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Presidenta Menchú
Por Juan Luis Font - Guatemala, 12 de febrero de 2007

Lija para el corazón de los más conservadores.

Es tan áspera y revulsiva la reacción de algunos buenos burgueses a la posibilidad de tener a una mujer quiché como sucesora de Óscar Berger en la Presidencia, que es difícil no desear que esto se concrete pronto. ¿Qué fibras tan sensibles toca su figura? ¿Sólo el racismo y el miedo al racismo a la inversa? ¿O en verdad, como sugiere Gustavo Berganza, despierta al macho feudal confiado en la violencia como método de exterminio de conflictos que muchos guatemaltecos llevan dentro? De ser así, su participación podría tener efectos terapéuticos para esta sociedad.

Pero hace falta un largo trecho siquiera para establecer si la candidatura de Rigoberta Menchú es viable en el partido Encuentro por Guatemala y para conocer en qué consiste su propuesta política. Esa candidatura parece mucho menos viable en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, más por la resistencia de la Premio Nobel hacia sus antiguos compañeros de lucha que por otra cosa.

Menchú está muy lejos de ser la mujer que recorría los pasillo de Naciones Unidas a finales de los ochenta. Ahora participa en las sesiones de Gabinete de un gobierno empresarial, ha hecho una incursión ella misma en el mundo de los negocios y se muestra cauta, por ejemplo, frente al supuesto radicalismo de Evo Morales en Bolivia, pero nada de eso ayuda a vencer la resistencia de muchos no indígenas en Guatemala.

Rigoberta Menchú ha mantenido un silencio escrupuloso sobre los objetivos de su proyecto. Y nuestra idiosincrasia nacional, tan marcada por las categorías de etnia y clase, nos hace plantearnos frente a ella con una óptica distinta a la que nos sirve para escrutar a los otros candidatos.

Ahora caemos en la cuenta que está rodeada de un equipo pluriétnico en el que se cuentan intelectuales indígenas de primer nivel y en el que por de pronto sólo se reconoce a un mestizo, el líder sindical Byron Morales.

A nadie le quepa duda que la reivindicación étnica será un pilar fundamental de su proyecto político pero, ¿en qué consiste exactamente? ¿Y de qué manera puede llegar a seducir a un votante no indígena de las capas medias y los sectores populares de este país para vencer la apelación a la identidad ladina que procurarán sus contendientes más conservadores?

Así como Rigoberta le ahorra a Encuentro por Guatemala una suma considerable para posicionar en la mente de los electores a cualquiera de sus otros potenciales candidatos, ella y su equipo procuran ahorrarse el tortuoso camino de organización de un partido.

Uno puede percibir a Encuentro por Guatemala como una organización que procura, a juzgar por el papel en el Congreso de su líder Nineth Montenegro, construir una democracia moderna vía el fortalecimiento de las capacidades del Estado. Eso pasa por la inclusión real de los indígenas en la vida pública y por la habilitación de su ciudadanía plena, pero no es ni con mucho el único punto de su agenda. ¿Cuán fiable es que esta sea una alianza a partir de la coincidencia de objetivos y no sólo de intereses?

¿Y qué garantías tiene Encuentro por Guatemala de que Rigoberta Menchú y su equipo no utilicen al partido como un mero vehículo de sus intenciones a largo plazo?

Todos sabemos que esas intenciones están cifradas en la campaña del 2011 y el camino por recorrer hasta entonces es aún muy largo.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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