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El ayer que siempre vuelve
Por Juan Pablo Dardón P. - Guatemala, 24 de marzo de 2005

Los muchachos de antes, Marco Antonio Flores
Editorial Piedra Santa, 298 p.


Reírse del pasado es la mejor arma de los cínicos y de los lúcidos. La risa para no llorar, la memoria es el extravío necesario para ayudarse a vivir el presente. Los muchachos de antes, de El Bolo Flores, es una suerte de película negra de una Guatemala imposible para las nuevas generaciones, pero trágica en su violenta realidad coyuntural.

Personajes muertos desde su decisión de vida: la guerrilla y la conspiración desde el arte. Cadáveres que caminan y se sacuden en su ignominia, la impotencia de ver sus planes estancados y sucumbiendo frente al aparato estatal, ese monstruo indomable. Los derroteros de estos personajes eran de una vía. La opción del regreso, imposible, porque la consigna fue borrar las huellas. Algunos se instalaron en la historia, otra tragedia, al convertirse en mártires de sus decisiones, personales u organizacionales; da lo mismo. En este panorama sombrío es donde entra el sarcasmo del escritor, la punzada que abre las posibilidades a la tragicomedia.

Flores encuentra ese sesgo sardónico en el mundo represivo de las décadas de 1960 y 1970, dentro de la cuota diaria de muerte y asesinatos selectivos, torturas y desapariciones. El narrador nos plantea un mundo explícito, repleto de los pecados que humanizan a sus compañeros de correrías, armas y luchas. Las leyendas siempre fueron hombres y mujeres antes de pasar al imaginario cultural e intelectual de una sociedad. En ese ínterin, quien cuenta la historia se hace un ser desencantado y con un odio dividido en dos: el mundo impasible que no cambia, a pesar de sus esfuerzos, y el submundo en que se mueve, igual de estático y mezquino, respaldado en convicciones ideológicas inaplicables.

Por lo tanto, ¿qué otra opción hay cuando los compañeros de juerga desaparecen en la muerte o en la locura de los años? Sencillo, se rescatan en la escritura, o en la posibilidad del amor como venganza: "Porque a alguien le debe tocar este premio que soy: solitario, desgajado por la nostalgia, instalado en el vacío que me dejó el periplo y que me conduce a buscar su compañía". Si una tesis maneja Flores en Los muchachos... es que el escritor es un ser ajeno, un solitario irremediable con la necesidad de recrear sus propios mundos sin que nadie le acompañe en el periplo a sí mismo.

La búsqueda incesante de algo que se intuye, pero no se conoce: "(...) cuando camina parece que le fuera platicando al suelo, como todos los chapines que caminamos buscando algo, como si en el suelo estuviera la suerte". Y claro que no.

Lenguaje muy de acá, de esta Guatemala que oxida cientos de historias parecidas. Libro entretenido, para reír con las ocurrencias narrativas, el juego de palabras y los duelos del lenguaje. La resistencia de los protagonistas de esta novela no es solamente contra los poderes fáctitos; es contra ellos mismos. Su verdadera resistencia fue literaria.

Tomado de www.sigloxxi.com - Magazine 21


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