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El posmodernismo: la marca registrada del poscapitalismo (I)
Por José Reyes González Flores - Guatemala, 24 de mayo de 2018

Las mujeres van vestidas de gala, zapatillas elegantes con tacón del número 10, los hombres en traje negro, pulcrísimos y brillantes sus zapatos. Toman lugar en la sala para conciertos. Se levanta el telón, la sinfónica en su lugar; del lado izquierdo, los violines; del lado derecho, los chelos y los bajos; detrás aparecen los metales y las maderas y, al fondo, las percusiones. Frente a la orquesta, en el centro, sobre un desmedrado escritorio de oficina pública: Concierto para máquina de escribir y orquesta. Clic, clic, clic, trasssshhhh. Lo inesperado. El asombro. El canon y el contra canon. La modernidad y la antimodernidad. Los gustos elevados en fraterna convivencia con los gustos bajos. La posmodernidad en todo su apogeo, dirán algunos o muchos o sepa la bola, siempre sabia; por lo pronto, baste la siguiente reflexión: Mostrar que en el posmodernismo no existen países subdesarrollados; sirva la expresión anterior como guía de lectura. Para llegar a buen puerto, y no con menos tormentas, seguiré las propuestas de Walter Benjamin (1973), Jean François Lyotard (1987), Jürgen Habermas (1989), Gianni Vattimo (2011) y David Harvey (2012), quienes muestran las defensas y las antidefensas de las teorías de la posmodernidad. Clic, clic, clic, trasssshhhh. Las profecías se han cumplido, se han roto los límites sociales y fue gracias a la cultura performada, indicio evidentísimo de la sociedad poscapitalista y posindustrial. No obstante, los asientos están numerados, así lo indican los boletos adquiridos en la taquilla, los menos; los más fueron comprados con Ticket Master. Es notorio que la estrategia ha separado a los consumidores del nuevo artefacto eufónico, pues se observacómo en platea se encuentra la gente de la «alta cultura»; en palcos, la élite político-económica y en la parte alta más alta -en gayola el populacho, a quienes se le mostrará el gusto por la buena educación.

Posmodernidad, modernidad en tránsito o transmodernidad. Es indudable que toda época tiene sus saltos, ninguno de ellos al vacío, porque siempre habrá argumentos para validarlas. La Edad Moderna deslegitimó a la Edad Antigua. La posmodernidad lo ha intentado con la Edad Moderna. Cada una con sus grandes relatos, sus discursos míticos y rituales, su manera de ordenar el caos y la vida social. Sin duda, en cada periodo cultural existe el ejercicio del bricolage donde incide la desmitificación de la fase inmediata, en tal sentido, las sociedades siempre son posmodernas. La reflexión de lo posmoderno ya se encontraba en la segunda mitad del siglo V, en las meditaciones de los sofistas, en especial en Protágoras e Isócrates. Sin embargo, en 1870 el término fue utilizado por primera vez cuando John Watkins Chapman habló de la pintura posmoderna como una forma de superar al Impresionismo. En 1917 se publica el libro La crisis de la cultura europea de Ruldof Pannwjtz quien habla del hombre posmoderno, el cual es resultado del nihilismo y la caída de los valores de Europa de la Primera Guerra Mundial. El nuevo hombre europeo es nacionalista, militarista y elitista, tal como lo había vaticinado Friedrich Nietzsche. En cambio, después de la Segunda Guerra Mundial, Arnold Toynbee describe el colapso del racionalismo y del ethos de la Ilustración, lo cual implica la turbulencia social, la anarquía, el relativismo y la ruptura con la Edad Moderna. Toynbee refiere cuatro etapas en la historia del hombre: la Edad Oscura, la Edad Media, la Edad Moderna y la Edad Posmoderna. Pese a ello, el término postmoderno encierra una postura negativa, sean la pérdida de los valores tradicionales y la regresión de la sociedad.

