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Propiedad intectual o racionalización del crimen
Por José García Noval* - Guatemala, 5 de enero de 2005

En el año 2003, alrededor de 40 millones de personas vivían con el VIH/SIDA; en ese mismo año hubo 5 millones de nuevas infecciones y las defunciones causadas por la enfermedad...

En el año 2003, alrededor de 40 millones de personas vivían con el VIH/SIDA; en ese mismo año hubo 5 millones de nuevas infecciones y las defunciones causadas por la enfermedad alcanzaron 3 millones de seres humanos (de los cuales 2.5 millones eran adultos y 500 mil eran niños). Por otro lado, noticias recientes indican que Brasil logró bajar las tasas de mortalidad por sida en un 50 por ciento; la razón: la decisión política de sus gobernantes de utilizar los medicamentos genéricos. Si esta medida fuese tomada en otros países y si, además, se aplicara a otras enfermedades causantes de altas tasas de morbimortalidad, para las cuales hay tratamientos sencillos, se evitarían millones de muertes y sufrimiento humano.

La prensa guatemalteca nos sorprendió con una noticia infame: EE.UU. molesto por genéricos y Berger atiende queja de EE.UU. sobre genéricos. En el fondo se trata de lo que ya la Premio Nobel, Rigoberta Menchú, llamó “chantaje” del país más poderoso del planeta; calificativo que el malabarismo verbal mal informado del señor embajador no pudo desvirtuar. En pocas palabras, sólo la perversión respaldada por el poder se impone, tanto sobre el sentido común como sobre la racionalidad más depurada de quienes luchan por la liberación de la producción de genéricos.

Hay dos argumentos fundamentales en el abordaje del problema. El costo humano en dolor y muerte, debido a la falta de acceso a medicamentos, es tan alto que resulta un evidente imperativo ético, para todos los países y habitantes del planeta –“con poder moralmente respaldado”– agotar todos los esfuerzos por afrontar el problema. Si intentáramos analizarlo desde la óptica de lo que los eticistas llaman “las dos caras del fenómeno moral” que con frecuencia se contradicen (la deontológica y la consecuencialista), en el presente caso no cabe duda que el acuerdo será rotundo: apoyar una política que garantice un medicamento barato y, por supuesto, ¡efectivo! Un argumento utilizado, con pretensiones de “moralidad” es el de la propiedad intelectual.

Un mínimo recorrido de la construcción del saber humano, demostrará cuan falaz y oportunista es el argumento. Detrás de la producción de un medicamento hay un conocimiento acumulado por el cual los científicos, que han dado sus principales aportes, no gozan regalías de las ganancias de las transnacionales. Más grave aún, muchos de los medicamentos comercializados, a precios muy elevados, provienen de principios activos extraídos de plantas utilizadas en diversas culturas que, finalmente, no reciben beneficio alguno. En este caso, los saqueadores, no sólo ignoran sino ridiculizan la posibilidad de considerar la propiedad intelectual de las culturas. En la actualidad esta aberrante mentalidad, con pretensiones de justificación en un “liberalismo retorcido”, han llegado al cinismo de intentar “patentar” el Genoma Humano y de realizar, en investigación genética, los famosos “estudios mosquito” para burlar a los comités de ética en investigación atentos al problema. Pero lo más importante en esta discusión lo plantea el bioeticista estadounidense Edmund Pellegrino al afirmar que el conocimiento médico no es propiedad privada, que éste ha recurrido a invasiones de la intimidad, la disección de cadáveres humanos, la experimentación con sujetos humanos, etcétera. Oportuno es decirlo, es impresionante la frecuencia como, en los ensayos clínicos realizados por las transnacionales en países en desarrollo, las personas son simples conejillos de indias. Por ejemplo, resulta una odisea, cuando no imposible, lograr que las compañías suministren medicamentos retrovirales por tiempos prudenciales, más allá del experimento, a los pacientes con sida que les han servido en sus estudios.

Las presiones y amenazas para la marcha atrás, en el tema de los genéricos, son de tal magnitud que no podemos atribuir al Gobierno de Guatemala la principal responsabilidad de sus consecuencias. El desbalance de poder es aplastante. Lo que sí podemos es reconocer la responsabilidad de un poder transnacional, despojado de mínimos índices de humanidad. Ese desvelamiento deberá permitirnos iniciar, a pueblos y gobiernos del “Sur”, una lucha de más largo aliento que tenga como norte una verdadera independencia, condición necesaria para alcanzar una democracia de verdad.


*Programa de Bioética. Facultad de Ciencias Médicas. Usac

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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