Los huecos de Hayek
Por Julio Godoy - París, 13 de mayo de 2008
Honi soit qui mal-y-pense[1]
Hace varios días, a finales de abril, un reportaje de la televisión pública francesa sobre el conflicto israelí-palestino mostró las imágenes yuxtapuestas, y singularmente similares, de dos religiosos de ambos bandos, de un rabí y de un imán, los dos reputados de ser extremistas representantes de sus respectivos pueblos. Las imágenes – el rabí golpeando con la frente el muro de los lamentos en Jerusalén, el imán golpeando con la frente el suelo palestino, postrado hacia la Meca – documentaban no solo las similitudes en los ritos de estos pueblos vecinos, sino también su irracionalidad, y provocaron en este televidente la pregunta, más acá de la metáfora, de cuán duras deben ser las cabezas de ambos, y por añadidura, de sus seguidores, para torturarse a si mismos de tal manera, sin percatarse de que, aunque ellos crean que hablan con dios, en verdad están endilgados en un diálogo de sordos consigo mismos. Y, por una aleatoria asociación de abril, el televidente, quien recién ha releído algunos pasajes de la obra del profeta del neoliberalismo, Federico Hayek, también se preguntó sobre la blandeza de las molleras de los capitalistas de pacotilla en la patria lejana, en especial esos que se las aporrean, esta vez metafóricamente, con los libros de su señor, y repiten cual papagayos sus frases, aunque se las den de sus hermeneutas, incapaces de ver, incluso a pesar de la magnitud de la crisis de la que somos testigos y, con un poco de mala suerte, si no jugamos simplemente a hacernos los pobres, víctimas, ni la catástrofe que en general su aplicación provoca, ni los huecos argumentativos de las pretendidas recetas hayekianas, para no hablar de la incoherencia entre de las propuestas de Hayek y su vida propia.
Contra el estado de bienestar – pero beneficiándose de él
Suficientemente discutido ha sido el reduccionismo hayekiano de la libertad a la libertad de actuar en el mercado (en tanto uno tenga el pisto necesario para ello), y en aras de la cual toda otra libertad, incluso la política, debe ser sacrificada en un momento determinado. Este reduccionismo no es un invento arbitrario de los críticos de Hayek: Él mismo lo enunció, con todo su cinismo, en muchas ocasiones, entre las que destaca de manera especial una entrevista con el diario chileno El Mercurio, el 12 de abril de 1981, en plena dictadura pinochetista. En esa oportunidad, Hayek admitió preferir sacrificar la democracia en el altar de "la libertad." "Una dictadura ... puede llevar a la práctica una política más liberal, que una asamblea democrática sin límites,"confesó. Para decirlo claramente: La dictadura es preferible a la democracia, si a ésta se le ocurre la infame idea de rebelarse contra el mercado. Por lo demás, Hayek repitió siempre que la democracia, en su opinión, no debería ser el objetivo político supremo de la humanidad, pues ella constituye únicamente "un mecanismo utilitario para salvaguardar la paz doméstica y la libertad individual." Para añadir que, como tal, "(la democracia) no es ni infalible ni segura."[2]
En ese mismo texto, Hayek califica la democracia de "demagogia ... asistida de una sicología cientificista", aplicada, según él, para justificar la redistribución de la riqueza, típica de las sociedades industriales y su estado de bienestar de los años de la post-guerra.[3] En cambio, el mercado sí es, en su interpretación de la historia, la estructura deseable – si bien ella haya emergido, siempre según Hayek, por evolución espontánea, sin que el hombre la haya concebido conscientemente.[4]
Menos sabido es que Hayek, enemigo jurado del estado de bienestar, por lo menos de palabra, jamás se aventuró a vivir según sus propias doctrinas. Hijo de una familia de funcionarios estatales y profesores en su nativa Austria, Hayek vivió toda su vida en el ambiente protegido de la academia, lejos de los "libertarios" tumultos del mercado, en la London School of Economics primero, en el Institute for Economic Affairs en Chicago después, y en la universidad de Friburgo, en Alemania, al final de su vida. Algunos biógrafos de Hayek afirman que su decisión de retornar a Europa cuando el Institute for Economic Affairs cerró sus puertas a principios de los años 1960s fue determinada por la perspectiva de una pensión vitalicia pagada por los ciudadanos alemanes a través del estado de bienestar social demócrata que él tanto combatió.[5]
Pero, además de tales huecos en la vida de Hayek, hay también otros, filosóficos, que, puestos al descubierto, revelan también su mediocridad como pensador.
