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Los recursos de la izquierda
Por José Mariano González Barrios - Guatemala, 18 de diciembre de 2007

Introducción

Frente a los retos que supone el proceso de acumulación mundial del capital (globalización) y los efectos que produce, como el continuo deterioro de las relaciones sociales y del ambiente, el continuo atropello de los derechos humanos por gobiernos y trasnacionales, la violencia y la degradación del sujeto humano, la izquierda debe hacer uso de todos los recursos que pueda, incluyendo un repensar y reflexionar sobre sus fuentes primeras. Necesita y debe recurrir a la memoria y al pasado, al mito y la pasión y a una mirada compleja sobre la realidad. Ignorar o confundir estos recursos resulta contraproducente para la práctica de izquierda.

En estas líneas se plantea el tema de ciertos recursos de la izquierda desde perspectivas que parecen ser marginales en el debate y reflexión sobre esta corriente y, en general, sobre la actividad política. Dicha estrategia puede sorprender porque confronta ciertas ideas muy arraigadas en el ambiente teórico y cultural. Pero se hace necesaria para aclarar ciertos aspectos problemáticos en torno a la izquierda y la modernidad.

Esta posible marginalidad así como su pretensión de debate, da un tono necesariamente polémico. Se inserta en un diálogo que surge con la pregunta de Mario Castañeda sobre ¿qué significa ser de izquierda ahora?, pasa por la propuesta de volver a las fuentes de la izquierda como un acto necesario para dar criterios orientadores sobre esta posición política, y más que política, humana. Y continúa con el llamado de Enrique Gomariz Moraga de aprender de los errores de la izquierda.[1]

Particularmente, intenta confrontar ciertas ideas y apreciaciones que realiza Gomariz Moraga. En su argumentación se expresan aspectos problemáticos hondamente arraigados en el pensamiento moderno que merecen ser discutidos.

Para este fin se pueden ordenar las ideas en tres breves apartados. Aún cuando son reflexiones provisionales y que no tocan los aspectos estratégicos y pragmáticos del accionar de izquierda, pueden servir para la discusión y el debate.

El recurso a la memoria y al pasado

El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador traspasado por la idea de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha dejado de vencer. W. Benjamin.

Entre otros tantos prejuicios que son parte de la modernidad, está la idea de que el avance de la humanidad es constante y que no se puede sino progresar. Está a tal grado enraizado que se encuentra en todo el espectro político y no se necesita ser de una orientación particular para asumirlo como propio. Ahora bien, que esto sea un prejuicio no significa que sea un elemento secundario de la modernidad. La modernidad realiza un matrimonio entre razón y progreso lo cual le imprime buena parte de su carácter. El “gran relato” de la modernidad fue, precisamente, el del progreso. Y hablar de él como elemento central de la modernidad, no significa que en estos tiempos “posmodernos” haya desaparecido.[2] Al contrario, se cuela en formas muy sutiles por diversos espacios y diversas opiniones, lo que representa un riesgo muy importante.

Lo más ominoso de este prejuicio es que a través de él se legitima cualquier tipo de barbarie. Como siempre estamos avanzando y siempre estamos “progresando”, entonces, según expresión hegeliana, se pueden pisar las florecillas al borde del camino en la medida que está justificado por una finalidad superior. Y en efecto, la justificación de crímenes en nombre del progreso fue uno de los tantos errores de la izquierda (aunque cuidado, debe remarcarse que no de toda la izquierda y por supuesto, no es propio de ella. Como se indicó anteriormente, toda orientación política, en tanto que tributaria de la modernidad, pudo asirse a la idea del progreso como justificación de las florecillas aplastadas al borde del camino)[3].

Sin embargo, no es necesario llegar a este extremo. Este prejuicio también hace posible que un cierto “sentido común” puede llegar a condenar que, en momentos de crisis, la izquierda busque entre sus fundamentos, entre sus raíces. Esto se ve como una forma que tiene la izquierda de no aceptar sus errores y de taparse los ojos. Lo que se “debe” hacer para este sentido común, es asumir los errores (lo cual es absolutamente necesario) y plantearse de cara al presente y al futuro…como si el presente y el futuro no tuvieran nada que ver con el pasado.

