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Mario Roberto Morales, Premio Nacional de Literatura
Por Jesús Gómez Gutiérrez - Madrid, 17 de junio de 2007

Me van a permitir que me salga por la tangente de lo común y les evite fecha y país de nacimiento, obras, hechos, presentaciones en general. Los lectores de La Insignia no necesitan recordatorios al respecto, ni yo, por otra parte, estoy dispuesto a hablar desde otro humor que no sea el de la amistad que me une con el protagonista de la noticia. Una amistad especial, nacida de afinidades intelectuales y del trabajo conjunto en esta publicación, que al cabo se impone a la palabra escrita e incluso al «tiempo falso de los relojes», que decía Miguel Ángel Asturias en sus Letanías del desterrado.

Ahora bien, Mario Roberto Morales no es ningún desterrado. Sé que a algunos de sus compatriotas les gustaría que lo fuese y sé también que, fuera de Guatemala, hay quien lo desterraría gustosamente y de forma literal del propio planeta. Pero por desgracia para ellos y fortuna de la especie, de vez en cuando se producen acontecimientos extraordinarios. El primero, que talento, inteligencia y valentía avancen en la misma dirección. El segundo, que además coincidan en una gran persona. El tercero, que los que tienen que ver y reconocer estas cosas en el terreno de lo público, las vean y las reconozcan. Por ejemplo, con un Premio Nacional de Literatura.

Espero que Mario Roberto me perdone por ofrecerles un pedazo de él, una simple anécdota que en mi opinión es perfectamente adivinable, en todo caso, para quien sepa escarbar en la ironía y el compromiso de su obra:

El jueves de esta semana compartíamos conversación y copas en un bar de Madrid. Hablamos del proyecto de una amiga presente, de la importancia de cierta botella de tequila, de trabajos, viajes, camisetas de rayas, cursos de verano y de las reacciones más destempladas y cómicas a su columna del pasado día trece, «Humor suicida». Huelga decir que él ya sabía que le habían concedido el premio, del que sólo faltaba la notificación oficial. Pero pasaron muchos minutos, casi una hora, antes de que lo mencionara de pasada y con tanta naturalidad como si estuviera hablando de las aceitunas que nos habían servido.

Sumen entonces a sus virtudes ya expuestas la virtud de la elegancia. Y termino aquí, antes de que me acusen, con razón, de faltar al distanciamiento debido. Salud, amigo. Nos has dado una gran alegría.

Madrid, 16 de junio

Fuente: www.lainsignia.org - 160607


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