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Tanta ciencia… ¿para nada?
Por Juan Fernando Hernández - Guatemala, 4 de octubre de 2007
prosopis_2006@yahoo.com.mx

Recientemente asistí a un taller convocado por la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP) para conocer y enriquecer un documento preparado por dos destacados científicos guatemaltecos, el Lic. Mario Jolón y el Ing. Víctor Hugo Ramos. El documento, que consiste de la presentación del portafolio de sitios y definición de estrategias para el llenado de vacíos y representatividad ecológica del SIGAP (Sistema Guatemalteco de Áreas Protegidas), está sólidamente fundamentado en principios científicos, observaciones recientes y numerosos documentos publicados.

Este portafolio no es un trabajo que deba tomarse a la ligera. Si bien, como todo en este mundo, el documento es perfectible (una de las omisiones que se le señaló fue que no se incluyeron los monumentos arqueológicos dentro de los aspectos que más le dan valor a un área protegida), contine numerosas conclusiones valiosas. Entre ellas, podemos incluir el hecho de que los parques nacionales, reservas nacionales y privadas y propiedades comunales como astilleros y parques regionales deben representar la increíble riqueza ecológica del país, así como que deben estar unidos por corredores biológicos (extensiones de terreno más o menos largas pero relativamente angostas dentro de las cuales se conserva la vegetación nativa) para que no se conviertan en “islas”.

La importancia de conservar ligadas las reservas biológicas de cualquier naturaleza tiene sólida base científica. Desde que se publicó el trabajo fundamental de MacArthur y Wilson en 1967, se acepta que es preferible tener vinculadas las reservas biológicas por “corredores” verdes, que conserven la cobertura vegetal y permitan –entre otras cosas- el paso de los animales entre uno y otro sitio[i], impidiendo así que se produzca el empobrecimiento genético de las especies o un “efecto de zoológico” en el que los organismos vivan en una libertad falsa, sometidos a estrés, que a un plazo relativamente corto, conduciría a su extinción. Como ejemplo, cabe recordar que algunos animales como los grandes felinos (jaguar, puma) necesitan de grandes extensiones de terreno para conseguir su alimento y su pareja. No es posible conservar jaguares o pumas en reservas pequeñas, completamente aisladas la una de la otra pues desaparecerían muy pronto.

Proyectos de “desarrollo económico” como los que se perfilan para la Reserva de la Biósfera Maya en la que numerosas carreteras cruzarían las ya de por sí amenazadas reservas existentes, conducirían casi de inmediato al aislamiento de las mismas y amenazas sobre la fauna como las que he mencionado y otras que podrían producirse como la invasión por narcotraficantes (entre otros grupos de poder) se volverían frecuentes. Repito: estas amenazas no pueden tomarse a la ligera. La destrucción o empobrecimiento de las reservas biológicas nos afecta a todos. No afecta solamente a las comunidades que dependen del chicle o el xate para su subsistencia. Entre otras cosas, también perjudica a los pueblos o ciudades que requieren del oxígeno y el agua que provienen de los bosques. No nos conviene olvidar que el aire y el agua son vitales para todos los seres –incluyendo los humanos- (talvez entre nuestros columnistas neoliberales fanáticos habrá más de alguno o alguna que diría que son bienes que pueden ponerse en el mercado, pero la gente sensata jamás aceptaría tal cosa).

Sin embargo, resulta preocupante que aún no sabemos públicamente quiénes pueden ser las próximas autoridades a cargo del los ministerios de Ambiente y Agricultura y del Consejo Nacional de Áreas Protegidas. Sin saber quiénes pueden ser estas personas podría ocurrir que este portafolio, al igual que ha ocurrido con tantos otros trabajos científicos hechos en nuestro país, quede en saco roto. Es decir, que todo el esfuerzo haya sido de balde, que igual se construyan carreteras donde no conviene, se hagan concesiones mineras donde van a contaminar los ríos y destruir los cerros, se autoricen talas y desvíos de cuerpos de agua y muchas otras cosas parecidas que sólo empeorarán nuestra ya de por sí delicada salud ambiental.

¿Tendrán en realidad los próximos gobernantes algún interés por el país? ¿Pensarán en dejar tan siquiera un pequeño gesto a favor de sus nietos? O sencillamente, al igual que ha ocurrido anteriormente, se enriquecerán a costa de todos nosotros y abandonarán cobardemente el país al concluir su período, sus millones robados seguros en bancos extranjeros?

La respuesta la tienen ellos. No es hora de echar en saco roto el trabajo de los científicos guatemaltecos. No es hora de hacerles caso a los adalides de la “libre empresa” que únicamente quieren destruir el país para enriquecerse ellos, ya que hasta donde yo sé, ellas y ellos también respiran y beben, ¿o no?

[i] MacArthur, R.H. y E.O. Wison (1967) The Theory of Island Biogeography, Princeton University press, Princeton, New Jersey.

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