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Sobre los gobiernos progresistas en Latinoamérica
Por José U. - Guatemala, 17 de agosto de 20118

Como comunistas debemos apoyar todo elemento que ayude a socavar al capitalismo. Nuestra tarea como militantes es ir sembrando las bases para la construcción del socialismo. En esa labor, entonces, el más mínimo granito de arena cuenta.

Durante la primera mitad del siglo XX las luchas obreras y campesinas fueron creciendo. Así surgieron la Revolución Rusa, la China, la Cubana, la Nicaragüense. Pero en estas últimas décadas, el sistema capitalista reaccionó sangrientamente y el campo popular fue brutalmente castigado. La represión alcanzó niveles inconcebibles. De hecho, Guatemala fue el lugar más castigado en toda Latinoamérica, con 200,000 muertos, 45,000 desaparecidos, un millón de desplazados internos, más de 600 masacres de aldeas campesinas mayas. Todo eso trajo consecuencias: miedo, desmovilización, despolitización.

Con características peculiares en cada caso, pero siguiendo un patrón común, en toda América Latina la represión funcionó de esa manera. Sobre esas monstruosas montañas de cadáveres y ríos de sangre, se erigieron luego los planes de capitalismo feroz, comúnmente conocidos como neoliberalismo.

Con esas políticas despiadadas para los trabajadores, se perdieron logros sociales y conquistas laborales históricas; eso se dio por igual en todo el mundo. La avanzada del capitalismo fue terrible. A ello contribuyó la desintegración / reversión de las primeras experiencias socialistas (caso de la Unión Soviética y de la República Popular China). Ante ese fenomenal retroceso del campo popular y de los ideales comunistas, siguió el grito triunfal del capitalismo: "La historia terminó" dijeron sus ideólogos.

Pero, por supuesto, ¡no terminó! Las luchas de clase siguen absolutamente vigentes como siempre, continúan siendo el motor de la historia. La clase dirigente, a nivel global y también en Guatemala, respiró aliviada con estos planes neoliberales, recuperando la iniciativa en la lucha política. En la izquierda nos quedamos sin propuestas claras. De ahí la necesidad imperiosa de redoblar esfuerzos en estos momentos, para recuperar el terreno perdido. Perdimos una batalla, pero no la guerra. Hoy más que nunca deben orientarnos las palabras de Pablo Neruda: "Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera".

Así las cosas, por varios años hablar de izquierda, de socialismo / comunismo, de revolución, de clase trabajadora y poder popular, o de imperialismo, pasó a ser casi aborrecido, un peligro, un anacronismo. Por algún momento, el panorama se vio desolador para todo el campo popular. Y en el medio de ese desconcierto, de esa desesperanza, empezaron a aparecer tímidamente algunos procesos que se permitieron desafiar al neoliberalismo.

Primeramente fue Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana en Venezuela, continuando esa obra en este momento Nicolás Maduro. Luego siguió una larga serie de gobiernos progresistas, surgidos de las urnas en todos los casos dentro de los marcos de la precaria democracia burguesa. Así aparecieron Michelle Bachelet en Chile, el Partido de los Trabajadores en Brasil, primero con Lula y luego con Dilma Roussef.

Surgieron también Evo Morales en Bolivia, los Kirchner (Néstor y Cristina) en Argentina, Rafael Correa en Ecuador, Pepe Mujica en Uruguay, Fernando Lugo en Paraguay, el FMLN como partido político en El Salvador, Daniel Ortega retornando a la presidencia en Nicaragua, Manuel Zelaya en Honduras. En esa perspectiva, ahora tenemos a Andrés López Obrador en México, próximo a asumir.

¿Son legítimos procesos de cambio todos estos gobiernos? En sentido estricto: no. Nunca una revolución, una auténtica transformación estructural, puede hacerse en el marco de las democracias formales del sistema capitalista. Ya lo vimos con la trágica experiencia del Partido Socialista en Chile, con Salvador Allende en la presidencia, en la década del 70 del pasado siglo. Las revoluciones las hacen los trabajadores con su movilización, los obreros y campesinos, el "pobrerío" en general. Guste o no, los cambios se dan siempre a partir de una violencia política donde las clases explotadas levantan la voz y cambian el curso de la historia. Y eso nunca es pacífico, porque la clase dominante no cede alegremente el poder ni sus privilegios. Por el contrario, lucha a muerte para defenderse.

No puede haber revoluciones, cambios sustanciales, un verdadero proyecto socialista por medio de elecciones burguesas. Puede haber, eso sí, importantes avances populares. Todos estos gobiernos progresistas de estos últimos años lograron mejoras en las condiciones de vida de las poblaciones de sus países. Pero no tocaron las relaciones de propiedad: los medios de producción (tierra, fábricas, bancos) siguieron en manos de las oligarquías, y la clase trabajadora no participó efectivamente en el cambio social. Sin duda, apoyó a estos gobiernos, en muchos casos con mucho fervor. Eso, de todos modos, no termina de ser socialismo.

¿Qué debemos hacer los comunistas ante estos acontecimientos? Sin ningún lugar a dudas: ¡defenderlos!

La revolución socialista implica 1) expropiación de los medios de producción de la burguesía y 2) real y efectivo poder popular desde abajo. Si no logramos eso, tenemos procesos capitalistas "socialdemócratas", capitalismos "con rostro humano". Pero eso mismo ya puede ser un elemento, un momento, para acumular fuerzas para el campo popular.

Definitivamente debemos apoyar con la mayor energía estos procesos. Criticarlos sin propuestas superadoras es avalar a la derecha, y terminar –aunque no lo sepamos y tengamos la mejor buena intención– colocándonos en posiciones reaccionarias y antipopulares. Pero no debemos olvidar nunca que, como comunistas, el objetivo final sigue siendo la construcción del socialismo real y efectivo, y no procesos intermedios.

 

En Camino Socialista No 37, julio 2018

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