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Los desahuciados del desarrollo
Por Julio Godoy - Dar es Salaam, Tanzania,,10 de diciembre de 2007

Julius, alto y huesudo, piel color café con leche – mucho más café que leche – y andar desgarbado, y en cuyo rostro emaciado resaltan dos ojos inmensos negros y desorbitados, que, aparentemente asombrados por los omnipresentes vicios y virtudes del mundo, no pueden decidirse a ver en una sola dirección al mismo tiempo, y una risa facil e inocente y reluciente de brillantes dientes blancos, cruza los pasos de este caminante con un paquete de telas enrolladas bajo el brazo, a las que parece protejer con celo, como si fuesen un tesoro invaluable. Para Julius no es particularmente difícil identificar al caminante que recorre solitario las calles desoladas de esta ciudad tropical en la tarde soleada y húmeda, en la que el olor a sal, a mar, flota en el aire como el aroma del pom alrededor del mercado de Chichicastenango, como un probable acceso a divisas, a dólares, o, mejor aún en estos días, a euros. Las razones de Julius son obvias – el caminante solitario es un hombre "blanco", un extranjero, el único entre los cientos de personas que se pasean indolentes en la tarde que lleva saco y corbata. En efecto, el color de la piel del extranjero "blanco" es leche con café, aunque él haga cuestión de honor pensar en su abuela, una india mam, pequeñita y analfabeta, de rostro arrugado y tan café oscuro como una pasa, además de silenciosa y desconfiada – ¡con cuánta razón! – del ladino que había casado a su hija.

Tras una corta charla introductoria, en la que Julius revela que fué bautizado con ese nombre en honor del padre de su patria, él desenrolla con la simplicidad épica de quien nunca se vió tentado por la vanidad sus telas, su tesoro, ante los ojos interesados del foráneo: Julius es un pintor no desprovisto de talento, que reproduce en sus pinturas escenas de la vida vernácula de la sábana africana. Mujeres, altas y flacas como él, pero de caderas anchas, transportando agua en ánforas de barro, en escenas que sugieren una sensualidad inocente, sin la mácula de los desquicios del consumo. Siluetas de girafas recortadas contra el cielo rojizo del atardecer, con el perfecto cono del Kilimanjaro en el horizonte, su cúpula coronada de nieve eterna. Hombres y mujeres bailando una danza tradicional – "shaking the bones", dice Julius con una carcajada que suena auténtica. (¿Pero que es auténtico en este mundo nuestro de hoy, donde charlatanerías e imposturas son omnipresentes, incluso en cosas otrora sagradas?) En sus pinturas más logradas, Julius se deshace del figuratismo, y, sacudiendo los huesos de sus imágenes, convierte las escenas de folklore en abstracciones de si mismas, formas y colores rebelándose contra sus orígenes, explayándose sobre la tela siguiendo sus propios designios, transformándose en visiones nuevas, con vida propia, sin otra referencia a la realidad que deberían retratar que la consciencia de su autor y la imaginación del observador.

Tras alabar sinceramente la obra del artista, el visitante se despite de Julius tan afectuosamente como puede, sin comprar nada, mientras compara las abstracciones del artista del folklore de su pueblo con sus reflexiones personales sobre el país del que es huésped, sobre la involución de los ritos políticos y sociales y económicos de Tanzania. En otros días, hace muchas lunas, Tanzania, su mero nombre, sonaba como la onomatopeya de la excepción africana, la abstracción de un país sin dictadores ni corrupción, pobre pero igualitario, empecinado en buscar su propia senda de desarrollo, bajo la guía íntegra de su lider, Julius Nyerere, el tocayo del artista flaco y desgarbado, a quien este caminante cruzó otra tarde de diciembre, ya remota, el siglo pasado, en Dar es Salaam. Pero esa imagen era eso, una abstracción, una imagen creada por la voluntad de creer en ella, y tiene menos que ver con la Tanzania real que las telas de Julius con la vida del pueblo en la sabana que él retrata.

