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La Guateámala Roja de la UNE
por Jacobo Mogollón - Guatemala, 31 de octubre de 2008

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
(Eduardo Galeano)

Al parecer los patojos nunca están conformes. Están a favor de los que están en contra y en contra de los que están a favor. Son dados a los vicios, con malos hábitos y costumbres, de apariencia cuestionable. En cuestiones políticas son infantiles, poco propositivos. En fin, son un estuche de primores, al decir de algunas voces que de modo abrupto aparecieron luego de la suspensión del espectáculo gubernamental del 20 de octubre.

No me extrañó que diversos funcionarios del gobierno de la UNE, con pretensiones de izquierdismo maduro, escriban y utilicen los medios de difusión, propiedad del Estado, para defender oficiosamente a su patrón. Tampoco que algunos medios de prensa, detentados por empresarios contrarios a cualquier cosa que huela a protesta social y columnistas conservadores, escribieran de manera sesgada haciendo eco a los portavoces uneístas. Lo que sí llama la atención es la intensidad del escozor que provocó en las filas gubernamentales, el que unos jóvenes "faltos de formación", pudieran interrumpir su tan gloriosa consagración como un gobierno "socialdemócrata" que conmemora la gesta de 1944.

Cada uno de los escritos, cartas y artículos de opinión vertidos por diversos medios, supuran más pus mientras más alto es el cargo o la ambición del funcionario que lo redactó. Así vemos a uno de los burócratas perteneciente a círculos cercanos al mandatario arremeter con falacias ad hominem esplendorosas contra los manifestantes: "Esos irracionales, disfrazados de estudiantes universitarios…", que tenían como "objetivo" "provocar insultos al presidente Álvaro Colom", esos "patojos" invisibles durante los años del "conflicto armado".

¡Exacto! Invisibles. Pero esos patojos "que nadie vio empuñar un fusil"; que no se veían porque eran pobres, hijos de 'delincuentes subversivos' o 'terroristas', niños de párvulos que empuñaban un crayón de cera, o sobrevivían fuera de su país porque tal vez ya había una bala con sus nombres, no necesitan empuñar ningún instrumento de la muerte, sólo alzar la voz.

« ¡Justicia! ¡Queremos los nombres de los responsables materiales e intelectuales del genocidio! » eran algunas de las consignas que "insultaban" al presidente y su séquito. Qué incómodo se sentiría el mandatario cuando un "grupúsculo" que se componía de gentes de diferentes procedencias, le reclamaba justicia y cambios reales no sólo discursivos, mientras cientos de acarreados para el acto entre el público general, permanecían impávidos.

Qué molestos se miraban los funcionarios cuando esos patojos "enfermos de infantilismo de izquierda" llamaban la atención sobre el verdadero significado del "privilegio de los pobres" que entregaba premios. El mismo "privilegio" que mató a Mario Caal y desalojó a las comunidades indígenas de Livingston; que aumentó el número de efectivos de un ejército cuestionado por su irrespeto a los derechos humanos y de cuyos integrantes, responsables del genocidio, no hay uno solo preso; que sigue entregando el país a las transnacionales mineras por regalías ridículas… ¿Ése es un verdadero gobierno que privilegia a los pobres? (¿Sigo con la lista?).

Ese grupúsculo que armado de una manta, un megáfono y muchas ganas de alzar la voz se hizo visible y gritó hasta donde los pulmones les dieron fuerza, removió algo en la maquinaria gubernamental. Esa maquinaria que repartió medallas a los héroes de la revolución del 44, sin sustentar la acción en cambios reales que reflejen el espíritu de esa gesta, a saber: reforma agraria, nacionalización de los recursos y defensa de la soberanía, respeto y promoción de los derechos de los trabajadores, etc. (¡Todo lo contrario!) Esa maquinaria que entregó la Orden del Quetzal a la familia de un Oliverio Castañeda despojado de su militancia revolucionaria y sin tener a ninguno de los culpables del crimen en la cárcel (ni siquiera se ha iniciado un proceso serio de investigación).

