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La celda y el alma
Por Julio Godoy - Guatemala, 20 de octubre de 2007

Bruchsal es una de esas pequeñas ciudades alemanas destruídas durante la segunda guerra mundial, y reconstruídas en la urgencia después de 1945, sin atender más demandas que la necesidad, desoyendo toda consideración estética. A pesar de todo, de que por ejemplo el castillo del pueblo es medieval unicamente de nombre, pues fué reconstruído en 1950, es Bruchsal hoy día, casi 60 años más tarde, y aunque sólo sea parcialmente, un pueblecito casi bucólico, adornado como está por algunos bellos vestigios arquitectónicos de tiempos idos.

Por lo demás tiene Bruchsal ese carácter impersonal de la ciudades alemanas modernas – eficientes y anónimas, sin más atractivos que un par de torres de iglesias, piedras antiguas ahogadas en un mar de cemento y de autos. Pero para el visitante no interesado en el turismo tradicional, tiene el pueblecito dos motivos de atracción: El teatro de la ciudad, que, en estos días, ofrece una nueva puesta en escena de "Nathan el sabio", la clásica parábola de reconciliación de Gotthold Ephraim Lessing. Y la prisión, donde desde 25 años purga sentencia Christian Klar, uno de los dos guerrilleros todavía detenidos, miembros de la Fracción del Ejército Rojo (RAF, por su nombre en alemán), de la guerrilla urbana que casí desestabilizó Alemania en los 1970s y 80s.

Que Klar el ex-guerrillero, y Lessing el apóstol de la reconciliación, convivan en Bruchsal en estos días, es una ironia de la historia. Según el código penal alemán, Klar debió ser liberado hace unos meses, tras cumplir la pena máxima que la ley alemana prevé, 25 años de prisión. Pero la ley también dispone que la liberación de un prisionero tras esta pena debe ser sancionada por el presidente de la república, tras evaluación del fichero correspondiente. Aunque muchos intelectuales, incluído el director de cine Volker Schloendorff ("El tambor de hojalata"), abogaron por la liberación de Klar, e incluso le ofrecieron publicamente trabajo como asistente de teatro o de cine, para garantizar su reintegración en la sociedad, en mayo pasado el presidente Horst Koehler rechazó la liberación, condenando al ex-guerrillero a por lo menos dos años más de prisión.

La celda donde Klar sobrevive desde 25 años es un agujero triste y oscuro, de cuatro metros cuadrados, sin luz natural, protejido por puertas de hierro reforzadas, y por dobles muros de cemento. Allí, en esa celda, vegeta el alma de Klar, sin más horizonte que las cuatro paredes grises e inhumanas que lo encierran, y la espera de un incierto futuro, todavía lejano, bajo el sol. Que las palabras alemanas para celda (zelle) y alma (seele) puedan parecer parientes fonéticas, es seguramente también una crueldad de la existencia del ex-guerrillero.

El motivo principal de Koehler de negarle a Klar la libertad fueron las posiciones políticas que éste mantiene hoy día – de condena del capitalismo, y de la injusticia y de la miseria que causa, palpables en el mundo, y de la indiferencia con que Europa, Norte América, las ven, de Zambia a Guatemala. Con ello, Koehler demostró la falsedad de la posición oficial de la justicia alemana, que afirma tratar a los guerrilleros de la RAF como delincuentes comunes. Mientras criminales sexuales, ladrones, o funcionarios corruptos cojidos con las manos enla masa son dejados en libertad sin mucho trámite, uno de los últimos prisioneros políticos de Alemania debe morir un poco más cada día, tras 25 años de prisión, sentenciado ya no por los crímenes que cometió hace 30 años, sino por sus opiniones políticas de hoy. Como si su culpa fuera impagable, como si la sociedad no fuese capaz de reconciliarse con uno de sus tantos hijos extraviados en los accidentes de las confrontaciones ideológicas de la guerra fría.

Unos metros más allá de la prisión donde Klar vegeta, el director de teatro Carsten Ramm ha desmentido el propósito inicial de Lessing al escribir "Nathan el sabio". En la obra original, que se basa en un pasaje del Decameron de Bocaccion, un judío, un católico y un musulmán discuten en Jerusalén sobre la "verdadera" religión, para convenir, al final, en una apotéosis de reconciliación, tolerancia y comprensión mutua, que, a pesar de sus diferencias teológicas, los tres pueden ser amigos y respetarse. En la puesta en escena de Ramm, no hay reconciliación, los protagonistas ocupan al final el escenario sin saber comunicarse entre sí, exhaustos por el improductivo diálogo. Ramm explica su decisión de tergiversar la propuesta de Lessing, diciendo que hoy día "tolerancia y reconciliación son utopías."

En "Galileo Galilei", Berthold Brecht hace decir a Andrea, el joven científico que visita a Galileo en la prisión donde la inquisición ha enclaustrado a éste: "¡Desgraciado el país que no tiene heroes!" A lo que Galileo, oportunista e idealista al mismo tiempo, responde, "No, desgraciado el país que necesita heroes." Parafraseando a Brecht, es posible decir, con un ojo en Bruchsal, en su prisión y en su teatro, y el otro en Guatemala: "¡Desgraciado el país que necesita reconciliarse consigo mismo, y que es incapaz de hacerlo!"

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