Por un lado, esta sensibilidad fuertemente influida por la modernidad resulta muy ingenua al creer que se puede renunciar al pasado. Sencillamente no es posible. No es posible comprender lo que ocurre actualmente y lo que podría ocurrir en el futuro sin considerar lo que ha sido en el pasado, sean “errores” o “aciertos”. La trama histórica está presente en las estructuras y en los actos humanos. Por esta conexión de la temporalidad histórica y humana, se necesita también la comprensión que el pasado puede dar sobre el ahora.

En el espacio de la identidad personal y social, por ejemplo, es claro que sólo puede existir si existe una historia/ memoria que explica quiénes somos hoy. Pero además, la historia permite encontrar trazados y raíces que permanecen con vigencia al día de hoy. Y las voces del pasado nos ayudan a comprender lo que en el presente se produce, dando sentidos y guías.

Por otro, el olvido del pasado también le quita fuerza y recursos a la izquierda. La consideración de las raíces no es una forma de negar la necesidad de pensar el presente y el futuro. Es precisamente un recurso para la reflexión crítica. Además, también es una actitud ética. Frente a la moderna posición del progreso constante, ha de considerarse la necesidad de mantener vivos los derechos del pasado. Esto implica que la memoria es central para lograr una “justicia anamnética” que pueda dar cuenta de las injusticias pasadas[4]. Pues “mucho más que alcanzar un porvenir soñado, el socialismo debía redimir el pasado, responder a una promesa de redención aún insatisfecha, reparar una injusticia, salvar del olvido a los vencidos” (Traverso, E. 2001; 72). En el testimonio de Rigoberta Menchú y en el de tantas otras personas que creyeron en su momento que otra forma de existencia más digna y más humana era posible, se encuentran acicates para el pensamiento y la práctica de izquierda.

El epígrafe tomado de la tesis VI de las Tesis sobre filosofía de la historia de W. Benjamin, no solo es un llamado a los historiadores. Es un llamado a una práctica radical de izquierda que debe contar con el pasado como realidad actuante en el presente y como imperativo ético para una posible emancipación[5].

El recurso al “más allá” de la racionalidad

Sociedades y seres humanos se autoreflexionan en el medio y por medio de sus formas divinas.
F. Hinkelammert.

Otro error muy común, propio de la sensibilidad moderna, es el de desechar aquello que no cae dentro de los estrictos límites de la “razón” por considerarlo irrelevante, superficial o, precisamente, contrario a los criterios que se ofrecen como racionales. Esta sensibilidad se construye particularmente desde la Ilustración y ha sido asumida en buena parte de los campos de la actividad humana. También dentro del espectro político, tanto la derecha como la izquierda han asumido más o menos consecuentemente un ideal de racionalidad estrecho que menosprecia otras dimensiones efectivas en la historia y la actividad humana.

No es que se plantee que hay que desechar la racionalidad (al contrario, hay que profundizar en ella), sino que debe considerarse que existe mucho más en la experiencia humana y que resulta efectivamente actuante dentro de las relaciones sociales. Creer que sólo la racionalidad es efectiva para lograr cambios es otra ingenuidad. Frente a un mundo en que existen procesos de dominación, violencia y empobrecimiento, la izquierda debe recurrir a todos los recursos que pueda. Entre ellos se cuentan la pasión, la memoria y la imaginación. Incluso la cólera y la indignación son motores legítimos de la izquierda. Creer que la lucha por la emancipación humana o la resistencia ante la dominación son posibles por el uso de la sola razón es ingenuo, y más que ingenuo, coloca en una posición desventajosa a la izquierda. Hay que recordar que las fuerzas a las que se debe oponer la izquierda son poderosas y cuentan con el peso de su propia inercialidad. Uno de los peligros de esa orientación a-histórica es precisamente olvidar los errores del pasado, pero también olvidar los testimonios de lucha. Como la izquierda no hace propio el valor del éxito, debe reconocerse que el testimonio de izquierda, la actitud de producir humanidad es en sí mismo, parte de su práctica y de su razón de ser.