Incoherencias contra un supuesto racionalismo
Otra constante, igualmente menos debatida, en la obra hayekiana, es su rechazo de lo que él denomina indistintamente "racionalismo", "falso individualismo", "constructivismo", e incluso "liberalismo constitucional o constructivista", y que, en sus varias apariencias constituye el peor enemigo del "orden espontáneo" que constituye, en la lectura hayekiana de la historia, el mercado.[6] Tal constructivismo no solo es erróneo, es también peligroso, dice Hayek, "no por los principios en los que está basado, sino por su concepción equivocada de las fuerzas que permitieron el surgimiento de la Gran Sociedad y la civilización." [7]
Este constructivismo, que, según Hayek, se caracteriza por proponer alternativas a la visión radical de diseñar toda las relaciones humanas de acuerdo al mercado, es un enemigo omnipresente y duradero del "orden espontáneo" representando por el mercado, pues sus defensores a lo largo de la historia han sido Platón, Aristoteles, Descartes, Bacon, Leibniz, Hobbes, Locke, Hebel, Voltaire, Montesquieu, Saint Simon, Ricardo, los Stuart Mill, Comte, Russell, Freud, y, por supuesto, Marx, Engels, y Keynes, y un largo etcétera. Según Hayek, aparte de Adam Smith y David Hume, ningún otro pensador de renombre sucumbió a la tentación del "constructivismo" y de su afán por regular el mercado. Esta selección hayekiana sólo tiene una explicación: La ceguera del dogmatismo del "filósofo", quien, al igual que algunos de nuestros autocalificados "intelectuales", encuentra en otros autores sólo lo que él quería de antemano comprobar.
En su particular lectura de la historia de la humanidad, Hayek define el racionalismo, o constructivismo, como "un retorno a una forma de pensamiento ingenuo", que considera que toda institución humana, desde el lenguaje hasta la moral y el derecho, pasando por la moneda, ha tenido un "inventor individual"[8]. Para Hayek, los pensadores racionalistas o constructivistas creen que "todas las instituciones que benefician a la humanidad han sido, en el pasado, y deberán serlo en el futuro, inventadas en función de los efectos deseables que produzcan."[9] Este constructivismo/racionalismo constituye, entonces, tanto una teoría positiva que describe cómo el ser humano habría concebido y concibe conscientemente todas las instituciones habidas y por haber, así como una teoría normativa, que determina qué instituciones sería necesario crear, en función de sus efectos deseables para la humanidad.
Sin embargo, ese "racionalismo", así definido por Hayek, es, en su primera acepción, inexistente, y en su segunda, ha sido postulado por practicamente todos los filósofos políticos de la historia, incluidos Adam Smith y David Hume. En su "Teoría de los sentimientos morales", Smith se basa en las propuestas legislativas de Solón, un legislador ateniense del siglo VI antes de Cristo, para describir el actuar humano tendiente a optimizar el bien público. Smith escribe: "Cuando (el legislador) no puede establecer lo que es bueno, no desdeñará mejorar lo deficiente. Como Solón, cuando el estadista no pueda determinar el sistema de leyes óptimo, él se esforzará de diseñar el mejor que el pueblo pueda soportar."[10] Smith no pregona, pues, respetar un "orden espontáneo"; más bien, él defiende la mejora constante por el legislador, de un sistema legislativo imperfecto, pero perfectible. Si Hayek fuese coherente, consideraría también a Adam Smith como un apóstata.
