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Recordando a Francisco de Vitoria
Por Jorge M. Rodríguez-Martínez - Canadá, 25 de marzo de 2005

Muchas personas se han disgustado últimamente porque la Iglesia católica ha tomado una actitud de cuestionamiento de la minería de cielo abierto en Guatemala. Pero no debería extrañar a nadie el hecho de que la Iglesia Católica juegue a menudo un papel relevante en los temas políticos de América Latina. Para comenzar, debería recordarse que del seno de la Iglesia católica surgieron no sólo las voces que intentaron legitimar el proceso de conquista, sino también las primeras denuncias de la inhumanidad de tal empresa.

Aún reconociendo las limitaciones del discurso indigenista, las voces críticas de la conquista acabaron por tener mayor peso histórico. Cuando el padre dominico Francisco de Vitoria (1483-1546), catedrático de la Universidad de Salamanca, da a conocer sus dudas acerca de la legitimidad de los títulos con los que se pretendía justificar la conquista siembra las semillas de una buena parte del derecho internacional moderno y de la idea misma de derechos humanos tal y como ésta es entendida en nuestros tiempos.

Vitoria desmonta con exquisitez los argumentos que constituían el famoso Requerimiento elaborado en 1513 por el jurista Palacios Rubios para justificar la conquista de las Indias. Este documento afirmaba que el señorío universal del Papa podía conferir a la Corona española el dominio sobre los territorios y sociedades americanos. En ese proceso de refutación -que no nos detendremos a explicar aquí-, Vitoria afirma que los pueblos indios tienen derechos políticos y de propiedad sobre sus territorios. Reconoce, desde luego, que los peninsulares tienen derecho a comerciar con las sociedades indígenas. Sin embargo, dicho derecho no se desvincula de las decisiones que la comunidad adopta en relación a lo que percibe como sus intereses legítimos.

El recordar a Vitoria -y a ese fiscal de la conquista que fue fray Bartolomé de las Casas (1484-1566)- nos permite comprender parte de las razones por las cuales la Iglesia católica ha tomado una posición de rechazo a la minería de cielo abierto. La Iglesia católica se opone a lo que percibe -correctamente, a mi parecer- como una violación de algunos de los derechos implícitos en el reconocimiento de la autonomía moral de los miembros de las comunidades que verán afectado su entorno y sus formas de vida.

La pregunta es: ¿tienen los intereses económicos de ciertas transnacionales mayor peso ético que las demandas de respeto esgrimidas por aquellas comunidades que han sido ignoradas desde siempre? Es un poco difícil creer que la gente aceptará sin más el argumento de que la riqueza se derramará de manera automática hacia los sectores más necesitados. En una sociedad con un nivel de desigualdad como la guatemalteca ninguna política de "creación de riqueza" beneficiará de manera automática a los más desfavorecidos. Para ellos, los costos siempre son mucho mayores que las supuestas ganancias. Esta es una lección preservada en la memoria de nuestro pueblo. Como decía un jurista español, la historia es demasiado larga y amarga como para olvidarla alegremente.

Se dice que la Iglesia católica promueve el enfrentamiento y no el diálogo, y que debería limitarse a su función espiritual. Pero la distinción entre lo material y lo espiritual no descalifica que la Iglesia católica pueda ofrecer una perspectiva ética de nuestros problemas. Por esta razón, no es necesario ser católico para reconocer la relevancia de la oposición de la Conferencia Episcopal de Guatemala hacia la minería de cielo abierto.

La ética es una dimensión importantísima de la vida humana porque nos permite, entre otras cosas, deslegitimar esas instituciones y modos de vida que ignoran el valor moral intrínseco de los seres humanos. Precisamente, la idea de derechos humanos trata de incorporar la dimensión ética en la crítica y diseño de las estructuras básicas de la sociedad. Es por esto que la idea de tales derechos suele oponerse a la posición que afirma que la riqueza se derrama -para volver a usar la metáfora de marras- en un mercado que funciona sin ninguna perspectiva de justicia -más que aquella que preserva la vigencia de los contratos. Para comenzar uno se pregunta si es moralmente neutra la metáfora que afirma que los pobres se benefician de la riqueza derramada. Ser pobre no equivale a ser indigno: la persona más necesitada sabe que sus demandas racionales de justicia no son saciadas por ninguna riqueza derramada.

Se afirma también que algunos malos miembros de la Iglesia católica -como en su tiempo fue calificado el mismo Las Casas- están manipulando a las comunidades que se oponen a la minería. De alguna manera, se le está diciendo a esas comunidades que no piensan. Pero ¿se puede tener un diálogo si se asume desde el principio que el otro está manipulado? Un diálogo genuino es sensible a razones que suponen desde el inicio el respeto hacia la racionalidad de los participantes en el debate. No se puede argumentar si se comienza por asumir que el otro es ignorante, resentido, enemigo del progreso, etc.

Una buena contribución al debate consistiría en que estos sectores religiosos conservadores nos presentaran las ideas de los teólogos que defienden el sistema económico propuesto por el neoliberalismo. Nada les impide presentar sus argumentos en la misma esfera en que lo está haciendo la Conferencia Episcopal y el obispo Ramazzini. Al final de cuentas, cuando de aspectos sexuales se trata, estos grupos conservadores resultan -ahora sí en un sentido literal- más papistas que el Papa.

Pero al no presentar sus razones ético-religiosas, ¿no estarán reconociendo que es un poco difícil contrarrestar las razones éticas que están siendo esgrimidas por los católicos de "izquierda" con las consideraciones morales que presentan los católicos que favorecen el libre mercado? Sería interesante, por ejemplo, ver el peso que puede tener el argumentar que las protestas de los que se oponen al sistema de libre mercado están motivadas por la envidia, como afirma Michael Novak. Habría que ver si los que protestan contra el reinado del libre mercado se arrodillan ante los intereses de las transnacionales cuando Novak y el padre Robert Sirico les recuerden que la actividad del gran capitalista es un reflejo de la actividad creadora divina.

Vitoria -quien según dicen tenía un buen sentido del humor- se habría reído de haber sido señalado de envidioso (una acusación lanzada también contra Las Casas) Aceptó, sin embargo, que no faltarían pensadores religiosos que apoyarían lo que él rechazaba con tanta vehemencia. Como

escribía Vitoria a su amigo, el padre Arcos:

«Si yo desease mucho el arzobispado de Toledo, que está vacante y me lo hubiesen de dar porque yo firmase o afirmase la inocencia de estos peruleros (así eran llamados los conquistadores del Perú), sin duda no lo osase hacer: Antes se me seque la lengua y la mano, que yo diga ni escriba cosa tan inhumana y fuera de toda cristiandad. Allá se lo hayan, y déjennos en paz, que no faltará, aún en nuestra Orden de predicadores, quien los dé por libres, y más bien les alabe sus hechos, masacres y pillaje

(Francisco Castilla Urbano, "El pensamiento de Francisco de Vitoria", Anthropos, 1992; p. 319.
Traduzco libremente del latín las partes en itálica).

Fuente: www.lainsignia.org


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