años de gobierno, éste ha sido exitoso en su propia estrategia: ha debilitado aún más las estructuras de la GANA; enturbiado la remodelación del aeropuerto; fomentado un partido político de tránsfugas; se ha caracterizado por sus graves meteduras de pata; se ha mostrado impotente ante la crisis de inseguridad aceptando su incapacidad de atenderla; ha mostrado ser incapaz de reconstruir lo que él mismo llamó desastre después del Stan, no decir sobre el nombrar a gente incompetente para hacerlo; se ha burlado de los vecinos de la zona 6 dejándoles en el abandono total; se ha burlado en repetidas ocasiones de la ley promocionando la finalización de sus megaproyectos a destiempo; se ha escondido descaradamente en su cueva mientras Natividad Trejo guardaba prisión, pero sale a felicitarle cuando por fin le declaran inocente; ha inventado enemigos invisibles para así exculparse de la violencia, sobre todo en los asesinatos de choferes; ha mostrado ser incapaz de fortalecer el sistema de salud pública; ha fomentado la proliferación de los fideicomisos públicos; ha mostrado su falta de apoyo a las necesidades de la población de tercera edad; ha perdido el apoyo de la mayor parte de la gente que le recibió con una enorme expectativa, el poco avance contra la corrupción...Foguavi, Pacur, limpieza social. Y el listado sigue...

Error tras error, revés tras revés, el presidente trabajó en un plan de seguridad que aparentó haber sido realizado por un turista que no entiende la coyuntura nacional. Supongo que proponía convencer a los delincuentes a que se metieran ellos mismos a las cárceles, sin coacciones, ni amenazas y sólo como gesto de amabilidad. Ganaba tiempo, aunque a duras penas ganara los retos, y se escapaba de las rocas en que encallaba su casi vacía, alborotada y dispersa agenda con un serio desgaste de sus propias ideologías.

Todo este plano calamitoso, desplomó sobre Berger en el seno de la GANA, partido en el que sigue empeñado en encerrar en la caja de su optimismo sin fundamentos ni límites. Se jactaba de prestigio con cada puerta que abría, pero inició hace mucho a acumular una silenciosa pero temible fama de que nada le salía nunca bien, mientras ahora se mira en el espejo de la autocomplacencia. Pero, con un gran golpe, asomó ante sus ojos, el desalmado fantasma del fracaso que tarde o temprano le llegaría.

Como presidente: reprobado. Como partido: reprobado. Pero terminó. Finito. Sin posibilidades de disimular el revés ni de restar importancia al fracaso, en el amplio espectro que abarca su gestión, refugiada en la ambigüedad de un discurso sin altura moral ni coraje político incapaz de asimilar el fracaso de sus políticas que nos han llevado al fondo del mar. El Sr. Presidente se enfrenta ahora a otro problema de enorme gravedad, la desconfianza abierta de un pueblo que creyó en él y su partido. Confianza que perdió permitiendo el secuestro de nuestra democracia, de nuestro Estado de Derecho y cavando así, el camino perfecto a un Estado fallido.

Para su mala suerte, ahora nos toca reflexionar y evaluar antes de votar. Si es que aún queda algo de correcto en su ser, debería reconocer sus propios errores y, sobre todo, facilitar una explicación convincente de estos. Mientras el presidente no aclare las dudas de su fracasada gestión, la GANA no puede pedir un cheque en blanco para gobernar. Su palabra ya no basta, por desgracia. No lo hace porque ya ha adquirido un carácter contencioso. Es muy complicado, cierto, dirigir una nación cuando se ha perdido toda autoridad moral.

Pero ese es el precio que se paga, supongo, por aceptar ser presidente.

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