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El derecho de propiedad
Por Jontan Rodas - Guatemala, 13 de septiembre de 2006

....pero no repartimos de la misma manera
el amor nuevo de nuestro corazón,
pues no somos todavía como esos inolvidables
compañeros de la sierra
que siempre han ignorado en sentido y la teoría
de la propiedad terrestre.

A finales del año 2004 realizábamos un estudio socioeconómico para un proyecto de mejoramiento habitacional en los asentamientos ubicados debajo del puente de Belice –son ellos: El Carmen I y II, La Paz y Jesús de la Buena Esperanza -, en la zona 6 de la ciudad capital. Durante el proceso de gestión del subsidio otorgado por el Fondo Guatemalteco para la Vivienda, FOGUAVI, debimos retroceder a trámites previos que, como requisito básico para el otorgamiento del mismo, exigían a cada miembro de la comunidad la comprobación de la propiedad del terreno. Ya en épocas anteriores a través de la organización vecinal se habían iniciado los trámites de negociación, compra y legalización de estos terrenos hasta entonces a manos de propietarios particulares; en este proceso los vecinos se encontraron con detalles que complicaban la adjudicación de las propiedades.

De los cuatro asentamientos que conforman el complejo suburbio uno de ellos se encontró con la sorpresa de estar ubicado sobre la línea limítrofe de una propiedad privada y una municipal, lo que obligaba a realizar gestiones diferenciadas para aquellas viviendas asentadas exactamente sobre esa línea; otras viviendas, en términos cartográficos, ni siquiera tenían existencia, como el caso de pequeñas viviendas (2 metros de frente por 6 de fondo) que se incrustaban en las peña que sostiene los linderos del barrio San Antonio, al punto que bien podría decirse irónicamente, que son los vecinos mas cercanos del famoso hundimiento de este barrio.

El origen principal de estos asentamientos se remonta al año 1976 como resultado de las migraciones internas provocadas por el terremoto que afectó al país. Desde esa fecha el lugar representó una opción de sobre vivencia para muchos de los afectados que nunca obtuvieron del Estado más que la aceptación a regañadientes de ubicarse en ese sitio; de tal manera que habría que corregirle la plana al entonces presidente de la República, Eugenio Kjell Laugerud, al decir que estamos heridos pero de muerte por algo como “...y agradezcan que no están muertos”.

Algunas familias de las que se fueron asentando en los alrededores tuvieron la suerte, o la desdicha, de habitar unos viejos caserones de madera ubicados a un costado de la vía férrea que servían como estaciones del ferrocarril que se conducía de la capital hacía el Atlántico, pues el panorama se les pinta nebuloso y complicado a juzgar por los últimos acontecimientos de la disputa entre el Estado de Guatemala y la Railroad Development Corporation –RDC- accionista mayoritaria de Ferrovias de Guatemala, empresa que obtuvo la concesión de los derechos y bienes de la empresa estatal Ferrocarriles de Guatemala –FEGUA-.

La concesión antes mencionada se llevó a cabo por parte del gobierno del presidente Álvaro Arzú para un período de 50 años la que incluía una promesa del gobierno de desalojar a quienes ocupaban los terrenos que estaban dentro del derecho de vía, invertir la mitad de los ingresos recibidos por el alquiler de los activos que pertenecían al ferrocarril y la manutención y mejora de la vía férrea.

En agosto del año 2006 el Estado guatemalteco declaró lesivo dicho contrato argumentando, principalmente, la escasez de avances en la rehabilitación de la red ferroviaria; como respuesta, en marzo de este año, la RDC demandó al Estado teniendo como principales alegatos la falta de cumplimiento en el mantenimiento de la vía y el desalojo de los invasores, ni mas ni menos que por la cantidad de 65 millones de dólares (15 por la inversión realizada y 50 por los ingresos dejados de percibir según la inversión proyectada) amparada en el capitulo 10 del tratado de libre comercio suscrito por Guatemala con Estados Unidos –RD-CAFTA-. Al mismo tiempo que se realizaba la concesión, una buena parte de los edificios centrales, patios, talleres, artículos y material fueron registrados por la Dirección del Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura y Deportes y luego declarados Patrimonio Histórico, lo que dio paso a que en enero del año 2004 se inaugurara el Museo del Ferrocarril ubicado en la 18 calle de la zona 1, frente a la plaza Justo Rufino Barrios.

En cierta ocasión, realizando un diagnostico sobre la oferta cultural de la Ciudad de Guatemala, llegamos a este Museo cuya composición aún denota retos a superar en cuanto a su diseño conceptual, de acuerdo a las últimas tendencias de la museografìa a nivel mundial, pero que transpira humanidad, empeño y voluntad de quienes hoy lo tienen a su cargo. La persona que guió nuestro recorrido ese día preguntó de la forma más didáctica que pudo cuáles eran nuestros recuerdos sobre el tren. Cuando éramos niños –pensé nomás- con los primos teníamos dos tareas fundamentales respecto al tren cuando pasaba por el barrio la Reformita, zona 12, justamente a un costado de la panadería Europa; la primera de ellas consistía en frotar los rieles de acero con un alambre lo que provocaba que el sistema de alarma colocado en la intersección de la calle sonara y automáticamente detuviera el tránsito, la segunda era colocarnos en la orilla de la línea para esperar el paso del Tren de la Alegría remolcado por la famosa Maquina Negra, entonces alistábamos la puntería para despojar de sus diademas de apaches de Toki a los patojos que regresaban de las excursiones y asomaban sus cabezas por las ventanas alegremente, tarea difícil. Una vez también hicimos el viaje a Amatitlán en un vagón de carga. Nunca nos enteramos quien trajo el primer tren, cuáles eran sus motivos ni cual su papel en el desarrollo económico e industrial del país como parte del conjunto de las naciones modernas y avanzadas.

El guía del Museo remató su presentación diciendo que la importancia de la conservación del patrimonio consistía en el valor simbólico que éste tenía en la historia de la patria, del orgullo y de la identidad guatemalteca. A propósito de esto recordé que cuando nos tocó hablar sobre el telégrafo y el edificio de la Dirección General de Correos, una de las mujeres presentes en la conversación, después de escuchar los argumentos de añoranza de los participantes dijo: “y yo que también lloré en esa gradas, mientras esperaba a que me pagaran mi quincena”.

A propósito de la demanda que la RDC hizo contra el Estado guatemalteco, el presidente de esta empresa, Henry Posner III, realizó un viaje “usando en el brazo izquierdo un pañuelo negro en señal de duelo por el cese de operaciones” de Ferrovías en Guatemala; en una entrevista realizada el 7 de septiembre de este año por un medio de comunicación escrita, alcanzó a decir que era un día triste y que “es una injusticia que después de 10 años el gobierno nos forzara a detener las operaciones, por intereses privados”.

Quizás los pequeños relatos y vivencias como el de la mujer ó incluso como el no dicho por los habitantes del asentamiento El Carmen no sean lo suficientemente válidos para ser tomados en cuenta en las discusiones y negociaciones de los bienes colectivos y deban quedarse atrapados en la soledad del corazón y el anonimato de la historia; tampoco faculta ni otorga el derecho a los grandes intereses de negociar a su sabor y antojo, bajo la lógica de la ganancia y el aprovechamiento, ignorando el alto contenido humano que la realidad concreta compone y el derecho de propiedad que le corresponde a quien trabaja y genera realmente la riqueza, sea esta económica, natural, cultural o histórica.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1286


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