Incoherencias y errores semejantes proliferan en la vasta obra de Hayek, incluida su pretendida teoría del conocimiento.[11] Esta dice, trivialmente, que la complejidad del mundo es tal, que el ser humano, ni como individuo ni institucionalmente, puede comprenderla en su totalidad. De esta imposibilidad de aprehender el mundo, Hayek concluye que, a la vez que es imposible deducir leyes que normen la vida social, un gobierno no podrá jamás diseñar un plan administrativo eficaz, y que todo intento de planificación económica está condenado al fracaso. Sin embargo, asumiendo la validez de la premisa, la ignorancia no justifica la inacción que de ella se deduce, y que es el verdadero mensaje del sofisma de Hayek: Puesto que nuestra ignorancia nos impide comprender el problema a resolver, y evaluar la corrección de nuestra acción, o inacción, da exactamente igual hacer algo o no hacer nada. Si verdaderamente no sabemos nada del mundo y de la sociedad, lo mejor es guardar silencio – y esta conclusión debería ser válida para Hayek. Pero no: El habla todo el tiempo, como si supiera...
Eliminar lo político
En efecto, su propuesta es la de eliminar toda acción política, desde el debate más fútil, hasta la concepción e implementación de toda clase de medidas sociales y económicas – de salud, de macroeconomía coyuntural, educativas, fiscales, etcétera. Excepto que él, toda su vida, debatió en defensa de su fanática visión de una sociedad constituida como comparsa del mercado. En efecto, lo que Hayek pregona es que los otros, aquellos que no comparten su opinión, son lo que deberían callar, y someterse a la dictadura del mercado.
Y sin embargo, allí mismo, en su mal llamada teoría epistemológica, Hayek admite que el hombre sí es capaz de adquirir un cierto conocimiento de la realidad, y comprenderla, y clasificarla. Tanto en biología como en las ciencias sociales, afirma él, el científico puede, por deducción, inferir "que tipo de hechos podemos esperar, dentro de un espectro dado, y en el seno de un orden determinado", sin, sin embargo, poder formular leyes.[12] Pues tal conocimiento deductivo parcial sólo permite inferir "orientaciones" de la realidad por ver, y no "predicciones", imposibles dado lo limitado del conocimiento humano de si mismo y de su quehacer. Como se ve, nuestro filósofo se protege en la vaguedad, y ha sido refutado por el desarrollo de las ciencias físicas y, en algunos casos, de las ciencias sociales.
En otro texto suyo, que trata del mismo tema, Hayek afirma que la ciencia, en su evolución al comprender el mundo en lo que él llama "fenómenos complejos", sólo puede progresar en dos direcciones: "Al mismo tiempo que es deseable concebir nuestras teorías tan refutables como sea posible, nosotros debemos avanzar en aquellas áreas en las que, a medida que avancemos, el grado de refutabilidad de nuestras teorías decrecerá necesariamente. Este es el precio a pagar para progresar en el estudio de los fenómenos complejos."[13] Hayek previene, sin embargo, que la ciencia debe no analizar lo que es, sino "lo que no es: la construcción de modelos sobre mundos posibles que podrían existir si todo conocimiento científico fuera constituido, no de hechos específicos, sino de hipótesis que han sobrevivido los esfuerzos sistemáticos de refutarlas."[14] La incoherencia de Hayek es evidente: Según él, y en contra de su propia primera condición, el avance humano en el estudio de las ciencias sociales permitirá la elaboración de teorías que, al cabo del tiempo, serán irrefutables – es decir, tales teorías resumirán un conocimiento definitivo de los "fenómenos complejos", – conocimiento al mismo tiempo inútil, inaplicable a "lo que es", dada la imprevisibilidad de la realidad postulada por Hayek, y la incapacidad de deducir de tal conocimiento las leyes que rigen naturaleza y sociedad. Aquí, otra vez, sin embargo, Hayek no sigue sus propios postulados: Frecuentemente, el pretende descubrir relaciones causales entre fenómenos sociales, en lo que se podría enunciar como leyes, como cuando describe el desempleo como resultado de políticas macro económicas de corte keynesiano. Como dice el economista canadiense Gilles Dostaler, "uno puede preguntarse sobre el grado de coherencia de un proceso de análisis que concluye negando la práctica misma que Hayek emprendió, de tratar de explicar el funcionamiento de la sociedad para demostrar de una manera pretendidamente racionalmente que el intervencionismo estatal es un error." [15]
Hayek repitió esta teoría suya sobre la imprevisibilidad en las ciencias sociales, sobre todo en la economía, en su discurso de recepción del premio Nobel, en1974. Allí, él perpetró una frase memorable, que hace degenerar definitivamente la ciencia económica de la "dismal science", caracterizada por Thomas Carlyle, en una teología: El precio matemático (pretium mathematicum, en el texto original), dijo el premio Nobel, depende de tantas circunstancias particulares ... "que sólo Dios puede conocerlo."[16] El ser humano, en cambio, jamás lo conocerá. El lector avezado de Hayek constatará, sin sorpresa, que el señor jamás ofrece pruebas empíricas de sus aporías. Y que el preciado filósofo o nunca oyó hablar de los monopolios y oligopolios y carteles que dominan la economía contemporánea, o pretende no saber de ellos.
