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Limitaciones y desafíos de la lucha social
Por Javier de León - Guatemala, 20 de octubre de 2007

En la actual coyuntura electoral y tomando como referencia en el tiempo, que han transcurrido diez años de la firma de la paz, y a propósito de un aniversario más de la gesta revolucionaria del 20 de octubre de 1944, se plantea una interrogante ¿qué explica la debilidad de las organizaciones sociales? actores directos, en décadas pasadas, de cambios radicales en nuestra sociedad y masivas movilizaciones.

Al respecto, consideramos que lo primero que se tiene que tener en cuenta es que, contrario a lo que muchos piensan y dicen, no existe un movimiento social como tal, sino lo que se puede observar y se ha expresado son dinámicas organizativas con diferentes niveles de articulación. Algunas a niveles incipientes, en torno a una diversidad de reivindicaciones (cuando existen) que termina por diversificar y desdibujar las clásicas y aún vigentes reivindicaciones de clase. Y otras por el contrario con mayores niveles en cuanto a organización y capacidad de movilización se refieren.

En general se puede decir, sin caer en absolutismos, que las organizaciones, derivado de sus diferentes dinámicas, enfrentan enormes dificultades para convertirse en un verdadero movimiento social. Sobre todo porque también una característica que se ha ido adquiriendo conforme el paso del tiempo es que las reivindicaciones son temporales. En otras palabras lo que esto significa es que éstas sean de carácter gremial, que con la consecución de su objetivo primario, también acaba la vida de la organización. Sin trascender en el tiempo.

El carácter embrionario que tiene buena parte de las organizaciones guarda una estrecha relación con la poca capacidad que se ha mostrado para poder revertir los efectos causados por las brutales y sangrientas dictaduras militares, aunado a la implementación parcialmente exitosa del neoliberalismo que terminó por consolidar una victoria ideológica, que hasta la fecha no se ha podido superar.

Sin duda, estos hechos han cumplido una importante tarea en la ruptura de lazos colectivos, pero sobre todo ha trastocado la subjetividad de todas aquellas personas comprometidas con cambios sustanciales, para de esta forma prolongar el efecto de la represión y del neoliberalismo. Esto ha traído como consecuencia lógica, que sectores importantes de militantes de las diversas organizaciones, tengan que priorizar la subsistencia, frente a la exigencia política de sus derechos colectivos o ciudadanos. Lo cual es precisamente el fin que buscaba la política contrainsurgente y el fin último del neoliberalismo.

Igualmente, la continuidad de políticas represivas, y ahora la inminente reconfiguración de la vieja alianza oligarquía-Ejército, expresada en el tenebroso binomio del partido de extrema derecha, de la “mano dura” y la profundización de las desigualdades como producto del neoliberalismo, son factores que aún disuaden la organización y movilización de las organizaciones sociales, porque mantiene vivo, en alguna medida, el recurso del miedo que fue utilizado en los peores años de la guerra en Guatemala.

Los diferentes niveles de organización que se expresan, también se ven seriamente afectadas por factores propios, como la carencia de dirección y formación política para enfrentar, de manera renovada, la dificultad de nuevos desafíos, a menudo enfrentados con viejas formas. Lo cual es consecuencia de la despolitización de las discusiones sobre las formas de lucha, instrumentos o vías a través de los cuales alcanzar horizontes pos capitalistas, que se han dado en los últimos diez años.

Las organizaciones que cuentan con niveles mayores de organización, están encadenadas en buena medida por la indiferencia de gobiernos que no han mostrado la más mínima señal de voluntad para la resolución de históricas problemáticas. Y por el otro lado, con una enorme dependencia que produce el financiamiento internacional, para el mantenimiento de gastos de representación y la realización de actividades propias de cada organización, o que en última instancia se pierden en esa infinita cadena de intermediaciones.

La despolitización de las victimas y sus organizaciones alcanza niveles deplorables cuando a través de programas de resarcimiento opta por individualizarlas en detrimento del la dimensión colectiva; consideradas así, como sujetos de compasión por haber sido victimas del conflicto armado. Borrando de esta forma el significado político de los muertos consecuencia de la guerra contrainsurgente.

La suma de estos factores conlleva a la fragilidad de las organizaciones sociales. Y a su vez llevan a la perdida de la confianza en que es posible una sociedad diferente a través de la acción política.

La actual marginación en la que se encuentran las organizaciones sociales es consecuencia de sus debilidades políticas y organizativas. Pero además es una confirmación de la actual correlación de fuerzas en el actual escenario político.

El desafío es grande y pasa, entre otras cosas, por transformar el activismo, los pseudo activismos o los estados de letargo, en la activación de la voluntad de lucha política, pero por sobre todo tomar conciencia que antes de la cooperación internacional, existió una sociedad con una enorme y heroica capacidad de organizarse, de luchar y protestar, esa que derrocó a bestiales dictaduras, esa misma que consiguió un 20 de octubre de 1944, instaurar la única década democrática que ha vivido jamás la sociedad guatemalteca.

Fuente: www.i-dem.org – Nueva Época - 191007 - Número 1312


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