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¿Cultura Letrada versus Cultura de la Imagen?
Por José Luis González - Guatemala, 31 de octubre de 2016

El pensamiento crítico exige hoy que se eduque la mirada.

En efecto, la Ilustración contribuyó decisivamente a erradicar el viejo orden y a preparar la Revolución. Su objetivo, podría resumirse, fue sustituir a la religión por la ciencia y a la fe por la razón. “Ver, conocer y dominar” fue una secuencia cognoscitiva y política central de la Cultura Letrada para la modernidad del siglo XVIII y este modelo se universalizó con el proceso de la europeización del mundo. Sin embargo, tantos siglos de abuso en el ejercicio de la abstracción y de la fría razón terminó por amputar la dimensión emocional del ser humano; y hoy, que los medios audiovisuales han extendido y transformado ese régimen de representación, no podemos negarlo: padecemos de cierta oftalmía trascendental —como diría Eugenio D’ors— de cierta dificultad para la visión y previsión lúcida y crítica de las imágenes.

Claro está, la Cultura Letrada, que a la fecha sigue siendo fundamental, concibe a la palabra escrita como la condición ineludible del ordenamiento de la sociedad, puesto que no se puede pensar en un pueblo sin sus leyes y su Administración. De ahí que, los signos y las palabras han servido como mecanismos de conservación del poder. Ya lo decía Rama, en su obra La Ciudad Letrada, para explicar la relación entre la letra y el poder, a los intelectuales les correspondía enmarcar y dirigir a las sociedades coloniales, pues justamente el poder de los intelectuales, de los letrados, residía en el dominio de la palabra escrita en una sociedad analfabeta. De donde se sigue que el dominio en la palabra escrita confiere poder.

Empero, los tiempos y contextos han cambiado: la mayoría de la población, aunque rudimentariamente, tiene nociones básicas del lenguaje escrito y la imagen es hoy uno de los modos de representación más extendidos. Vivimos en una etapa “oculocéntrica”: el ojo al servicio de la vigilancia, el ojo del poder, el ojo del espectador, el ojo del consumidor. Nuestras sociedades están saturadas de imágenes que han terminado por anestesiarnos, al extremo de ser capaces de banalizar aún las imágenes más terribles. Ahora, a diferencia de hace algunas décadas, no sólo padecemos de un analfabetismo funcional sino también mediático.
Y es que la importancia de la alfabetización mediática no debe ser subestimada. No es ningún secreto que los niños pasan entre 4 a 6 horas por día frente al televisor. Diferentes estudios muestran que los menores de edad, cuando terminen la escuela primaria, habrán recibido unas 11,000 horas de formación escolar, mientras que han pasado en promedio 15,000 horas frente a la pantalla de un televisor. Ante este escenario, no debiéramos exigir que el sujeto social del cambio sea únicamente letrado, también debe educar su mirada, debe ser un alfabeta mediático y culto en las imágenes.

El sujeto social del cambio de tener integralidad. Su formación debe contar con los ineludibles componentes intelectuales-racionales que le aporta la Cultura Letrada, pero también debe apoyarse en las sensibilidades y disposiciones éticas y estéticas, en cuya configuración desempeña un papel relevante la Cultura de la Imagen. No se trata de acusar de sujeto light a quien hace uso de los medios de comunicación de masas y de la cultura audiovisual, más bien, el problema central es cómo se educa la mirada, cómo producimos otras políticas y otras pedagogías de la imagen, para poder intersectar, o poner a discusión, los usos actuales de la imagen.

No hay tales, pues, de Cultura Letrada versus Cultura de la Imagen. Ambas se complementan y no se excluyen, pues forman parte de la Cultura integral del sujeto social del cambio en la época posmoderna. El pensamiento crítico subversivo, no sólo “provincializa a Europa” mediante el uso de las herramientas cognoscitivas situadas y subalternas de su contexto espacial, también las que son las idóneas de su contexto de tiempo actual.

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