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El pecado de la estupidez
Por Jorge Luis Muñoz - Xochimilco, Ciudad de México, 10 de abril de 2021


El único pecado que hay en este mundo, es la estupidez. Ni los siete pecados capitales la igualan. Pero la estupidez no consiste en tomar decisiones absurdas o contrarias al derecho o al sentido común, sino que consiste en decisiones que limitan las posibilidades de nuestra vida y la hacen insatisfactoria.

Todos sabemos intuitivamente lo que nos conviene, lo que nos va a ayudar a nosotros a la vez que jode a los otros. Lo sabemos tal cual lo sabe cualquier animal de la creación. Solo que ellos no tienen una corteza prefrontal que es la que nos hace humanos. La corteza prefrontal de los animales o sus centros de conexión múltiples no tienen actualmente mayores posibilidades de desarrollo, recableo o crecimiento, Quizá con el devenir lo desarrollen como lo desarrollamos los humanos o quizá desarrollen mejores procesos cerebrales multitarea.

Lo cierto es que cada humano está habilitado para decidir lo que su intuición le manda. Pero esa intuición ha de ser cultivada de acuerdo en la época que se vive, de otra forma estamos condenados a llevar una vida estúpida. Eso es lo que le pasó a Kant, que estando naturalmente habilitado para el desarrollo teórico, fue incapaz de desarrollar su corteza prefrontal y ligar sus capacidades teóricas a la existencia. Es lo que les pasa a la mayoría de los músicos que resultan incapaces de relacionar sus competencias con la vida, teniendo como resultado que son movidos por la ideología de moda o los caprichos de los déspotas. Esto es lo que no les pasó a pensadores como Montaigne, Nietzsche, Foucault, Deleuze y por fortuna varios más, dentro de los cuales destacaron los cínicos. Que de entrada dejaron claro: “esto vale madre”

Cada individuo trae en sus hombros desplegar o limitar su propia estupidez y resistir la incontenible marea de estupidez que acaba implantándose en su cerebro. Por razones obvias no existe nadie en en este mundo que te pueda decir si lo que decidiste es estúpido o no, a lo más puede opinar si le parece estupidez o no, aunque ahí siempre cabrá la sospecha de que se nos esté invitando a reproducir su propia estupidez como lo hacen el 99% (quizá un poco más) de los filósofos y muchos pensadores y no se diga de los comentólogos televisivos y los conductores de noticias (pero esa estupidez ya es de orden divino, por lo que a lo mejor vale la pena).

Los despotismos han impuesto desde siempre un alto grado de estupidez a amplias capas de la población, comenzando por el aparato despótico-burocrático, continuando con las clases medias (las que sin estar dentro del aparato despótico-burocrático, se plegan a este como los famosos godinez de nuestro tiempo y los consumistas arrechos tán típicos de hoy). De ahí, los despotismos se siguen a cuanto puedan atrapar en centros educativos, clubes o empleos satisfactorios. Por ello, la producción, distribución y mantenimiento de la estupidez resulte indispensable para la emergencia, cultivo y sobrevivencia de todo despotismo.

Desde luego, se puede trabajar como godinez o fingir serlo para obtener dinero que nos permita superar nuestra estupidez, solo que esta estrategia normalmente se convierte en un práctica de cinismo que sirve para agrandar nuestra estupidez.

Lógicamente todo despotismo acaba siendo víctima de su propia estupidez, mismo que los hace caer, por más que filósofos, teóricos, analistas y comentólogos les hacen agudos señalamientos de los peligros que los acechan. Verbi gratia la actual crisis capitalista en la que el los despotismos traen perdido el rumbo, más no la idea de chingar gente (de someterla, explotarla o ponerla hacer lo que ellos debieran)

Por su propia incompetencia los despotismos no logran estupidizar a toda la sociedad, grandes capas escapan a ella. Marginados, pobres, indios, ciertos campesinos, locos y en general los explotados, desarrollan una alta resistencia natural contra la estupidez, no porque hayan logrado desarrollar su corteza prefrontal, sino por mera sobrevivencia ante las infamias a que son sometidos.

