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El fetiche de la institucionalidad o la necesidad de sepultar al muerto
Por Juan Pablo Muñoz. - Guatemala, 25 de octubre de 2017

El miedo al “rompimiento institucional” es la principal causa de que en Guatemala no ensayemos nuevas y mejores formas de hacer política y gobierno.

El Estado de Guatemala, tal y como lo conocemos, ya es un difunto. Los idólatras de la muerte lo velan en privado cada noche para preservarlo, bañándolo con el formol de la “sostenibilidad institucional” y maquillándolo con las pinturas del “régimen electoral”. El reformismo, haciéndolas de maquillista, tiene cierto acceso al muerto y aprovecha cada contacto con él para tratar de resucitarlo. Pero careciendo de los cristológicos poderes, fracasa una y otra vez. Frustrado, termina uniéndose a las exequias y sale al público ocultando la verdad que ya sabe y entonando el himno del “no caigamos en la provocación”, mientras se dirige a los templos de sus mejores santos, a rezarles devotamente para que le hagan el milagro. Pero el fenómeno sobrenatural nunca llega y el muerto expide una hedentina que nos está matando a todas y todos, física y moralmente, a una velocidad de vértigo.

El fetiche de la institucionalidad

Un fetiche, en sentido amplio, es una cosa o idea a la que le otorgamos animación o propiedades mágicas que simplemente no tiene. Asumido el fetiche, este adquiere vida propia y se convierte en nuestro amo. Esto sucede en el momento mismo en que, como pasa con cualquier ídolo, olvidamos que fue hecho por humanos y lo elevamos, en cambio, al plano celestial, de lo inalcanzable. Cuando sentimos, le hablamos al oído y profetizamos en su nombre.

Esto es la institucionalidad del putrefacto Estado de Guatemala, el niño mimado de los “buenos guatemaltecos”: un fetiche que no importando sus desastrosos resultados prácticos debe subsistir aún a costa de la vida de todos nosotros juntos. ¡Qué vale la vida de cualquiera si es para el honor y la gloria del orden institucional!

Pero este rito cívico debe ser administrado. Para ello existe la figura de los sacerdotes de conservar el orden y sus ayudantes oficiales, los maquillistas, que ponen todo su empeño volitivo e intelectual porque el occiso parezca lo más cándido posible.
Pero, ¿quiénes se benefician de este fetichismo de la preservación de instituciones que multi-probadamente no sirven para nada? Pues nadie más que los que mataron al Estado de Guatemala, de sus asesinos.

¿Quién mató al Estado?

La autoría intelectual y material de este misterioso crimen es compartida. Naciendo el adefesio como una continuidad de La Colonia, Guatemala nació apuñalada de muerte por los Aycinena, los Piñol, los Batres y otra docena de familias que la construyeron piramidalmente, para que el vértice concentrara todos los privilegios de la vida social y para que la base se distribuyera todos los perjuicios de la misma.

Tal y como hacían los médicos de los militares durante las dictaduras del siglo pasado, liberales y conservadores fueron los galenos que tuvieron a su cargo mantener apenas respirando a esa República para seguirla torturando una y otra vez. Sin embargo, la estocada final la dio la coalición militar-oligárquica que concibió, diseñó, ejecutó y supervisó la destrucción selectiva y masiva de amplios sectores populares y que promovió el genocidio contra los pueblos indígenas que habitan Guatemala.

El genocidio de la década de 1980 es el punto determinante para entender la historia reciente de Guatemala porque es una combinación de todas las violencias posibles. Es el mayor crimen cometido durante la época republicana y ensangrentó las manos de miles de personas que después de 1984 construyeron un pacto de impunidad que mutatis mutandi se mantiene hasta el presente.

¿Quién lo va a enterrar?

Los instruidos en la materia dirían que hay mil formas de enterrar a un muerto. Pero el viejo enterrador del antiguo cementerio del pueblo diría que es sencillo: se abre un hoyo, se tira al cadáver, se le echa tierra encima, se le coloca una cruz de madera y listo.

Así de simple debemos pensar quienes tengamos por cometido construir una Guatemala diferente, realmente incluyente, eficiente en términos de garantizar cada vez más derechos y libertades, progresivamente, para cada vez más gente: metamos al muerto de lo viejo en un hoyo y dejémoslo descansar. Saquémoslo de nuestra cabeza. Quitémosle el poder mágico que le hemos conferido. Liberémonos de él. Que lo lloren sus deudos, los de la cúspide de la pirámide, no nosotros.

La genialidad de los constructores de la Constitución estadounidense es que sin ninguna clase de culpa pudieron enterraron la institucionalidad monárquica, a la que nada le debían. Sin matar la idea del rey, Hamilton y Madison nunca hubieran descifrado a Paine, Locke o a Montesquieu.

Igualmente, ahora nosotros debemos enterrar lo peor de la tradición y de la costumbre oligárquico dictatorial y pensar fórmulas novedosas para un nuevo Estado, que esta vez sí incluya a todos los llamados a la ciudadanía, cuidando que efectivamente implique el consenso de todos los pueblos que cohabitan este territorio en cuanto a su intención voluntaria de conformarlo.