La aparición del mundo posindustrial trae consigo la utopía: se tiene fe en la eliminación de la pobreza y la ignorancia, se cree en el final de las ideologías dominantes y en la claudicación de las naciones-Estado. La modernización universal es el objetivo previsible, tal es el optimismo que aparece en Ladmarks of Tomorrov. A Report on the New Post-Modern Word (1957) de Peter Drucker. Por otra parte, es en las décadas 1960 y 1970 el vocablo post-moderno se emplea para calificar al arte antimoderno, al pop art, al performance, a los happenings y a los conciertos de rock. Es posible diferenciar, señala Zygmund Bauman, «A la élite cultural de otros niveles más bajos en la correspondiente jerarquía de signos que otrora eran eficaces: la asistencia regular a la ópera y a los conciertos, el entusiasmo por lo que en algún momento se considere arte elevado y el hábito de contemplar con desprecio “lo común, desde las canciones pop hasta la televisión comercial”» (2013, p. 9). Ya no hay diferencia entre el artista aristócrata y el artista popular, entre el crítico profesional y el diletante. Se da por terminada la vanguardia, aunque aparezcan nuevas vanguardias como el Nadaísmo, los tzánzicos, los láricos o los mufados. El intelectual lo mismo va a la ópera que es aficionado al futbol, lee a Cervantes o a Charles Burns, Daniel Clowes y a Jiro Taniguchi. Es la época de la nueva sensibilidad y la muerte del racionalismo. Es el retorno de la sencillez lírica, en la poesía; del prosaísmo sentimental, el naturalismo y la tradición bucólica, en la novela y en el cine. Sin embargo, cabe una pregunta: ¿la posmodernidad es un periodo histórico? La posmodernidad es un concepto operativo para explicar el hacer de la cultura en la etapa contemporánea del hombre.

En los años setenta aparecen todos los pos: la poscristiandad, la posliteratura, la poseconomía, la posideología, el posestructuralismo y… por supuesto, las microteorías como la microhistoria, la microeconomía y la micropolítica, brotan con inusual estridencia; es indiscutible el inicio de la fragmentación cultural y con ello la pérdida del individuo y la aparición del hombre-masa. Acontecimiento que Charles Baudelaire preveía a fines del XIX, por eso su angustia ante la llegada del nuevo siglo. No obstante, la popularización del término ocurrió con la publicación de La condición postmoderna. Informe sobre el saber (1987) de Jean François Lyotard, entonces la avalancha de pensadores antiposmodernistas llega estrepitosamente. Jean Baudrillard, Gianni Vattimo, Walter Benjamin, Jürgen Habermas, Michael Foucault, Pierre Bordieu, Gilles Deluze, entre otros muchos filósofos, sociólogos o teóricos de la cultura, quienes confrontan de forma radical las ideas lyotardianas, no sin razones evidentes, pues Lyotard es un maestro del engaño meditado. Si se define modernidad, modernización y modernismo, entonces la conceptuación de posmodernidad, posmodernización y posmodernismo se vuelve sencilla. Modernidad es un periodo histórico en el desarrollo de la humanidad; la modernización refiere a los procesos socioeconómicos que configuran la Modernidad; por último, el modernismo es el proyecto cultural. Las definiciones son de uso común, pues Jürgen Habermas las expuso en El discurso filosófico de la modernidad (1998). Ahora bien, ¿la posmodernidad es una etapa histórica? Si se piensa en México, América Latina, en los países de África o Asia seguramente la respuesta es sencilla: la modernización no ha llegado, entonces, ¿qué sucede con la posmodernidad, la posmodernización y el posmodernismo?

