Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Cut and paste: Elogio del plagio
Por Julio Godoy - Dar es Salaam, Tanzania, 26 de noviembre de 2007

"El libro que recitas, Fidentino, es mío;
pero cuando lo recitas mal, empieza a ser tuyo."
Marco Valerio Marcial, poeta hispanoromano del siglo I
de nuestra era, en un epigrama dirigido a su plagiario

Dicen quienes pretenden saberlo a ciencia cierta, que el plagio ya ocurría entre los griegos y los romanos, y para prueba, recuerdan un epigrama de Marcial dirigido a Fidentino, conocido en Roma como "El Plagiario" (nomen est omen, habrá dicho seguramente más de unos de sus cuates, si, tras las revelaciones de sus robos de poemas de Marcial, aún le quedaba alguno), y en el cual el primero le escribe al segundo: "Corre el rumor de que tú, Fidentino, lees mis versos al público como si fueran tuyos. Si quieres que se diga que son míos, te enviaré gratis los poemas; si quieres que se diga que son tuyos, compra esto." (1)

El mentado Marcial debió ser una víctima recurrente de los plagios de los Fidentinos de su tiempo, pues otro día escribió también que "quien recita obras de otro y con ello aspira a la fama, no debe comprar el libro, sino el silencio (del autor)”. (2)

Desde entonces, los herederos de Fidentino han seguido la consigna bíblica, de ir por el mundo y multiplicarse. En los últimos tiempos, con el advenimiento de la red Internet y de las computadoras, que facilitan la una el acceso inmediato a innumerables textos sobre practicamente todos los temas en una confortable, pero solo aparente anonimidad, y las otras la posibilidad de "cut and paste", de "copiar, pegar y firmar" (es decir, plagiar) en un minuto, y con el olvido de las normas morales más elementales ligado a la postmodernidad, el plagio se ha convertido en deporte universal. Hay quienes plagian cuando escriben cartas de amor – textos originales banales, incorporados a mensajes de caducidad casi inmediata. Algunos plagiarios incluso utilizan a Ruben Dario para justificarse: "Yo persigo una forma, que mi estilo no alcanza," dicen. Marcial, nuestro epigramista romano, probablemente habría comentado, rascándose la egregia cabeza: ¡O temporas, o mores!

(Quien ésto escribe se imagina así la típica escena del plagiario postmoderno: Las manos del delincuente están posadas sobre el teclado, sus ojos clavados en la pantalla del ordenador, ese ersatz electrónico de la mítica, despiada página blanca, esperando las palabras para impresionar, para seducir al lector – las palabras que no llegan. Para decirlo otra vez en la lengua de Marcial: Scriptum interruptus. El plagiario, la plagiaria, tiene una idea de lo quiere escribir, pero las palabras lo, la eluden, y entonces,descubre el otro texto, el original, donde encuentra lo que se le niega, y siente la tentación de plagiarlo, de apropiárselo, y duda un momento, y al final, ingenuamente, creyendo que nadie lo, la descubrirá, desoye sus escrúpulos, si aún los tiene, copia párrafos, quizás cambia circunstancias, añade palabras, y al final, como si el texto completo fuera suyo, lo firma. Y despues olvida el robo, un incidente insignificante más en la ilusoria vida de quien cuando se ve en el espejo descubre a un enano, cuando quisiera ver a un gigante, sin darse cuenta que no es ni uno ni otro, sólo una persona normal, con sus vicios y sus virtudes.)

Aunque el plagio, por trivial que sea, es, en si mismo, el delito intelectual más vergonzoso, su naturaleza es muy ambigua. Quien plagia quiere ganar el respeto y la admiración de sus lectores, pero utiliza para ello un engaño, y testimonia, además, una veneración enfermiza por el autor original, por el plagiado. Más sórdidos son los recovecos síquicos de quien plagia. El exhibicionsimo del plagiario, su afán de impresionar al mundo exterior con palabras ajenas, se enraiza en un narcisismo irresuelto, en la necesidad compulsiva de satisfacer imaginarias expectativas del mundo exterior hacia si mismo.(3) Aparejado a esta compulsión van por un lado, de manera contradictoria, el sentimiento de no "ser suficiente" para ese mundo exterior supuestamente exigente, y por el otro, como la otra cara de Jano, una cierta vanidad, y la incapacidad de aceptar los propios límites. Y también la idea, inconsciente quizás, de que ser soberbio, pretencioso, creído, como dirían los chapines, es la primera virtud, y ser modesto un vicio.

Aparentemente, otro razgo común de quienes sufren de un narcisismo irresuelto, aparte de ser hijos, hijas, de padres absortos consigo mismos, es el de coleccionar amantes sin parar – sin jamás encontrar satisfacción duradera en una pareja.(4) Este complejo lleva al plagiario, (a la plagiaria también: Al autor de estas lineas – ¡suyas todas, con excepción de las citas! – le consta que este crimen no es territorio exclusivo de los machos) a mentirse constantemente a si mismo, a si misma, y a encontrar satisfacción temporal en la propia impostura.

Pues eso es el plagio: Una impostura, que dura hasta que el crimen es descubierto. Entonces viene el bochorno, las explicaciones ridículas, los berrinches. Si no, que lo cuente el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quien recientemente puso su prestigio en entredicho al publicar numerosos artículos bajo su nombre, copiados casi textualmente de otros, de otros autores. Puesto frente a su impostura, Bryce Echenique le echó la culpa primero a su secretaria, y luego su editor a hackers y a otros delincuentes online.(5)

Si les sirve de consuelo, sepan los plagiarios que están en compañía de gente ilustre: Desde el ya mencionado Bryce Echenique, pasando por Pablo Neruda (algunos de sus 30 poemas de amor son una paráfrasis de la traducción castellana de “El Jardinero”, de Rabindranath Tagore), hasta regresar a las noches de la literatura, hasta el conspicuo Fidentino, el ladrón de los poemas de Marcial. Pero que los plagiarios no olviden que su delito casi siempre se descubre, y entonces, el prestigio y la admiración que ellos puedan haber obtenido de sus lectores al adornarse con palabras ajenas, colapsarán para siempre como desaparecen los castillos construidos con arena en la playa ante la primera marea.

(1) Tomado de "Epigramas de Marco Valerio Marcial", 2ª Edición, Institución «Fernando el Católico» (CSIC) Zaragoza, España, 2004, página 89. El traductor de Marcial al castellano, José Guillén, también responsable de las notas explicatorias de la edición mencionada, apunta que el epigramista se refiere con "compra esto" al silencio del autor, indispensable para el plagiario para no sufrir el bochorno de ver su crimen hecho público. Esto es, si el autor plagiado se da cuenta del robo.

(2)Ibid, página 103-104.

(3) La obra de referencia sobre el narcisismo es el clásico de la sicóloga estadounidense Alice Miller, "The Drama of the Gifted Child: The Search for the True Self", Basic Books, Nueva York; 3a edición revisada, 1997.

(4) Esta última tesis es defendida por Elan Golomb en su libro "Trapped in the Mirror". Harper Paperbacks, Nueva York, 1995.

(5) Detalles de los plagios de Bryce Echenique están resumidos en la edición en linea de Mundo Hispano: http://www.mundohispano.info/articulo.php?id=949

www.albedrio.org


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.