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El consenso del miedo
Por Julio Godoy - Guatemala, 2 de noviembre de 2007

La química qué explicaría el miedo que reina en la ciudad es escurridiza, inaprehensible: La visibilidad de la violencia, claro. La atención exacerbada al mórbido sensacionalismo de los medios ante la violencia, también. Además, el atavismo humano frente a la certeza de la muerte, y su incierta ocurrencia; quizás los inadmisibles sentimientos de la propia culpa; el posible terrible destino inmediato de los amados, cumpliendo inocentes sus tareas diarias. Y, de una manera u otra, el olvido intencional de la brutalidad cotidiana que significa la exclusión social y económica de quienes se teme. Pero si ese cocktail sólo permite una aproximación a la raíz del miedo, los resultados de éste en la apariencia urbana son, por su propia naturaleza, evidentes: Altos muros, coronados por alambre espigado, evocador de guerras y prisiones. Omnipresentes garitas de control, desde La Cañada hasta la 1º de Julio. Calles antaño públicas, para los no desmemoriados escenarios inolvidables de tardes de futbol y carreras en bicicleta y coqueteos inocentes entre patojos y patojas, son hoy cotos privados, protegidos, ¡Dios lo quiera!, por la inevitable policía privada. Guardaespaldas aquí y allá, frente a cafés y restaurantes y bancos y supermercados, protegiendo a clientes y propietarios. Vidrios polarizados bloqueando la mirada en el interior de practicamente todos los carros, excepción hecha de taxis y y de los autos de uno que otro despistados.

Guatemala, la ciudad, vive hoy bajo llave, esclava del imperio del miedo, ese consenso público de que hordas de delincuentes y asesinos acechan en cada esquina, esperando el menor descuido, el caer de la noche, o, en el peor de los casos, dispuestas a atacar en todo momento, a pesar de todo. Pero como el miedo tiene a la vez algo de telúrico y de aéreo, y se mueve como un silencioso maelstrom subterraneo, y sobrevuela la urbe y sus innumerables fronteras de supuesta seguridad, permeando sus cimientos, es también fácil imaginar detrás de los muros y el alambre espigado y las garitas de control a padres y madres tiritar de paranoia, sus dientes castañeando, unidos con los patojos en un abrazo mutuamente protector contra el terror, esperando la acometida inminente de los bárbaros. A otros, aguerridos durante la guerra, y que han hecho de sus casas verdaderos arsenales, hay que imaginarlos armados hasta los dientes, dispuestos a defenderse hasta ... la muerte.

En algunos sectores de la ciudad los altos muros altos y las rejas y las garitas y los vidrios polarizados deben servir seguramente de doble protección – uno, para mantener a los criminales fuera, y dos, para no ver la realidad nacional. Es que, si bien Guatemala, la ciudad, siempre vivió de espaldas al país, y se negó a ver la miseria del indio, hoy esa miseria la ha invadido, como una mancha de sangre y de pobreza extendiéndose imparable sobre el mapa metropolitano. Una miseria que hay que evitar ver, so pena de preguntarse sobre sus causas, y sobre el papel jugado por cada uno en su origen. La Guatemala oficial puede haber ganado la guerra, pero ha perdido el que fué su territorio de seguridad, y hoy debe arrinconarse detrás de sus muros, en sus ghettos de lujo, que no por casualidad están tan cerca del aeropuerto, del acceso inmediato a los aviones, comerciales o privados, y a la fuga.

Que los esclavos del miedo, que, en algunos casos son al mismo tiempo los señores feudales, quizás recientemente reconvertidos a las finanzas, preferirían vivir en una ciudad abierta, libre de las toxinas de la paranoia, se desprende de algunas de sus añoranzas – "Ah, cuando todavían los niños podían jugar en la calle!" "Ya no es posible caminar en Guate", "hay que recuperar el centro," murmuran a veces, cuando ceden a su propia nostalgia. Tienen razón, aunque ellos sean los primeros culpables del miedo, aunque ellos hayan impuesto el terror como instrumento de dominación ante la rebeldía de quienes siempre consideraron sus enemigos. Tienen razón, pues en un lugar como la ciudad de Guatemala el consenso del miedo ha matado la inocencia y la espontaneidad, componentes claves de toda vida urbana civilizada. Que los culpables se quejen del miedo que ellos han creado no es una contradicción – sí lo es, en cambio, que ellos, que han creado el consenso del miedo para mejor regir, crean que su inútil remedio del pasado, la mano dura, vaya a ser buena profilaxis en el porvenir.

Como recuperar esos tiempos idos, de calles libres y colonias sin garitas y paseos sin aprehensions, sin recaer también en la ceguera de entonces ante la realidad del país que los caracterizaba? Como liberar a la ciudad, al país, del imperio del miedo, y substituirlo por un canto a la vida y a la libertad, que reboze de optimismo y esperanza en la gente y en el futuro compartido? Una primera respuesta, intencionalmente imprecisa, y solo aparentemente ingenua, pues, a pesar de todos los crímenes, abreva en una inmortal certitud: Atreviéndonos a ser generosos, a ceder a la audacia de un nuevo orden social, uno que nazca de la solidaridad, y de la comprensión de que, sin la dignidad de los otros, de esos que hoy engendran tanto miedo, estaríamos terriblemente solos, y seguramente más desprotegidos de lo que hoy tememos.

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