Independientemente de las formas prácticas y del programa político que utilicemos, sin sacar de nuestra mente la idea de que la institucionalidad está por encima de los resultados prácticos que tiene en términos de bienestar de las personas, nuestro quehacer democrático se circunscribirá a discutir si los partidos políticos deben conformarse con una cantidad u otra de afiliados. O si el Congreso funciona mejor con menos diputados o con más. Y lo peor de todo, es que todo este derrecho de intelecto habrá que irselo a plantear a los que precisamente no quieren ni el más mínimo cambio.

A ese muerto, pues, hay que desterrarlo de nuestras cabezas para adquirir el reto intelectual de pensar distinto. No basados en los dogmas de los acólitos de los sacerdotes del antiguo régimen sino inspirados en el ideal del bienestar de la población.

El derecho de resistencia

Tanto en la tradición occidental como en la tradición propia de los Pueblos Indígenas, el derecho a la resistencia contra la tiranía es un principio universal. Los pueblos se rebelan contra quienes lo sojuzgan y ese y no otro es el sentido de la famosa sentencia del Popol Vuh: “que nadie se quede atrás, que todos se levanten”.

Los principales instrumentos internacionales de Derechos Humanos y las propias constituciones liberales reconocen como parte del ius gentium que los pueblos pueden formarse el gobierno que mejor satisfaga sus necesidades y que no están obligados a cumplir órdenes ilegítimas.

Desafortunadamente, la última vez que en Guatemala se intentó ejercer el derecho a la resistencia, la respuesta de los pastores de la institucionalidad fue tan violenta que hasta la fecha genera culpa y temor en los que sobrevivieron y en nosotros, los que heredamos la cultura política del miedo.

Sin embargo, claramente ya existimos voces disidentes que cada vez creemos menos en ese fetiche porque hemos observado que ni la vida, ni la seguridad, ni la dignidad, ni la justicia, ni la paz de las personas, ni la supervivencia misma de los pueblos, están a salvo dentro de este desangrado Estado.

Tras enterrar al muerto, librados de las ataduras mentales de tener que seguir pensando en cómo reparar algo que ya no sirve, toca pensar en algo mejor, noveodoso y distinto que no se case con las formas y visiones propias de apenas uno de los 25 pueblos que aspiran a conformar un país.

Pero estas ideas, principios, nuevos modelos, etc., no pueden ser dialogadas con los asesinos del cadáver que nos gobierna. No pueden ser discutidas en finas mesas de caoba, con finos whiskys, con hombres con caras lociones, ampulosas corbatas y finos trajes, en oficinas de las zonas 10 y 14 de la Ciudad Capital. Porque la capacidad intelectual de entender que no necesitamos quebrar la institucionalidad porque ya está rota, solamente la tienen los que ningún beneficio reciben de Guatemala.

Por ende, esas nuevas ideas hay que debatirlas en los espacios locales para que vayan tomando fuerza hasta que seamos muchos los que estemos convencidos de que otro país es posible, pero que para ello tenemos que ser creativos y que la creatividad que necesitamos no tiene espacio en los salones de la Presidencia, del Congreso o de la Corte Suprema de Justicia.

Esta ola de resistencia será así, ética e intelectual en principio, porque será un diálogo profundo a voz alzada, sin miedo a sostenerlo y profundamente honesto entre quienes quieren el cambio. Es un diálogo incomprensible para muchos porque no buscará la aprobación de los ricos del pueblo para que te apadrinen como diputado ni requerrirá credenciales académicas para tener derecho a ser planteado.

Será una ola de resistencia, además, porque dejará gradualmente de hablar con los sinvergüenzas que viven de engañar por medio de la política a la población, porque solo la buscan cuando quieren votos y después se sienten suficientes para decidir por sí sóloso. Será de resistencia también porque se traerá del campo a la ciudad sin respetar los reglamentos estéticos y los líneamientos “disciplinarios” de la Guatemala “bien” que quiere que protestar se haga frente a un Palacio vacío, un sábado en la tarde, mientras los asesinos de las esperanzas del pueblo toman vacaciones en el Caribe.

Será una ola de resistencia porque conforme vaya ganando consciencias se irá constituyendo en un sujeto político y esta rabia por años contenida no será detenida por los conformistas y oportunistas que convocan a las plazas y que cuando estas deciden hablar por sí mismas y exigir demandas sin miedo, las mandan a descansar a sus casas para “no provocar”. Ojalá que llegue pronto el día en que la rabia no sea contenida por los oportunistas que esperan a que caiga la noche en las plazas para contar las cabezas de los asistentes y entrar entonces a reuniones privadas a arrogarse la representación de los movimientos con los representantes del orden para negociar.

Hay que romper el fetichismo de la institucionalidad sin miedo a que nos provoquen. Lo que ya no sirve debe caer.

Fuente: www.ceppas.org.gt


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