Que Tanzania podría ser un paraíso en la tierra, no es el delirio de un utopista afuera de su tiempo y de la realidad. Desde el avión, la tersa superficie del Océano Indico se extiende como un espejo azul esmeralda hacia el oriente en perfecta calma, en la que el apenas perceptible ir y venir de las olas solo es un susurro de paz y armonía. Hacia el occidente, la sabana se sugiere exhuberante e interminable, interrumpida por la ciudad inmensa, y por la zigzageante serpiente de marfil que es la costa. No lejos, Zanzíbar, la isla de mítica y real belleza. En el subsuelo, la riqueza – oro, diamantes, niquel, gas, lo que usted quiera. Y reinando sobre todo esto, la figura legendaria del fundador de la nación, Julius Nyerere.

Pero Tanzania no es un paraíso terrenal. En efecto, es uno de los países más pobres del mundo, con un ingreso per cápita de menos de dos dólares al día, con la quinta tasa del mundo de mortalidad a causa del SIDA, con una expectativa de vida de 50 años, con una tasa de desempleo que supera el 30 porciento. La topografía del inmenso país reduce la teirra cultivable a sólo cuatro porciento de su territorio. Y las políticas de desarrollo de Nyerere fracasaron hace mucho. En efecto, Tanzania no sobreviviría como estado si no fuera porque la Union Europea lo subvenciona con millardos de euros cada año. Aunque Tanzania no sufre ni de una oligarquía despiadada y avara, ni de un ejército genocida e inescrupuloso y corrupto, ni la propiedad privada se asienta sobre el robo original, como en nuestros pagos, los herederos de Nyerere han abandonado hace mucho su ideario sobre el desarrollo, y se han adaptado a los dictados neoliberales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, y han privatizado las minas y los servicios, y por ello son llamados despectivamente por sus ciudadanos empresarios.

Esa fué la palabra empleada por la joven asistente de la facultad de economía de la universidad estatal en una charla tras la cena compartida, tras una conferencia sobre neoliberalismo y política del desarrollo, para designar a los nuevos dirigentes del país. Esa fué la palabra empleada por el portero del hotel a orillas del mar, que ofrece refugio temporal al visitante. Esa fué la palabra empleada por Julius, el artista. Esa fué la palabra empleada por el columnista del mayor diario local. "Empresarios", con un rictus de desencanto torturando los labios, como si solo pronunciar la palabra amargara la boca.

Nyerere probablemente habría descalificado a los nuevos líderes del país usando una expression peor. Un día hace mucho, cuando el país recién se había liberado del colonialismo, él advirtió a su pueblo: "Nuestra independencia sólo es posible si somos autarquicos. Nuestra independencia es una ilusión si la nación depende de regalos y préstamos de otros países para financiar su desarrollo. Como podemos depender de gobiernos y compañías extranjeros para nuestro desarrollo sin abdicar ante esos gobiernos y países una parte importante de nuestra libertad? La verdad es que no podemos."

Pero las palabras de Nyerere han caído en el olvido. Hoy día, como en Guatemala, las minas de oro son explotadas por una compañía extranjera, que no sólo se beneficia de subvenciones del Banco Mundial, sino también de generosas concesiones del estado local, que la exoneran de impuestos. El escándalo, pues es uno, ha forzado al gobierno tanzaní a crear un comité de vigilancia de tales concesiones. Las políticas macroeconómicas impuestas por el FMI y el Banco Mundial erosionan la noción de igualdad que caracterizó al país desde su independencia. Y el gusano de la corrupción serpentea por la ciudad y las instancias de poder, envenenando el país, su presente y su futuro, y erosionando la confianza de los ciudadanos en sus líderes, en los nuevos "empresarios".

La joven asistente de la facultad de economía local se sorprende que, como en Tanzania, en Guatemala el Banco Mundial subvencione una compañía extranjera para explotar las minas de oro del país. Y que el presidente de la república saliente sea asociado, y beneficiario, de la firma de abogados que representa a la compañía extranjera en Guatemala, y que gana millones gracias a la misma. Y que el gobierno minimize las consecuencias ambientales y sociales de tal explotación. "Es como aquí,"dice la joven mujer, evidentemente sorprendida y repugnada. Sí, bajo la dictablanda del neoliberalismo todo el mundo es "como aquí."

Afuera de las oficinas de gobierno de Dar es Salaam, de las embajadas, de la universidad, del hotel, cientos, miles, hombres, mujeres, la mayoría veintiañeros, deambulan sin rumbo fijo aparente por las calles polvorientas de la ciudad, obviamente sin ocupación, abandonados al que parece su destino: Ser los desahuciados del desarrollo, nacer pobres, y morir tal cuales, antes de cumplir 50 años.

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