A lo que nos hemos ido acostumbrando
Por Javier De León - Guatemala, 13 de mayo de 2008
Cuando la sociedad guatemalteca inicio el proceso del tránsito de un Estado autoritario a uno democrático, como producto del proceso de paz que se iniciaba a mediados de la década de los ochenta, y se concretó en diciembre de 1996 con la firma de la paz, no se realizó un ejercicio completo de imaginar que ese tránsito sería más complicado de lo que se pensaba. Más bien demandaba una serie de compromisos entre las partes signatarias, que con el paso del tiempo empezaron a perder importancia, posiblemente esto está determinado porque no existía una total comprensión de la dimensión que significaban el haber consensuado una agenda mínima (acuerdos de paz) para iniciar la construcción de la democracia en Guatemala.
En teoría, y de forma positiva, superar el esquema autoritario de corte militar, suponía la construcción de una sociedad basada en los más básicos principios democráticos. Lo cual no implicaba que de forma espontánea desapareciera por completo cualquier expresión de autoritarismo que se haya interiorizado en el seno de la sociedad guatemalteca.
Esta dificultad no permitió avizorar que el transito de un tipo de Estado a otro, no se cumplió a cabalidad. Sino más bien, de lo que hemos sido testigos, en este corto espacio de tiempo, es que en Guatemala sigue teniendo una fuerte presencia un Estado con fuertes raíces autoritarias. Sumado, a que está prisionero en la receta neoliberal, confinado a cumplir funciones acorde a los principios del consenso de Washington, ya superadas por la realidad. Y de ahí la historia del despojo de la riqueza nacional que se ha venido realizando a través de la privatización de empresas estatales, etc.
Pese a que la implementación del neoliberalismo ha mostrado serias limitaciones para la ejecución de un orden económico exitoso, y que da claras muestras de agotamiento, también es cierto que sigue teniendo la capacidad para encontrar formas de acumulación capitalista en muchos países. Y sigue teniendo la capacidad, con el apoyo de las oligarquías locales, de crear situaciones de desestabilización cuando se ve amenazado por la construcción de alternativas contra hegemónicas, como algunas experiencias que se gestan en el sur del continente.
Según se entiende, el neoliberalismo, no es sólo un proyecto estrictamente económico, sino principalmente cultural, que se difunde a través de diferentes medios, especialmente los medios comerciales de comunicación, en donde se impone la forma única de ver y pensar las sociedades, en donde se privilegia el ser individual sobre la colectividad. Exacerbando de esta forma el individualismo, que nos lleva precisamente a que la gente no se conciba como parte de una sociedad, sino como una persona.
La sociedad guatemalteca ha sido fuertemente influenciada por este tipo de pensamiento que se traduce en actitud de vida, de forma curiosa el impacto en la subjetividad de las personas se ha venido dando de forma silenciosa, pero sus consecuencias se expresan en forma escandalosa.
Esta nueva forma de relacionamiento que ha ido adquiriendo nuestra sociedad en donde prevalece la ley del más fuerte, es precisamente lo que ha ido surgiendo a partir de que se inicio el tan ansiado transito, y la implementación parcial del neoliberalismo. Atrás quedó entonces el ideal de que la democracia paulatinamente empezaría a crear mayor presencia social en los diferentes ámbitos de la sociedad, pero nos queda claro que eso no está ocurriendo, por lo menos en la actualidad. Hasta ahora la realidad de esa transición no ha sido precisamente la democracia, sino la reproducción del capital y la cúpula empresarial que lo controlan.
En medio de este tránsito, Guatemala atraviesa por una crisis de hambre, de precios en las energías no renovables, y para ello el actual presidente plantea “la inversión extrajera generadora de crecimiento”, aunque para que esto sea posible tenga que doblar las medidas para hacer explotable a la población trabajadora, que trabaja en las maquilas o en el peor de los casos viviendo en la angustia perpetua de la marginación y el desempleo. Hasta el punto de hacernos desaparecer como sujetos políticos.
Lo que proyecta todo este tema de la transición a la democracia, es un mensaje de desigualdad, que de no hacerle frente y de no surgir un autentico movimiento que contrarreste sus efectos, a lo único que ser irá acostumbrando uno es “a que haya partos en las plazas, mientras la gente pasa”, “a que le asalten a uno que pasa a nuestro lado, y la gente como si nada”, a que derivado de esta situación “el facho que llevamos adentro pida ORDEN, y llegue el orden y también nos acostumbremos”.
Fuente:www.i-dem.org - Nueva Época número 1436 - 120508 |