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10 de noviembre
Por Julio Godoy - Berlin, 10 de noviembre de 2007

"Sólo una cosa no existe.
Es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria,
y cifra en su profética memoria,
las lunas que serán, y las que han sido."

Jorge Luis Borges

Este puente, que ha sido desde abril mi punto de observación del sol al atardecer, del occidente, está vacío ahora, soplando como sopla un viento helado que desciende desde las estepas del noreste, preñado de invierno y de nieve, y que ha empujado a quienes durante la primavera, el verano, lo poblaron, a protegerse en la intimidad de sus hogares, en el calor artificial que proporcionan las masas y su impersonal bullicio en los bares y en los cafés, o la oscuridad de los cines y los teatros. El viento también empuja la hojarazca, revoloteando ya no verde como ayer, sino amarilla, roja, ocre, los colores que pregonan el recurrente ritual inevitable del fin de la vida, de la muerte. Solo los cisnes que se deslizan indiferentes a contracorriente en el agua gélida del canal, a diez metros bajo mis pies, son inmunes al frío. Y yo, prisionero de mi añoranza por ese pais, ese paisaje, ese pueblo a los que pertenezco, que adivino en el occidente, allí donde el sol se pone. Y una presencia, ajena ella a estas regiones, y sin embargo tan familiar, tan aquí, tan ahora, ocupa también el puente, y, curioso, lo transforma en una isla imaginaria, sin conección con la ciudad en la que habito. Y esa presencia exacerba mi desarraigo.

Esa presencia, un día – hace tan poco tiempo, y sin embargo ya casi irreconocible en el pasado – me ayudó a derrumbar el muro de mitos y de miedos que construí durante 20 años para aislarme de mi país, de mi paisaje, y me ayudó a volver, a reconocer de donde vengo, a reencontrarme con la piel sufrida de mi pueblo, con el imperecedero sabor del maiz, guardado para siempre en mi, como si fuera mi substancia. Así pude deambular otra vez, alegre y acongojado, riendo y llorando, por las calles hoy irrreconocibles de la ciudad en la que crecí y morí un par de veces. Y por las ruinas de la otra ciudad maldita, con la que me reconcilié a pesar de su pasado de racismo y de sangre, y su presente de discotecas y de drogas. Y por los cementerios, reales o imaginarios, buscando mis cadáveres y sus tumbas. Pero ahora esa presencia se constituye ella misma en un obstáculo, un nuevo muro invisible y por ahora inexpugnable, que me separa del occidente, de ese lugar que de vez en cuando se me antoja ilusorio, donde se pone el sol. Alli donde se levantan mis recuerdos, limados hoy de sus asperezas por el buril bienhechor del tiempo, erguidos como límpidos monumentos a otros días, cuando aún había espacio para la esperanza a pesar de tanta muerte y atrocinio.

Hoy he recuperado mis rituales y mis territorios aquí, voy y vengo sin guías y sin mapas por esta ciudad familiar y sin embargo ajena, la oficina, las librerías, la biblioteca, la piscina, los restaurantes, los teatros, los mercados, los cines, y el estadio. Hablo y escribo los idiomas como si fueran los míos, me muevo en el país, en el continente como si yo perteneciera. Pero, si bien no necesito ni de mapas ni de guías, la conciencia de mi ser en otra parte me traiciona, y me revela cada día, que no, que me siento, que soy extraño. Entonces me siento también traidor a esta tierra, a la gente que me acogió cuando lo necesitaba, sin preguntar de donde venía, ni porqué.

Cuando me sentiré de nuevo en casa? Cuando podré derrotar esta presencia, ayer noble y generosa, hoy veneno infectando mis calles y mi mesa, mis días y mi cama, incluso cuando no estoy solo? Cuando podré destruir este nuevo muro que me separa del occidente de donde vengo? Cuando veré otra vez las calles, los volcanes, las aguas de mi infancia? Cuando compartiré otra vez las pasiones, las urgencias de mi pueblo? No lo sé. En todo caso, no hoy, como lo pensaba ayer. Quizás mañana, el 11 de noviembre.

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