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El roble y el tilo
Por Julio Godoy - Guatemala, 1 de octubre de 2007

Cuenta una saga griega que Zeus concedió un deseo a Filemón y Baucis, una pareja de pobres campesinos, en premio a la bondad desinteresada de que éstos habían hecho prueba durante sus vidas. Aparte de ser aceptados como ministros del santuario en el que Zeus había transformado su cabaña modesta y generosa, la pareja pidió al Omnipotente que les permitiera amarse siempre, y estar juntos por la eternidad. Zeus les concedió el deseo: Al cabo de una vida plena, Filemón y Baucis murieron al mismo tiempo, y fueron convertidos por gracia divina en dos árboles, un roble y un tilo, sembrados juntos, y que desde entonces y hasta el fin de los días se inclinan el uno hacia el otro.

La imagen del roble y del tilo unidos, acariciándose hasta la eternidad, viene a la mente ante la noticia del suicidio del filósofo André Gorz y de su esposa Dorine, hace unos días, en su casa en Vosnon, en la Champagna francesa, al este de Paris. Dorine sufría desde hace mucho tiempo de un doloroso cáncer incurable, y Gorz había anunciado en su conmovedor libro "Carta a D.", publicado en Paris en octubre de 2006, que él no podía imaginarse una vida sin su compañera, sin la mujer de quien él fue cómplice durante 59 años.[i]

En la última página de su carta de amor a Dorine, Gorz escribe, consciente de la inminencia de la muerte de su compañera: "No quiero ser ni testigo de tu cremamiento, ni recibir una urna con tus cenizas. Tu y yo sabemos que no queremos sobrevivir el uno sin el otro." Antes de suicidarse, André y Dorine dejaron una nota para sus vecinos, pegada a la puerta de su casa en Vosnon, con una discreta demanda: "Por favor, avisen a la policia."

Aunque el suicidio de André y Dorine Gorz puede parecer a primera vista un gesto monstruoso, es en efecto el gesto último de amor. Y de libertad, si ésta significa actuar siempre en coherencia con los valores y las convicciones personales. Y ambos, André y Dorine Gorz, siempre fueron coherentes consigo mismos.

Nacido en 1923 en el seno de una familia judía de Viena, Gorz tuvo que emigrar en 1939 hacia Suiza, huyendo del fascismo alemán. Fue en Suiza donde Gorz conoció a Dorine, una bella pelirroja escocesa, de quien él no se separaría jamás. Como otros intelectuales de su tiempo, Sábato por ejemplo, o Friedrich von Weiszaecker, Gorz estudió química antes de descubrir la filosofía, para convertirse a mediados de los 1970s en un pensador guía de las nuevas generaciones de intelectuales europeos decepcionados por la inhumana brutalidad del comunismo real de la Europa soviética.

Gorz fué colaborador primero de Sartre en "Les Temps Modernes", y co-fundador después de la revista francesa "Le Nouvel Observateur", en sus inicios lectura obligada de los intelectuales de izquierda de Paris. De quienes, dicho sea de paso, Gorz desconfiaba, por su tendencia a la especulación intelectual al margen de la realidad, y por su facilidad para cambiar de frentes. Pero su prestigio como observador crítico de su tiempo, Gorz lo construyó con su análisis neomarxista de la sociedad industrial, de sus efectos alienadores en el ser humano, en la linea de Hockheimer, Adorno y sobre todo Marcuse, y por sus fundados alegatos en favor de la ecología y de la reducción del tiempo de trabajo.

Gorz también fue un pionero en desentrañar los mitos de las finanzas internacionales, cuya "multiplicación, desprovista de substancia, del dinero" él observaba con el pesimismo de rigor. Suyo es también el concepto de precaridad social, derivado del desempleo en masa producido por la evolución del fordismo. Pero, en contraste con los análisis economicistas del desempleo, que él veía como consecuencia inevitable del propio desarrollo del capitalismo, Gorz atisbaba allí una enorme fuerza liberadora para el individuo y para la sociedad. Pero para ello sería necesario que el estado proveyera a todos los ciudadanos de un ingreso básico, suficiente para vivir, e independiente de que éstos trabajasen o no, trabajo comprendido aquí en el estrecho sentido económico del término. Este ingreso básico, hoy realidad en las sociedades escandinavas, "pondría en evidencia el absurdo (del capitalismo), que provoca un ahorro de trabajo de dimensiones nunca vistas, pero que a la vez que transforma el tiempo liberado en miseria y desesperanza por su negativa a repartir los bienes producidos, es también incapaz de apreciar el valor real del ocio cuando éste es empleado en actividades humanas sociales superiores."[ii]

Este es el tema central de Gorz: Revelar ante los ojos ciegos de la sociedad economicista el sinnúmero de tareas sociales necesarias, pero para las cuales no existe un mercado, y por tanto, un precio. También, recordar cómo el capitalismo, a travez del reino universal del consumismo, y de su capacidad de impregnar y co-optar toda acción humana, no solo ha creado miseria y desesperanza, sino también ha destruído toda conciencia de clase.

La herencia intelectual de Gorz es enorme – aparte de sus innumerables libros, ya clásicos, él deja sembrada la esperanza en un socialismo antiautoritario, existencialista, y desprovisto de dogmas.

Pero, al margen de su compromiso y honestidad intelectuales, Gorz reconoció siempre que su amor por su mujer era "lo más importante de mi vida." "Acabas de cumplir 82 años," escribío André a Dorine hace un año. "Y aunque no pesas más que 44 kilos, y has perdido seis centímetros de altura, sigues siendo tan bella, tan noble, y tan deseable como siempre." Para concluir con una queja contra si mismo: "¿Por qué hay tan poco de tí, por qué estás tu tan ausente en lo que yo he escrito? Por qué, si nuestro amor ha sido lo más importante de mi vida?"[iii] Si bien Gorz no pudo responderse, con su negativa a vivir sin ella, con el gesto último de complicidad, y más allá de toda noción manoseada de romanticismo, él, y Dorine también, como una vez Filemón y Baucis, pero sin la ayuda de dioses oportunistas, se demostraron su mutuo amor imperdurable.

[i] André Gorz (2006): Lettre à D : Histoire d'un amour, Editions Galilée, Paris. Las traducciones son del autor.
[ii] André Gorz (1980): Adieux au prolétariat, Editions Galilée, Paris.
[iii] Gorz (2006)

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