En el desprecio de los “viejos mitos” de la izquierda (sus raíces) se pierde mucha de la fuerza evocadora y pasional de la izquierda. Al hablar de “viejos mitos” lo que se hace es soslayar la fuerza que tiene un espacio que va más allá de la razón en la vida humana. Aquí se contrapone el mito con la razón. Y no se observa el papel determinante de los mitos en la política.

La derecha lo ha sabido en diversos momentos. En el campo de las fuerzas políticas, la racionalidad es tan sólo uno de los elementos que forman parte de este juego. La derecha ha logrado usar los mitos y los símbolos para la dominación. Una muestra genial (desde el punto de vista de la estrategia) es el uso que hizo en 1954 del Cristo de Esquipulas. Sabido es que se nombró al Cristo de Esquipulas como símbolo de las fuerzas de la “liberación”, lo que le dio fuerza y legitimación.

Este recurso no debe pertenecer únicamente a la derecha, que además, opera inercialmente, mientras que la izquierda debe remontar esta inercialidad, a través de los recursos a los que pueda echar mano. Además, ni siquiera en el ámbito científico los factores que participan en su construcción son estrictamente “científicos” o “racionales”[6]. Esto es mucho más importante en el campo de la política donde se juega la humanidad.

Los mitos condensan experiencias humanas muy importantes para dejarlas en el campo de la derecha. El Che Guevara como mito, encarna aspiraciones sociohistóricas de liberación y emancipación. ¿Por los errores cometidos se debe renunciar a su figura, a su mito? Como se obseva, es difícil dar una respuesta positiva a esta cuestión. El Che, junto a muchas otras figuras, es un ejemplo al que no se debe renunciar. Como tampoco se debe renunciar a la larga tradición de una izquierda en la que se encuentran testimonios de resistencia, lucha y humanidad.

Se insiste, esto no significa que la izquierda deba renunciar a la racionalidad. Por el contrario, tiene que profundizar constantemente en su análisis de la realidad. Pero que en su afán constante por la emancipación humana debe recurrir a aspectos que van más allá de la racionalidad. La izquierda debe ser analítica, por supuesto. Pero también debe ser una actitud y un apasionamiento. Solo así es posible una lucha efectiva.

El recurso a la dimensión amplia de la política

El referente ideológico-utópico nucleador de las izquierdas radicales remite a una propuesta moderna revisitada críticamente: la autoproducción de sujetos, o sea la configuración de relaciones o tramas sociales locales e internacionales que potencien la agencia humana responsable y la producción de humanidad, esta última entendida como apuesta-proceso abierto.
H. Gallardo.

El último error a considerar es creer que la política se juega únicamente en el terreno del Estado o de las instituciones del Estado y por ende, la democracia sería un sistema que tiene sentido únicamente en el campo político estricto, sino se está planteando la cuestión sobre “democracia liberal” y “democracia participativa”. Aquí se está haciendo referencia a la necesidad de democratizar todos los espacios de la vida humana. Existen lógicas e instituciones más o menos democráticas en las cuales se debe profundizar, en las cuales la izquierda debe incidir, pero no existe algo así como “La Democracia”. Existen regímenes más o menos democráticos y por supuesto que la izquierda debe profundizarlos, pero considerando que la dimensión política no se juega únicamente en el campo de las llamadas instituciones políticas.

Considerar lo contrario, es decir, que la política se produce en el espacio restringido del Estado y sus instituciones es un error. Este error lo podríamos denominar como el error politicista. El problema aquí consiste en que se pierde de vista que lo político, referido al poder, es un elemento que está presente en todos los ámbitos de la existencia humana y que esto constituye un campo de acción permanente de la izquierda en su afán emancipador. Una conciencia muy acabada de esto se encuentra en muchas posiciones feministas que saben que el poder también se encuentra en el terreno de las relaciones hombre-mujer.

Es cierto que la izquierda ha cometido muchos errores y ha tenido muchos fracasos. Incluyendo el apartarse y condenar las formas y prácticas democráticas. Pero el error y fracaso decisivos, fueron que la izquierda no ha sabido construir una cultura y una sensibilidad de izquierda que sea efectiva para un número significativo de personas en América Latina.