El proceso cultural siempre va de la mano de las estrategias económicas y políticas, es imposible separarlas, aunque solo se realice con intenciones didácticas. Historia, economía y cultura son indisolubles. De entrada, la Edad Moderna sigue, en términos de periodización, a la Edad Media. En la Edad Moderna surgen la industrialización, la electricidad y la urbanización de las ciudades. A la vez que los artículos de consumo, commodities, se hacen omnipresentes. También aparece la diferenciación cultural y de clases, por lo que el lindero es la Ilustración. Por otra parte, los parlamentos y los partidos políticos desarrollan sus estrategias hegemónicas y aunque la individualidad es posible, también, con la organización de las ciudades, poco a poco, desaparece la persona para volverse una estadística de población. Conocimiento, acción política, disidencia y autonomía de saberes son lo que caracteriza a esta etapa sociocultural. Al respecto conviene decir que en la Edad Media se crearon los burgos o pequeñas aldeas, muchas de ellas fortificadas, ahora, en pleno siglo XXI, siguen vigentes, solo que se les llama cotos residenciales, también fortificados, con vigilancia policial y con cámaras electrónicas de seguridad conectadas mediante redes a una central de acecho. ¿Posmodernidad?

En la Edad Media también aparecen las corporaciones, reunidas de acuerdo con determinadas prácticas económicas; en la actualidad son llamadas empresas con injerencia monopólica en el mercado, económico, político y cultural. ¿Posmodernidad? También en este periodo -Edad Media- hacen presencia los títulos de crédito y las letras de cambio. En el ámbito académico aparecen los exámenes profesionales, con un panel de expertos -jurado- que pondrá a prueba al sustentante del nuevo conocimiento. ¿Posmodernidad? No se debe olvidar, sería irresponsable, que dichas categorías sociopolíticas,económicas y culturales son una visión europea y europeizante. La medición de estos periodos históricos se hace a partir del nacimiento del cristianismo. Se dice antes de Cristo -a. C.-, después de Cristo -d. C.- o en el año de Cristo -A. C.-; y no antes de Quetzalcóatl, en el año de Quetzalcóatl o después de Quetzalcóatl, las abreviaturas serían significativas: a. Q., d. Q. y A. Q. Tampoco se dice antes de Shiva, en el año de Buda, después de Ah Puch, sería muy curioso y falto de posmodernidad. En pocas palabras, ¿qué se entiende por condición posmoderna? Se emplea el término entender en su concepción primigenia, es decir, estar informado de, y no la palabra comprender la posmodernidad donde está implicada la otredad, la conversación y el respeto a la diferencia.

Recordemos cómo Marie Shelley, la novelista, ensayista y dramaturga inglesa, se sorprende de la aparición de la tecnología y el conocimiento y crea con retazos de humano, zurcidos e inducidos por la electricidad, al humano más humano. Este fue capaz del saber -no del conocimiento- de la naturaleza del hombre, sin lugar a dudas, se trata del Prometeo moderno, Frankenstein, como lo llamó esta filósofa del hacer cotidiano. En la introducción a La condición postmoderna. Informe sobre el saber, Jean François Lyotard menciona que «La condition postmoderne» alude al «saber en las sociedades más desarrolladas» (1987, p. 4). La expresión impronta el desplazamiento de la otredad entre las culturas. Sin lugar a dudas, existe una clara delimitación entre las sociedades desarrolladas y las que no lo son. Entonces, ¿quién decide cuál es una sociedad desarrollada y cuál no? En la descripción del Concierto para máquina de escribir y orquesta de Velasco de la Rosa, expuesto en el párrafo uno de estas reflexiones, no sucedió en Europa o América (Estados Unidos, claro), sino en un país latinoamericano, no capitalista ni industrializado, mucho menos poscapitalista y posindustrial. Con un parafraseo de Efraín Huerta diría que el Concierto para máquina de escribir y orquesta se realizó en un país de primera, de segunda, del tercer mundo. En específico, México, en el estado de Durango. En un país y en un estado no capitalista ni industrial, pero sí maquilador y ofertador de recursos naturales y mano de obra barata al mundo posindustrial.

