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Lucha social y democracia en Guatemala
Por Javier de León - Guatemala, 12 de julio de 2007

El 6 de julio, en la revista electrónica Albedrío, fue publicada una entrevista hecha por Rodrigo J. Véliz, al reconocido académico guatemalteco, Jorge Murga, la cual lleva por nombre "Pensar la sociedad guatemalteca desde su realidad para transformarla". En ella, J. Véliz aborda, entre otras cosas, el tema relacionado con la teoría marxista en Guatemala, en la década de los setenta, y su influencia, fundamentalmente en la Universidad de San Carlos.

Sobre la entrevista llama nuestra atención, entre muchas, la siguiente idea de Murga: “Estamos en una sociedad nacida de la polarización, el caso de la tierra… el caso de la riqueza, el de la distribución del ingreso nacional”. De acuerdo con Murga esto trae como consecuencia “… que el pensamiento de los guatemaltecos refleje la polarización estructural del país, que se opte por los extremos, y que se asuman posiciones radicales”.

Pero además, Murga señala, en el desarrollo de la entrevista, que “El guatemalteco ha vivido, ha crecido, en una cultura de… extremos, no ha conocido los matices”.

Partiendo de estas ideas, sin pretender presentarlas como verdades absolutas, es que podemos acercarnos a una explicación para entender de mejor forma la actual situación del movimiento social en Guatemala. A nuestro entender estas reflexiones son necesarias en un escenario en donde domina el proceso electoral, en el cual el tema del movimiento social queda relegado. No sólo por la agenda de los medios comerciales de prensa, enfocada al proceso eleccionario, sino también por la situación de debilidad que expresan los movimientos sociales.

Importa, entonces, empezar por recordar que la experiencia de transición a la democracia en Guatemala nos ha mostrado, que lo que se inauguró en este periodo de transición es un régimen democrático incompleto. Debido a la permanencia de fuertes rasgos heredados del régimen autoritario. Esto se puede explicar a partir del hecho de que los regimenes militares fueron brutalmente represivos (y que de alguna forma esos rasgos se siguen expresando), en contra de la sociedad guatemalteca, en los más de treinta y cinco años de guerra interna. Es entonces que toda la acción colectiva desarrollada en esta época estaba determinada por este contexto. Y en donde la forma principal de acción colectiva era la política.

La suma de un conjunto de factores, los regimenes militares, la implementación de un modelo económico con sus consecuencias, y los ajustes estructurales vinculados a una economía de mercado, la reducción del papel del Estado. Acompañado de un enorme aumento de la pobreza y las desigualdades sociales, produjeron la desarticulación de las formas clásicas de acción colectiva.

Sin ninguna duda, esto trajo como consecuencia un cambio significativo en la naturaleza de las organizaciones sociales en Guatemala, así como también cambios profundos, en cuanto a sus formas organizativas y sus reivindicaciones.

Sin profundizar en las especificidades históricas concretas de los movimientos sociales, y derivado de la transición democrática, estos movimientos tienden a separar su acción colectiva en dos lógicas: una es la lógica política orientada hacia el establecimiento de una democracia fuerte. La segunda tiene que ver con la lógica particular de cada uno de los movimientos sociales, hacia beneficios concretos, en una democracia social.

La permanencia de rasgos autoritarios en un proceso de democracia incompleto, junto con una modelo económico que profundiza las diferencias sociales, desincentivan y limitan la acción colectiva. Produciéndose diferentes niveles de desarticulación de los movimientos sociales.

En la actualidad, la historia nos muestra como estos hechos hacen muy dificultosa la acción colectiva organizada. Especialmente para los nuevos actores sociales emergentes como las mujeres y los jóvenes. Que se ven atravesados por estas contradicciones irresueltas, especialmente por la falta de un modelo revolucionario factible que aglutine a todos. Dando como resultado una diversidad de organizaciones muy heterogénea, con elementos, posiblemente, poco comunes entre ellos.

Pero, además, esta etapa relativamente joven de transición democrática produce nuevas contradicciones que merecen la pena ser considerados, como la aspiración por la justicia, las identidades sociales, las preferencias sexuales, que de ninguna manera pueden ser capitalizados por las viejas formas de lucha. Agregándole una dimensión mucho más diversa y compleja a la acción social.

Derivado de esta situación, es predecible para nuestro presente y futuro una variedad de formas de lucha. Más cortas y menos orientadas políticamente, relacionadas con instituciones, en lugar de las protestas hacia las inclusiones sectoriales.

En ausencia de la satisfacción de tales demandas y por supuesto también de las históricas, veremos algunas acciones puntuales, más que la creación de movimientos revolucionarios coherentes y sólidos.

Concluyendo retomaremos dos ideas de la entrevista de J. Véliz a Jorge Murga “Mientras la realidad no cambie, es muy difícil que uno asuma posiciones menos radicales”, entonces será común expresiones de este tipo como las que se dan los 30 de junio, los 1 de mayo y los 20 de octubre.

Que esto cambie depende de muchas cuestiones pero en palabras de Murga “Ese debe ser precisamente el aporte de… los jóvenes, los estudiantes… Pero tiene que ser a partir de una “realidad, de nuestra realidad”.

Fuente: www.i-dem.org – Nueva Época - Número 1242


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