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Guatemala no es una isla, y aunque lo fuera…
Por Juan Fernando Hernández E. - Guatemala, 16 de abril de 2007
prosopis_2006@yahoo.com.mx

Los “defensores de la libertad individual” dicen que los únicos derechos humanos son el derecho a la propiedad (si, a veces lo enuncian primero), a la vida y a la libertad. También dicen que uno tiene derecho a hacer cualquier cosa, siempre que no cause daño directo y demostrable a los demás. No obstante, estas personas parecen olvidar de que ni los seres humanos, ni las comunidades ni los estados son entes aislados. Cualquier cosa que una persona haga va a afectar siempre a alguien. Estoy seguro que los defensores de la libertad individual abogan por que sigan con su publicidad las tabacaleras y las licoreras. ¿Acaso recuerdan que el humo de tabaco afecta no solo al que fuma sino a todos los que lo rodean? ¿No les han dicho que la bebida en exceso causa accidentes y muerte? Y, aunque se beba en casa, si no se hace con moderación, la familia resultará enormemente afectada. Eso lo saben. ¿Acaso lo toman en cuenta? Defender la libertad individual es fácil, pero los defensores de la libertad aborrecerían que se aboliera de una vez por todas la propaganda del cigarro y el alcohol. Dirían que es una interferencia del estado en la libertad individual. Por supuesto, la gente seguirá fumando y bebiendo con o sin propaganda, pero eso ya no les gustaría, porque sus empresas ganarían menos que lo que hacen con engaños y mentiras.

En cuanto a las comunidades, sus acciones también siempre afectarán a las comunidades vecinas. Los desechos industriales y domésticos de una ciudad afectan a las ciudades circundantes e incluso a las más lejanas. Basta ver cómo están cubiertas las márgenes del río Motagua de desechos de bolsas plásticas que provienen de río arriba. De igual manera, muchas veces se ha denunciado que el operar de fábricas produce ruido, vibraciones, humo, etc. que siempre afecta a los que las rodean. Incluso cuando se instalan en parques industriales, el viento y el agua llevan las emanaciones muy lejos. Pero, díganle esto a un propietario de una fábrica o a un defensor de la libertad y lo tildará de ecohistérico, por no decir algo peor.

En cuanto a los estados, es evidente que lo que ocurre en un país afecta a todo el mundo. Los cambios climáticos globales (que algunos obcecados por la libertad empresarial aún se resisten a aceptar aunque la gran mayoría de científicos los reconoce) son producto en su mayor parte de la contaminación que las naciones industrializadas o en proceso de industrialización lanzan a la atmósfera. Igualmente, cualquier desecho que un país arroje a un río eventualmente llegará al mar y las corrientes marinas lo llevarán a las naciones circundantes. Por ejemplo, la basura que lleva el río Motagua afecta las costas de Honduras y los fertilizantes que llegan de México al río Suchiate afectan Guatemala.

Entonces, no existe la posibilidad plena de hacer “cualquier cosa” siempre que no cause daño directo y demostrable a los demás. Siempre hay que proceder con mucha cautela y siempre debe recurrirse a estudios de impacto ambiental sólidos, confiables y sobre todo, elaborados por personas competentes y honradas. No basta hacerlos solamente para cumplir con un compromiso. Hay cosas que siempre causarán daño y otras que no. Promover energía limpia, abogar por el uso de materiales que no contaminan, establecer leyes que regulen la emanación de desechos por fábricas y comunidades es un deber, una obligación de los estados. Pero convencer a los defensores de la libertad de esto resulta prácticamente imposible, porque para ellos todos los países son “islas” desconectadas de otros países y en medio de un mar sin corrientes que llevan todo a todas partes. ¿Ignorancia, terquedad o pura maldad?

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