Es fácil encontrar otros huecos argumentativos similares en la obra de Hayek: En su explicación del origen del mercado, por ejemplo. Éste, como todas las otras instituciones humanas en función, "existen porque la coordinación que garantizan resultó ser más eficaz que la ofrecida por las otras, con las cuales las primeras estaban en competencia y que suplantaron" al cabo del tiempo.[17] Es decir, el mercado es un sistema autopoiético, que se reproduce a si mismo, de acuerdo a sus condiciones de existencia y necesidades.[18] Pero, si esta evolución institucional y el triunfo de las instituciones más eficaces es un proceso selectivo natural que siempre tiene lugar, ¿por qué preocuparse entonces de que un día deje de ocurrir? Hayek debe haberse cuestionado a si mismo de esta manera, pues él responde en su típica manera críptica: Ocasionalmente, instituciones "muy malas" ("very bad") emergen, y sobreviven a la selección natural enunciada antes como ineluctable.[19] En estas circunstancias, es necesario bloquear tales instituciones, y suplantarlas por "buenas", admitiendo entonces el carácter sintético, no espontáneo, de las instituciones, incluído el mercado.
Así, Hayek admite que "si bien las reglas sobre las cuales reposa un proceso espontáneo son, frecuentemente, ellas mismas de origen espontáneo, esto no siempre es así. Es posible que una estructura que debe ser considerada como espontánea descanse completamente en reglas concebidas" por el legislador, y por tanto, no espontáneas.[20]
¿Constitución de la libertad? No. Elogio de la dictadura
Esta contradicción es flagrante en la llamada constitución de la libertad, formulada por Hayek, y que no debe ser confundida con su libro del mismo título. Esta constitución la concibe Hayek para impedir "toda confusión entre el poder del gobierno para hacer aplicar las reglas sobre las cuales reposa el orden espontáneo de la sociedad, y los poderes a través de los cuales utiliza los medios confiados a su gestión para rendir servicios a personas o grupos."[21] Esto significa, sin embargo, que los "jueces" aplicando la constitución de la libertad, deberán efectuar no sólo una selección de las reglas a aplicar, sino también velar por su "perfeccionamiento gradual."[22] Es decir, sí, los estadistas pueden y deben perfeccionar las reglas supuestamente surgidas de una evolución natural, de esta manera eliminando su supuesto carácter "espontáneo" original.
Por todo lo anterior, no es sorpresa que Hayek renuncie en su libro "La Constitución de la Libertad", a la supuesta coherencia de lo espontáneo para referirse explícitamente al imperativo de un poder coercitivo que garantice que la libertad no interfiera con el mercado. "El respeto espontáneo de las convenciones es una condición necesaria para que existe en el mundo un orden que nos permita encontrar el camino... En ciertos casos, si estas convenciones no son respetadas, para garantizar a la sociedad un funcionamiento sin sobresaltos, se hace imperativo imponer coercitivamente una uniformidad equivalente ... es decir, que el conformismo voluntario es sin duda un ingrediente que condiciona el uso benéfico de la libertad."[23] ¿Hombres libres? ¿Conformismo voluntario? ¿Constitución de la libertad? No, de ninguna manera. Más bien el elogio de la dictadura.