Ser posmoderno no implica ser capitalista, aunque es la élite capitalista y cultural la que dicta las normas, no las personas del mundo cotidiano. Es claro que para los «países subdesarrollados», como dicen desde Europa o Estados Unidos, la modernidad como edad capitalista, industrializada y tecnificada aún no ha llegado a los países de América Latina, Asia o África, mejor dicho, las sociedades poscapitalistas no lo han permitido. Pocos países desarrollan tecnología como producto del conocimiento; a pocos más que a nadie se les da la oportunidad de crear su propia industria, pocos como Brasil, quien está desarrollando su área automotriz, o a Chile como otro ejemplo, pero países como México, El Salvador, Guatemala, Ecuador y demás, son competentes maquiladores. Pero, ¿por qué no se produce conocimiento? Sí se hace. Sucede que solo se queda como patente en las universidades, las cuales los poscapitalistas-posmodernistas no compran porque sería el detonador hacia la industrialización. Resulta más sencillo tener un mercado consumidor de artefactos, tanto médicos, mecánicos e industriales como culturales, y todo aquello que se mantenga dentro de las normas del mercado. Esas son las reglas del juego, señala Lyotard, y sirven para legitimar a las sociedades más desarrolladas. Pero, ¿qué son las reglas del juego? Hermosa paralogía para señalar con eufemismos las normas de la condición posmoderna que las potencias económicas imponen.

El juego es un ejercicio lúdico donde las emociones se manifiestan sin más reglas que el juego. El juego es el divertimento por el divertimento, no obstante, cuando los jugadores persiguen un fin, es decir, un salario o un trofeo, entonces el juego se transforma en competencia. Es obvio, las reglas del juego lyotardianas están relacionadas con los principios que los otros deben cumplir para considerarse posmodernos, lo cual, por más que se quiera encontrar la inocencia en la frase, solo se observa el gran relato legitimador. Y, ¿quién legitima dichas reglas? La ciencia, la cual será reguladora de lo verdadero, pero considérese que lo verdadero, en ciencia, no es más que una estadística, lo mismo que la verdad, puesto que los grandes mitos no son suficientes para referir la objetividad-objetualidad del mundo real. Es necesario hacer notar que la ciencia también tiene dueño, los poscapitalistas. De tal forma que «El conocimiento será un conjunto de enunciados que denotan o describen los objetos» (Lyotard, 1987, p. 18). El saber, ya no como un conocimiento profundo o la habilidad para realizar una actividad. No como el saber cotidiano. No como la sabiduría de los abuelos o de las culturas primigenias, sino como un conjunto de enunciados construidos a modo. En la posmodernidad, el saber solo transmite conocimiento y se debe pagar por él. No interesa aquél hombre, quien observó que a su automóvil le robaron un par de neumáticos y para evitar posteriores latrocinios fabricó tornillos cuyas tuercas tenían forma triangular, bajo relieve, que sólo la llave, también elaborada por él, podía abrir.

La condición posmoderna deslegitima a los sabios, es decir, al anciano, al chamán -sabio, político, médico, et sequens- e introduce al nuevo protector del conocimiento: los sabientes. Los posmodernistas hablan de la unidad universal, lo cual se traduce, es evidente, como uniformidad del pensamiento, porque esa es la nueva sensibilidad; pensamiento y sentimiento unificados. En consecuencia, la innovación solo es plausible si los objetos -saberes- se someten a debate y a exámenes particulares y si es posible su masificación. Al respecto, señala Lyotard: «El saber es lo que hace a cada uno capaz de emitir “buenos” enunciados denotativos, y también “buenos” enunciados prescriptivos, “buenos” enunciados valorativos» (1987, p. 18). Lo «bueno», en esta posmodernidad, es sinónimo de verdad, de belleza, de justicia y eficacia. Pero, ¿quién tiene tales saberes? Los sabientes, quienes a su vez legitiman los «buenos enunciados» y exponen los resultados de acuerdo con: a) el horizonte del desarrollo y b) el horizonte del no desarrollo. Los primeros producen «artefactos civilizados», y los segundos, ipso facto, entrarán en el casillero de lo «no civilizado». Sin duda, para la posmodernidad, «civilizado» es la categoría para nombrar a las sociedades desarrolladas, las cuales tienen a su disposición el «pensamiento científico», mientras que las «no civilizadas» tan solo son poseedoras del «pensamiento salvaje». De cualquier manera, el hombre «no civilizado» ha evitado que le vuelvan a robar los neumáticos a su automóvil, es un hombre de la eficacia y no de la eficiencia, por tanto, no es posmoderno.

