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El Fantasma de Feliciano Argueta
Por Javier Payeras - Guatemala, 23 de noviembre de 2004

Cuando finalizó la lectura de poesía, aquella mujer se me acercó y me dijo:

"tú eres sobrino de Rudy".

Luego le corrieron lágrimas sobre el rostro y me abrazó con fuerza:

"Eres el primer contacto que tengo con algo de él después de más de 30 años que llevo de estar fuera".

No supe qué responderle, sentí cómo la presencia de mi tío Rodolfo me electrizaba de nuevo. Ese fantasma que me ha perseguido desde la infancia, y del cual conozco únicamente el retrato que mi madre ha calcado en mi memoria.

Rodolfo Payeras (Feliciano Argueta), dirigente de las Fuerzas Armadas Rebeldes, fue asesinado en 1971 durante una "limpia" antisubversiva del presidente Arana Osorio.

Era tan complicado aquello. Un hombre que decidió tomar las armas, irse al monte y dejar atrás toda su vida. Una mujer que me estaba hablando, una combatiente que salió 30 años y que ahora vuelve y se da cuenta de que todo ha cambiado y todo es lo mismo. Y yo allí, en medio de ambos, reflexionando acerca de cuánto odio hablar de los mártires, hablar del pasado... aquí no existe más que el pasado.

Un guerrillero vivo, ¿dónde estaría hoy?, ¿despotricando contra la juventud?, ¿con un puesto en el Gobierno?, ¿en el exilio interno o externo?, ¿haciendo apologías de su heroísmo, ahora que abundan derrotas?, ¿estaría realmente muerto?

Tantas dudas y tantas pruebas amargas se aclararon cuando recordé aquellas líneas que Mario Payeras le dedicó a Feliciano Argueta, como un homenaje póstumo:

Pero tú ya sabías que no vale la pena

tratar de ser feliz a la vieja manera.

Por eso es explicable que en tu cartera encontraran simples objetos de hombre que no teme al olvido.

Y desde aquella hora

la muerte no es para mí esa patria feroz

que nos aflige tanto con su ternura solitaria,

y que un 14 de abril te olvidaras de las citas

y de las fechas humanas

y te marcharas conforme hacia el largo domingo

sin barriletes ni pájaros,

la región que en los mapas antiguos que existen

solía representarse con una ballena triste.

Y me sentí mejor. Sí, el destino es un carro frágil, pero todo sobrevive por la poesía.

Tomado de www.sigloxxi.com - Magazine 21


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