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No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír…
Por Juan Fernando Hernández E. - Guatemala, 17 de febrero de 2007

Resulta preocupante que los “ciegos” y “sordos” a la fuerza del fanatismo tengan tanta voz en nuestro país. Causa profundo desagrado oír a aquellos guatemaltecos que repiten el mensaje cegador de sus mentores extranjeros, aún cuando con un poco de esfuerzo (o siendo consecuentes con su autoproclamada individualidad) se darían cuenta de que lo que niegan es una realidad patente. Pero aparentemente aquí abundan aquellos que su ideología los ciega de tal manera que aún viendo la realidad, la niegan y que aunque esta misma ideología del más profundo individualismo les debiera indicar que “no es posible tener el pastel y comerlo” para seguir sacando riqueza de bienes como fincas pretenden que los demás les hagamos caso.

No debe extrañarnos que fanáticos del neoliberalismo extremo, como Carlos Alberto Montaner afirmen: “Por eso no es nada sorprendente que en las filas del colectivismo ambientalista, las de los verdes, se den cita los socialistas de todo pelaje, los comunistas sobrevivientes del derribo del Muro de Berlín, aún con las huellas de los escombros ideológicos sobre las vestiduras encaladas, y, en general, todos los miembros de la alegre, vasta e ilusionada familia de los progres, mientras en el bando opuesto, en el de los individualistas, comparecen los liberales (en el sentido europeo y latinoamericano de la palabra), mucho más interesados en los derechos de las personas de aquí y de ahora que en el impredecible destino de las generaciones futuras.”*.

Es obvio que esta gente no le importa lo que le pase a sus hijos o a sus nietos en el futuro: aparentemente los detestan. Ojalá estos mismos hijos y nietos comprendieran cuán equivocados están sus mayores. A lo mejor les responderían de alguna manera apropiada. Entonces, de los extremistas, no extraña, pero que gente guatemalteca, que se dice académica, lo repita es pasmoso. ¿Hasta dónde puede llegar su egoísmo y fanatismo? ¿Qué piensan de ellos sus hijos y sus nietos? ¿Acaso estos jóvenes no se dan cuenta de que la misma fuente de su fortuna como el azúcar, el café, el cacao y el hule dependen del clima actual de los trópicos, no de un probable clima más extremoso –quizás más seco- y ciertamente más sujeto a incendios, huracanes y sequías? ¿O será que en las instituciones donde estudian no les enseñan a que cualquier acción que tomemos en el presente tiene consecuencias para el futuro?

Para ver cuán ciegos y sordos están los fanáticos, debe leerse a Patrick Michaels, Académico Titular para Estudios Ambientales del Cato Institute que defiende a muerte el libre mercado quien dice: “Sin embargo, para verdaderamente 'hacer algo' respecto al calentamiento global es una tarea herculeana”* . Por supuesto, pero ¿acaso no es todavía mucho más “herculeana” la tarea de combatir el crimen organizado, la tortura o el tráfico de estupefacientes? Y seguramente la mayoría de estos fanáticos (como Montaner y Michaels) se opondrían (al menos en público) a que se autorizara el crimen organizado porque este proporciona jugosos dividendos a los inversionistas que blanquean su riqueza. Habría que ver que dicen al respecto nuestros “académicos” defensores del libre mercado.

* Estos artículos pueden leerse en la página de el Cato Institute

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