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En relación con un cuestionable integrismo cultural indígena
Por Jorge M. Rodríguez-Martínez - Toronto, Canadá, 2 de septiembre de 2005

albedrio.org
Fue una amarga sorpresa haber leído el comunicado de la Defensoría Indígena WAJXAQIB’ NO’J en el que esta organización expone su posición ante las demandas de la comunidad homosexual en Guatemala. Y aunque tal institución ofreció una escueta disculpa, aún subsiste la impresión de que es necesario un esfuerzo más profundo para reparar el daño causado, ante todo por el grado de intolerancia exhibido por el comunicado original. Para exponer mi posición ante el comunicado que originó la polémica, me permito presentar mis opiniones en varios apartados, que resumen mis impresiones en los términos más claros y concisos que se encuentran a mi alcance.

a) No dejo de lamentar que –a juzgar por las pocas respuestas que dicho comunicado ha provocado a partir de su fecha de publicación, el día 6 de julio del 2005- el espinoso problema planteado por dicho texto no haya llamado la atención de aquellos comentaristas que defienden en la esfera pública las demandas más urgentes de la sociedad civil. Se debe evitar una corrección política que puede trocarse en hipocresía e intolerancia. El hecho de que nuestro país tenga un abanico de problemas urgentes que envuelven la violación de los derechos humanos de las grandes mayorías, no es razón para que se omita la necesidad de mantener una postura constructiva, respetuosa y autocrítica en relación con todos los movimientos que luchan en contra de estructuras sociopolíticas que inducen hacia múltiples tipos de opresión. En este caso, es necesario dejar claro que el apoyo a las demandas legítimas de los grupos indígenas no entraña, de ninguna manera, la aceptación de perspectivas represivas en relación con otros grupos oprimidos –entre ellos, la comunidad homosexual.

b) Conviene insistir en que el respeto a los valores que configuran la visión de vida de una comunidad cultural determinada no supone en ningún sentido la aceptación de las prácticas represivas que pueden darse al interior de ésta. Aunque haya valoraciones fuertes que puedan distinguir a una cultura de otra, no es menos cierto que toda comunidad cultural siempre contiene una diversidad de perspectivas que descalifica desde sus raíces cualquier integrismo cultural. En ese sentido, habría que preguntarse qué nivel de representatividad cultural asiste a los redactores de este documento cuando supuestamente expresan la postura de los pueblos mayas frente a las demandas de las comunidades homosexuales.

c) Atribuir el surgimiento de la cuestión gay a la degeneración de la cultura occidental es una postura que reproduce precisamente una de las expresiones fundamentalistas más cuestionables que se dan en el mundo occidental: El integrismo cristiano de ultraderecha. Por lo demás, si hablamos de valoraciones éticas basadas en la naturaleza –diciendo, por ejemplo, que la homosexualidad es una distorsión de ésta- aceptamos los parámetros que han sido usados por ciertos grupos para justificar la eliminación de comunidades enteras –entre ellas, las indígenas.

d) Se omite además que en ciertas culturas indígenas hay una valoración diferente de la homosexualidad. ¿Serán estas culturas degeneradas? Es cuestionable, en este sentido, que se adopte un blindaje ético para expresar tales manifestaciones de intolerancia y superioridad moral. Los males que hayan sido infligidos por el opresor –en este caso, la cultura occidental (que está lejos de ser un conglomerado cultural unitario)- no implican la verdad ni justifican todas las posturas y opiniones de los grupos oprimidos –o más bien las que pudiese tomar aquellos conjuntos de individuos que representan a éstos en la esfera pública.

d) Hay un grado considerable de incoherencia en defender los derechos humanos –y el respeto que estos implican- cuando se aplican a los indígenas y negarlos cuando se aplican a otros grupos que han sido excluidos en diversas sociedades a través de la historia. No se puede pedir, en nombre del discurso de los derechos humanos, que se respete una visión que descalifique los derechos que emergen de la opresión de otros grupos. Es la misma situación que emerge cuando se aduce, por ejemplo, que el derecho a la libertad justifica la no-admisión de indígenas en ciertos establecimientos comerciales privados. En general, no se puede defender un derecho para cubrir una acción inmoral que niega el reconocimiento ético del otro.

e) Insto a la Defensoría Indígena WAJXAQIB’ NO’J a elaborar con más detalle sus disculpas para con la comunidad homosexual de Guatemala. Esto es necesario para recuperar esa solvencia moral que requiere el paradigma de los derechos humanos –precisamente el marco conceptual que apuntala muchas de las justas demandas indígenas. La aceptación intercultural de los derechos humanos requiere que nos atrevamos a examinar los límites de lo que podemos decir y hacer en nuestro esfuerzo por defender nuestros valores y creencias. El respeto a la dignidad humana que se encuentra en el centro del paradigma de los derechos humanos nos exige la debida consideración de la integridad de aquellos que son diferentes. No debemos olvidar que el respeto del Otro, que conlleva la aceptación de la pluriculturalidad, proyecta mandatos éticos que deben ser observados por el Otro también.

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