En términos conceptuales, la derecha, una perspectiva conservadora en cuanto a lo político, económico, religioso, sexual, cultural es parte de las condiciones normales de reproducción del sistema asumida por una significativa parte de las personas. Es sentido común, es norma y es práctica sancionada. La élite política y económica busca mantener y reproducir su posición y no se observa interés por construir un proyecto de nación incluyente. Las capas medias están interesadas en participar de los beneficios del sistema: enriquecerse, acceder a posiciones de poder, o al menos mantener su estatus amenazado por las condiciones económicas. Y los sectores populares, empobrecidos, y religiosos (como caracteriza Helio Gallardo a los pueblos latinoamericanos), tienen sus ojos principalmente puestos en una participación “decorosa” dentro de este sistema de dominación. Si bien sienten los dolores y urgencias que una situación de empobrecimiento y exclusión operante en distintos ámbitos de su existencia, no han encontrado una forma de organización y expresión que busquen la modificación de las condiciones de existencia. Como lo expresaran los manuales de guerra psicológica desde la guerra de Viet Nam, la derecha se ha ganado las mentes y los corazones de la población.

Y no es que la izquierda deba asumir el papel de vanguardia iluminada. Aquí en realidad, la izquierda política debe aprender humildemente de movimientos sociales y otras formas de expresión que se van creando y que van produciendo solidaridad, autoestima y empeño populares.

La izquierda con su testimonio, es decir, con su práctica enseña que existe la posibilidad de ser de otro modo y de construir otras formas de relaciones sociales. Relaciones igualitarias entre hombres y mujeres, equitativas en la producción de riqueza, más armoniosa y respetuosa frente a la naturaleza. Lo cual no es sencillo pero no es poca cosa.

 

[1] Los artículos a los que se hace referencia son los siguientes: “La propiedad privada de la izquierda” de Mario Castañeda; “Volver a las fuentes de la izquierda” de José Mariano González Barrios; y “Aprender de los errores de la izquierda” de Enrique Gomariz Moraga. Todos publicados en las página electrónica www.albedrio.org.

[2] La “condición posmoderna” es sumamente discutible. Si bien ha existido una crítica muy importante a los “metarrelatos” tradicionales, entre los que se incluyen los de revolución y progreso, esto no significa que otro gran relato no haya ocupado el lugar que ocuparon los otros: el relato del mercado. El mercado se convierte en la nueva fuente de legitimación y criterio del juicio final. Si esto es así, el diagnóstico de la época como posmoderno está equivocado. En realidad estaríamos frente a una modernidad “in extremis” (ver Hinkelammert, F. 2005).

[3] La imagen hegeliana sirve para ocultar que estas “florecillas” son en realidad innumerables víctimas inocentes. Entre otras expresiones, ahora se usa la de “daños colaterales” para evitar posibles reacciones de indignación por los asesinatos masivos que continuamente se perpetran en el mundo actual.

[4] La expresión “justicia anamnética” está tomada de Reyes Mate.

[5] La memoria de las injusticias pasadas tiene como reverso el deseo de no hacerse cómplice de la injusticia que se verifica en el olvido (ver Mardones, J. & Mate, R. 2003).

[6] Excedería los límites de este espacio plantear los arduos problemas epistemológicos que supone el debate sobre la racionalidad y los criterios de racionalidad. No obstante, se pueden recomendar los trabajos de Kuhn, Lakatos o Feyerabend, entre otros.

BIBLIOGRAFIA

Gallardo, H. (2005) Siglo XXI. Militar en la izquierda. Arlekin, San José.

Gallardo, H. (2006) Siglo XXI. Producir un mundo. Arlekin, San José.

Hinkelammert, F. (2005) El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. EDAF, San José.

Mardones, J. & Reyes, M. (2003) La ética ante las víctimas. Anthropos, Barcelona.

Mate, R. (2006) Medianoche en la historia. Comentarios a las Tesis de filosofía de la historia de W. Benjamin. Trotta, Madrid.

Traverso, E. (2001) La modernidad desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales. Herder, Barcelona.

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