El término planteado por Lyotard supone el saber en las sociedades posindustriales, el cual ha permitido modelar un nuevo paradigma. Sin embargo, se pudiese hablar de un giro paradigmático y comprenderlo, no como un nuevo modelo, sino como un no paradigma, o en el mejor de los casos, como un tras paradigmático. De entrada, expone una condición histórica considerada como un discurso legitimador o un conjunto de ideas que en el tiempo-espacio (histórico-geográfico) explican la producción cultural y la producción ideológica en las culturas posindustriales. En tal sentido, Lyotard dice que «se tiene por “posmoderno” la incredulidad con respecto a los metarrelatos» (1987, p. 4). Pero, ¿cuáles son los grandes relatos? Principalmente, el desmoronamiento del marxismo, de la Ilustración, la búsqueda de la moral universal, del arte autónomo, del trabajo libre y creativo, del pensamiento liberal, del fin del uso arbitrario del poder, entre muchos otros mitos. De entrada, ¿por qué no se proclamaron la incredulidad y la caída del capitalismo? La respuesta es obvia: es la marca registrada para los nuevos grandes relatos, el neocapitalismo, la reindustrialización y la neocultura; es indiscutible que lo único nuevo es el prefijo neo. La razón es simple, la posmodernidad no reconoce el trabajo libre y creativo, depende de las políticas de las grandes empresas. La emancipación humana es una etiqueta, pues los gobiernos-Estado democráticos reprimen con arrebato, truculencia y ferocidad a las sociedades que buscan libertad de pensamiento y expresión. Por tanto, la «moral universal» sólo implica el proyecto de vida de los posmodernos -neocapitalistas, neoindustriales, neoconservadores-, a fin de cuentas, la ética es elástica. Todo cabe en el jarrito de la posmodernidad sabiéndolo acomodar.

La posmodernidad ha hecho posible la Nova Atlantis de Francis Bacon, donde los sabios eran los custodios del conocimiento, eran, además, los formuladores y proclamadores de la ética, eran quienes proclamaban la moral social. La posmodernidad lo ha vuelto realidad. El conocimiento es protegido por los sabientes y no por los sabios, es decir, las universidades, los laboratorios de investigación (médica, estética, industrial); quienes ponen a disposición del consumidor el conocimiento-objeto: «objeto medicina-salud; objeto belleza-cosméticos; objeto estética-museos; objetos aparatos-para ejercitar el cuerpo; objeto-ciencia y sus patentes; objetos-becas; objetos-salario y un sin fin de objetos de consumo». Ya lo mencionó el consejero de la farmacéutica Bayer, Marinjn Dekkers: «Nosotros no desarrollamos medicamentos para el mercado indio, lo hemos desarrollado para los pacientes occidentales que pueden permitírselo» (2013). Actividad imposible para las personas de bajos recursos, pues se fabrican objetos-conocimiento para la «gente», no para el hombre, no para el ser humano. En consecuencia, aparece la destrucción de la individualidad, aunque se pretenda la individualidad. La transformación del paradigma solo es para la élite, lo que evidencia el fracaso de la transformación total de la sociedad. ¿Posmodernidad? Sí, pero solo para las sociedades capitalistas avanzadas, pues la cultura hindú, como muchas otras, es una sociedad en vías de desarrollo y no tiene la liquidez para acceder a la igualdad y a la salud, por tanto, no podrá acceder al objeto-ciencia-medicina.