A la inversa también ocurre. Las clases medias que desarrollan mucho resentimiento contra los despotismos (lo que les abre posibilidades de identificar a la estupidez que los gobiernan y a la que obedecen), dependen de hacerle el juego a la estupidez que se les impone o hacer como que siguen el juego. El problema es que de ese juego de simulaciones casi nunca salen, convirtiendo el juego en catarsis que alivia su triste condición. Pero eso mismo les ocurre a burócratas mejor pagados como los profesionales, los directivos, los profesores, los políticos, los líderes y los grillos (esa casta pendeja que usan líderes y políticos para hacer ruido y que generalmente ni las gracias obtienen).

No es complicado salir del estado de estupidez en que nos induce la escuela, la publicidad y las instituciones gubernamentales y privadas. Basta con trabajar la corteza prefrontal a la usanza que se conoce desde hace siglos: es suficiente con criticar al menos todas las decisiones importantes que tomamos. Hay que preguntarse sobre las consecuencias qué tienen nuestras decisiones: en que benefician, en que perjudican, con que otras decisiones, circunstancias o coyunturas se va a cruzar y que efectos se pueden producir, etc.

Ciertamente que este simple ejercicio al principio cuesta mucho trabajo y generalmente da con cosas que nuestra intuición rechaza, pero conforme practiquemos el ejercicio, no solo se facilitará cada vez que lo practiquemos, sino mejorará nuestra intuición reduciendo en mayor o menor grado la estupidez que se nos induce. Que la intuición rechace muchos de los resultados de criticar nuestras decisiones, es lo más normal del mundo, ya que fue preformada, (literalmente construida nuestra percepción, nuestros gustos, nuestras simpatías, nuestros furores y casi todo lo que podemos ser y hacer) por el o los despotismos que nos someten (televisoras, empleos, escuelas, clubes, o entretenimientos). Ante esos asaltos de una intuición intervenida podemos preguntarnos: ¿a dónde me lleva este miserable empleo? ¿a ser una cucaracha?, ¿a ser jefe de estúpidos?, ¿a satisfacer mi propaganda consumista? ¿eso quiero? Si ese es el caso, toda cucaracha morirá contenta, aunque toda cucaracha por más cínica que resulte suele ser descontenta con su condición.

Vale aclarar que la estupidez que se nos induce, desde los imperios antiguos a la actualidad, no solo se vale de la amenaza, el engaño, la manipulación o la seducción. No, ahora se ocupan en construir redes neurales y aún centros neurales referenciales (como por ejemplo el que responde a la noción de dios) en nuestro cerebro mismo, por ello es muy difícil escapar a la estupidez. Cada que nos levantamos se activan las redes neurales construidos y reconstruidas por los despotismos. Con ellas vemos, sentimos, comemos, hacemos el amor y desplegamos todas nuestras capacidades biológicas y sociales (entre otras), por ello parece natural no sentirse ni saberse estúpido, pero bastaría con no rehuir a la crítica de nuestras decisiones para caer en la cuenta de nuestro grado de estupidez.

¿Tenemos realmente posibilidades de escapar a una estupidez inducida por los despotismos en el propio cerebro a nivel de neuronas y redes neuronales? No parece. Parecen mínimas esas posibilidades. Sin embargo muchos lo han hecho y lo hacen e incluso pueblos enteros lo logran (como los zapatistas y los kurdos entre múltiples pueblos llamados indígenas y primitivos sin dejar de mencionar a las autonomías o intentos de autonomías que se logran en Francia, España y América).

Pero no todo es miel en hojuelas. Tenemos que admitir que la estupidez humana (que ni es propia de la humanidad ni es consustancial a la especie, sino una mera creación despótica) solo desaparecerá o se minimizará con la desaparición de todo despotismo, poder tutelar o liderazgo y para que eso ocurra hace falta un devenir distinto. Tal devenir podría existir en esta coyuntura de crisis capitalista, siempre teniendo en cuenta que los déspotas, los pastores y los líderes no duermen.


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