[1] Aunque la oración sea francesa, fue, según la leyenda, en efecto acuñada por un rey inglés. Literalmente, la frase dice: "Quien piense mal es un sinvergüenza." Pero el propósito de la frase en su uso actual en el lenguaje vernáculo francés es precisamente subrayar que, en el contexto dado, hay que pensar mal para acertar.
[2] En Hayek, Friedrich: Law, Legislation and Liberty: The Political Order of a Free People vol. III, Chicago, University of Chicago Press, 1979, páginas 171-2. Desafortunadamente, el autor ha leído versiones de los libros de Hayek en inglés y en francés, lo que puede sugerir un cierto desorden en las referencias bibliográficas.
[3] Ibidem.
[4] Hayek repitió ésto a lo largo de su obra. Ver, por ejemplo, su discurso de recepción del premio Nobel de economía, en 1974; Hayek, Friedrich: The pretence of knowdlege, accesible en Internet en http://nobelprize.org/nobel_prizes/economics/laureates/
1974/hayek-lecture.html#not5
[5] Ver, por ejemplo, Muller, Jerry Z (Ed.): Conservatism – An Anthology of social and political from David Hume to the present, Princeton, Princeton University Press, 1997, páginas 313-318.
[6] Hayek, Friedrich: The errors of constructivism, texto de una conferencia que Hayek dió en enero de 1970, y que fue incluído en la colección de ensayos de Hayek publicados bajo el título New studies in philosophy, politics, economics, and the history of ideas, Chicago, Chicago University Press, 1978.
[7] Hayek 1979, op. cit. página 18.
[8] En Hayek, Friedrich: Essais de philosophie, de science politique, et d'économie, Paris, Editions Les belles lettres, 2007, página 143.
[9] Ibidem, p. 144.
[10]Ver Smith, Adam: The theory of moral sentiments, Londres, páginas 323-324.
[11]Ver, por ejemplo, Hayek: The pretence of knowdlege, op. cit. 1974, pero también su Théorie de phenomenes complexes
[12]Hayek, Friedrich: Les degrés d'explication, en Hayek, 2007, op. cit. página 50.
[13]Hayek, Friedrich: La théorie de phenomenes complexes, en Hayek 2007, op. cit. página 65.
[14]Ibidem.
[15]Dostaller, Gilles: Le liberalisme de Hayek, Paris, Editions La Decouverte, 2001, pág. 39.
[16]El pasaje completo del discurso de Hayek citado dice: "Indeed, the chief point was already seen by those remarkable anticipators of modern economics, the Spanish schoolmen of the sixteenth century, who emphasized that what they called pretium mathematicum, the mathematical price, depended on so many particular circumstances that it could never be known to man but was known only to God." Los académicos españoles, teólogos jesuitas para ser exactos, del siglo XVI a quien Hayek se refiere son Luis de Molina y Juan de Lugo.
[17]Hayek 2007, op. cit., pág. 166.
[18]La descripción del mercado como ente autopoiético es de Enrique Dussel Peters. En Polarizing Mexico: The impact of the liberalization strategy, Lynne Rienner Publishers, Boulder, Colorado, 2000, página 29. Sobre el concepto de autopoiesis, originalmente aplicado a la biología, ver Varela, Francisco J., Maturana, Humberto R. & Uribe, R.: Autopoiesis: The organization of living systems, its characterization and a model. En Biosystems 5, páginas 187-196; sobre el uso del concepto en las ciencias sociales, ver los trabajos del sociólogo alemán Niklas Luhmann, en particular su clásico Soziale Systeme, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1984.
[19]Hayek 1979, op. cit. pág. 167.
[20]Ibidem, pág. 53.
[21]Ibidem, pág. 120.
[22]Ibidem.
[23]Hayek, Friedrich: La constitution de la liberté, Paris, Editions Litec, 1993, pág. 61. El original fue publicado en 1960.
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