La justicia, la salud y la cultura no cenan en la mesa de los pobres. Dice el viejo adagio. De tal manera que la ciencia, en pos de la legitimización se olvida de lo humano, ya no interesa la vida, solo el conocimiento como objeto-mercancía. De tal modo que la posmodernidad, con el velo de la filosofía, muestra una inigualable aversión contra cualquier aspiración humana, contra cualquier acto libertario y se opone a la movilidad de la ciencia-saber, o incluso, de la razón. Es natural que la posmodernidad, la posmodernización y el posmodernismo no representen ruptura con la Edad Moderna, no es un periódico histórico, sino un discurso deslegitimador de los relatos, para suplantarlos y dejar otros en su sitio, más efectivos y afectivos, pues involucra el aparente reconocimiento a la «otredad» de grupos como el de las mujeres, de los gay, de los negros, de los pueblos indígenas, de los barrios y, la lista es enorme. ¿No es acaso una nueva colonización en pos de la fragmentación? Entre más se encuentren distanciados los seres humanos los recursos para el control político y social será menos costoso. Además, la fragmentación permite dividir el mercado de consumo, y no sólo de los objetos-mercancía, sino de los objetos-símbolo como la libertad, los objetos-belleza, los objetos-ideas sociales. Mientras, «abajo» estén divididos, desde «arriba» brotarán, con buena voluntad los principios éticos y morales que guiarán a la sociedad posmoderna.

El gran relato de la Ilustración queda fuera del proyecto del posmodernismo. La Ilustración surge en contra de la nobleza y los absolutismos europeos. Con la Ilustración se da por concluido el racionalismo renacentista para dar paso a la cultura e ideología de la nueva clase social, es decir, la burguesía europea. En pleno siglo XVII la Ilustración toma como principios la búsqueda de la felicidad y el optimismo, pretendió el laicismo y la bondad del hombre como principio, por tanto, la Ilustración tuvo como ideal el orden natural a través de la razón. Se puede, concluir provisionalmente, que es la esencia del Renacimiento en su máxima expresión. El ideario de la Ilustración condujo al gran proyecto: La Enciclopedia, de allí que se les nombre enciclopedistas. No debe olvidarse que el enciclopedismo es el movimiento filosófico de la Ilustración, cuya intención era concentrar todo el conocimiento humano con base en un solo principio: la razón. Entonces, Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alembert dirigen la tarea para reunir dicho conocimiento. La redacción de la Enciclopedia queda en manos de más de cien pensadores, pero quienes más influyeron son: a) Voltaire -François-Marie Arouet-, encargado de la literatura, la historia y la filosofía; b) Denis Diderot, quien además de dirigir tal empresa, se dedicó a la religión, la economía, la política, entre otras; c) d’Alembert se ocupó de la ciencia, en especial, la matemática, además de temas de filosofía y religión; d) Jean-Jacques Rousseau, de la teoría política y la música; e) Etiénne Bonnot de Condillac, de la filosofía; f) Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, desarrolló las teorías políticas, así, entre muchos otros. Pregunta, ¿la estrategia enciclopedista de la Ilustración concluyó con la posmodernidad?