Ese grupúsculo de invisibles gritones removió algo a esa maquinaria gubernamental: la máscara. La máscara que oculta políticas públicas que mantienen el estatus quo de las clases empresariales intacto, mientras va por el país con programas asistencialistas en la mano izquierda y la orden de desalojo de tierras en la mano derecha; la máscara de un "privilegio de los pobres" intolerante a la crítica y presto a retroceder en cualquier medida ante un guiño del CACIF. Esa máscara que quiso fabricarse con retazos de Árbenz, Arévalo y Oliverio, le fue arrebatada a última hora del show… y por eso les ardió.

Fue un buen intento el del gobierno, el tratar de sacralizar los símbolos revolucionarios e integrarlos a un imaginario que se quiere imponer al guatemalteco: la Guateámala roja que intenta extraer esos símbolos del sustrato que les da vida (el pueblo, la gente) y elevarlos a las alturas intocables e inhumanas, sustraerle el sentido y el sustento, para que pasaran a formar parte de los "tiempos de solidaridad" del gobierno, que no practica lo que predica.

No se puede más que rechazar la pretensión de estatizar una memoria castrada, de imponer una historia deformada o cualquier imaginario que busque crear la falsa idea de que los tiempos son diferentes, mientras la impunidad y la violencia, la miseria y el abandono le demuestran a la mayoría de guatemaltecos lo contrario.

Pienso en los revolucionarios que recibieron medallas de parte del gobierno, y que que tal vez fueron mal informados o impresionados equivocadamente acerca de hacia quién iba dirigida la protesta (a todas luces contra el presidente y su gabinete); y pienso en el revolucionario más cabal que conozco y que rechazó esas mismas medallas. Esos revolucionarios igualmente son dignos de admiración.

Pero la protesta y este escrito se tratan del gobierno de Colom y sus políticas, de su falta de coherencia, no de los premios que bien merecidos los tendrían quienes los recibieron y decenas de miles de revolucionarios más, cuyos heroísmos permanecen anónimos.

La descalificación
Tratar de defenderse descalificando personas, no atacando argumentos, es una jugada fácilmente cuestionable. Sería mejor que los ofendidos argumentaran por qué no se puede hacer una reforma agraria y se dota a los campesinos de recursos y tierra; por qué no atienden a los sindicalistas de la Salvavidas que llevan meses en la Plaza de la Constitución; por qué reprimen a los pobres y los expulsan de sus tierras y territorios. Que enumeren qué medidas -no cosméticas- han realizado que los hacen creer que son de izquierda… Por qué un Código Agrario, la Ley de Minería, la Reforma Fiscal duermen el sueño de los justos. Por qué no se cumplen las leyes laborales en el campo. Por qué se restringen las garantías constitucionales cada vez que el gobierno hace operativos de seguridad sin éxito (excepto cuando son contra población indefensa).

Por esas situaciones que enumero, afirmo que protestar y movilizarse es válido. Reivindico el derecho a disentir, a gritar, a pesar de que eso pueda acarrear descalificaciones y amenazas. Reivindico el exigir justicia, reclamar por la memoria y acciones concretas, aunque los corifeos oficiales abunden en ataques virulentos. Y lo reivindico, no desde la tarima elevada, ni desde las salas del Palacio Nacional rebosantes de vinos y dadivosas en 'alcoholizadas' botellas de "Zacapa Centenario", sino desde el mismo lado de los "patojos", los "hijos de quién" -como se expresó más de algún furibundo funcionario-. Reivindico el derecho a la indignación desde el lado de los nadies, de los ninguneados: que es mi lado.

Es innegable que los gritos del 20 de octubre llegaron más allá de la plaza de la Constitución y siguen reverberando en muchos espacios. También es indiscutible que a pesar del poder pro imperial, las resistencias siguen de pie. Asimismo es irrefutable que cuando la gente se organiza y lucha logra los cambios necesarios para construir un mundo mejor, porque, como hace 30 años lo dijera Oliverio: "mientras haya pueblo, habrá revolución".

Guatemala, 31 de octubre de 2008


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