El pensamiento y el conocimiento del hombre ya no son un álbum de familia, sino un pastiche de familia. La historia, la matemática, la física, el arte, la biología, la tecnología, las definiciones del lenguaje, la explicación anatómica, los sistemas de programación computacional y, casi todo el saber común humano, ahora se presenta en la novísima enciclopedia, esos pedacitos coloreados llamados estampas o láminas donde el saber-miniatura es lo que se debe saber, no más. En tal sentido, la posmodernidad llega con su propio canon, ya lo dijo Jürgen Habermas: «La posmodernidad se presenta, sin duda, como Antimodernidad». Esta afirmación se aplica a la corriente emocional de nuestra época que ha penetrado todas las esferas de la vida intelectual. Y ha convertido en puntos prioritarios de reflexión a las teorías sobre el posiluminismo, la posmodernidad e, incluso, la poshistoria” (1980, p. 1). Implica, a fin de cuentas, lo ideolectal como un actualismo mesiánico. Sin duda, es la añoranza del heroísmo, de aquel que salva al mundo de los grandes relatos para esquivar a la sociedad. Pues los posmodernos tienen el olfato del presentismo, es decir, the time is money. Es innegable la nueva racionalidad económica y administrativa, donde lo sociolectal es una aporía para sembrar el nuevo gran relato: la cultura, la política y la economía en defensa de la posmodernidad. La cultura, dice Walter Benjamin, «Alimenta el odio por las convenciones y virtudes de la vida cotidiana, que habían sido racionalizadas bajo las presiones de imperativos económicos y administrativos» (1973, p. 3). Pues alguien, quién sabe quién, ha elegido la Historia que lo representa, pues la historia que queda fuera del «horizonte de desarrollo» no es Historia. Entonces, es necesario actualizar los principios éticos y estéticos para disolver los que antecedieron. Es difícil creer en la candidez de la posmodernidad, aunque esta mencione que se trata de una condición o acto filosófico que explica los tiempos que corren. En fin, el siglo XX es testigo de la neoilustración, pero más fragmentada.

La exposición anterior permite configurar la estilística del posmodernismo, a saber: a) la dislocación de la forma -antiforma-; b) el juego, pero no como el divertimento, lo lúdico o la explosión de las afectividades, sino las reglas del juego a seguir para ser considerado “civilizado”; c) va contra la interpretación, por tanto, lo que interesa es el texto y lo intertextual, no como proceso discursivo, sino como lo sintagmático que tiende a lo dicho, a la superficie, a lo escribible y a la inmanencia -a pesar de oponerse al significado-; d) procura la indeterminación idiolecto y dice no al sociolecto; e) se manifiesta contra el canon de la Modernidad, no obstante, la «condición posmoderna» es otro canon, el cual se fundamenta en el antirelato, en la antiheroicidad, en lo antiracional, en la antijerarquía -aunque los principios posmodernos sean jerárquicos-. Otros antis son: el antidiseño, la anticreación, el anticódigo de los creadores del arte, la antitrascendencia, los antipropósitos, el antiestado Nación, la antiesquizofrenia, pese a que las sociedades «avanzadas», no son solo esquizoides, sino paranoicas, solo pensemos en el defensor de las democracias mundiales, quien crea los discursos libertarios para apoderarse de los recursos naturales de los países «incivilizados»; f) el mega, ya no meta, relato que va en contra del logos, que va en contra de la profundidad del pensamiento y de lo tangible y, por último, h) busca la emancipación del hombre, aunque lo tiene atado al salario, a la moda y al consumo de los bienes-objetos que se producen con la mano de obra y los recursos naturales de las sociedades «no avanzadas».

Todas las sociedades, cualquiera que haya sido su forma de representación de mundo, han establecido una relación entre el poder político, económico, el arte y la sociedad. En la Edad Oscura, por decirlo de alguna manera, las personas dejaban en los muros la representación de mundo. Pinturas que figuraban estéticamente las estrategias de caza, a su vez eran una manera de comunicarse, no solo con los hombres, sino también con los dioses. Implicaba, al mismo tiempo, la práctica económica, entendido el término como el consumo de los bienes y servicios, después de ser obtenidos, producidos y distribuidos entre los integrantes de la comunidad. El ejercicio sigue presente en la Edad Moderna. Se trata, según Jean Baudrillard (2007, 2010), de la economía política del signo o en todo caso de los sistemas de objetos que las sociedades producen. Solo que en la posmodernidad ya no se emplean para resolver las necesidades básicas de los seres humanos, mucho menos para provocar placer estético, en todo caso, para cumplir con las reglas del juego, es decir, el hombre-masa, en la colusión de su identidad, tanto individual como social, recupera, mediante la adquisición, lo que él mismo ha producido. En tal sentido, los objetos de arte ya no implican el ejercicio de la pervivencia, el esparcimiento o la afectividad. El arte ya no es una obra estética, sino un artefacto «autoirónico», diría Terry Eagleton (1987), quien asume el lenguaje de la mercancía y del comercio, es esquizoide, señala el crítico. Por ende, el artefacto cultural posmoderno imita la diversidad textual, las culturas y los estilos socioculturalespara dar la impresión de ser una creación independiente. Es el famoso pasticcio de los italianos, quien con dicha técnica hacían pasar una obra como auténtica, es el pastiche et mélanges que Marcel Proust aplicó a la literatura. En resumidas cuentas, solo se trata del socavado ejercicio de la estética de la conmoción, efectista, pero vendible.

La profecía de Johann Wolfgang von Goethe se hace realidad. Pues el héroe épico destruye a la épica, los mitos, los valores tradicionales, así como la vida sencilla, cómoda y planificada. A Fausto le toca traer a escena la tragedia, pues quien no entra en el plan maestro, debe morir. ¿Cuál plan maestro? ¿El de la Modernidad o el de la Posmodernidad? El nuevo Mefistófeles es el demoledor de los relatos, él mismo se destruye, pues termina con su condición heroica. La destrucción creativa, sentenció Nietzsche. Destruir las ciudades, destruir el arte, destruir las naciones-Estado, en pos de las ciudades-ghuetto, sin duda refiere a Soft city de Jonathan Raban, donde aparece una nueva gramática de la vida; dócil, maleable y deslumbrante, unida a la vulnerabilidad, pues los sueños conducen a la pesadilla totalitaria, la de los otros, pues se le tiene miedo a lo que puede ser, eso incluye a la libertad. Sin embargo, tan solo es la evasión del mundo real, pues se teoriza la referencialidad desde las pesadillas que no se sueñan. En tal sentido, la posmodernidad es un mundo de contradicciones: la ficción y la fantasía; el capital simbólico y el capital ficticio; el azar transitorio y efímero. En definitiva, se indicia al presente inmaculado y estable del que habló Habermas, con una economía de alcance, pero no al alcance de todos, sino de los poscapitalistas; un idiolecto provocador de la división social, la división del trabajo y de clases, donde la diversidad se prescribe, pero no se tolera.

El poder financiero y la iniciativa empresarial también tocaron con su dedo de oro a la estética. Si bien es cierto que los mecenas de la Edad Moderna desaparecieron, en los siglos XX y XXI surgieron nuevas estrategias de mecenazgo, arbitradas por los grandes emporios como Kellogg company quien otorga incentivos a los escritores, «posmodernistas», o se pude pensar en Microsoft o en la fundación Telmex, además de las becas para creación artística generosamente otorgadas con los impuestos de los ciudadanos, pero con el caritativo rostro de los estado-Nación. Sin olvidar, claro está, la presencia de los grandes consorcios financieros, los cuales compran obras de arte como inversión duradera. ¿La descentralización? Sí, pero controlada por el centro, pues la estética es una moneda de cambio. Sólo pensemos en el graffiti, que en sus inicios fue considerado underground, pues era la representación estética de la calle, del populacho, quien con efervescente vocación ha tratado de recuperar la ciudad, de hacerla presente desde la periferia. No obstante, el estado-Nación se dio cuenta de que estos artistas ensuciaban sus «ciudades» y decidieron otorgar muros, en las calles, no en los museos o en los edificios icónicos de la Historia, para realizar con civilidad su arte. Incluso, desde los centros productores de software se le ha facilitado el trabajo, pues les otorgaron, mejor dicho, pusieron a la venta el graffiti creator para apresurar su expresión estética. En pocas palabras, el arte viene a hacer otra moneda de cambio, el juego de la antítesis y de la gestión estratégica del idiolecto, de la heterotopía como una alteridad inalcanzable, pero proclamada, pues lo que interesa es el espectáculo para distraer al hombre de los conceptos esenciales de la vida. Solo pensemos en el taller Art trash organizado por el CONACULTA -Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en México-, es decir, hagamos pintura y escultura con materiales reciclados.

Referencias

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Fuente: gazeta.gt


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