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Los jóvenes y la desigualdad
Por Jonatan Rodas - Guatemala, 4 de octubre de 2006

Tiene el señor presidente
Un jardín una fuente,
Y un tesoro en oro y trigo:
Tengo más, tengo un amigo.

(Versos sencillos. José Martí)

Durante su intervención en un encuentro de jóvenes abordando el tema de la situación de desigualdad en los países centroamericanos, una investigadora comentaba acerca del caso de un campesino que recientemente había muerto de hambre mientras su familia –una madre con dos niños- estaba por correr la misma suerte, tendida en la hamaca que colgaba en el interior de una choza. Con un poco de suerte, el campesino pudo haber accedido al bono solidario que su gobierno concedía a las familias catalogadas como pobres, a no ser que para poder obtenerlo debía registrarte en una escuela o centro de salud, lo que significaba ponerle la tapa al pomo de la exclusión, pues donde este campesino y su familia habitaban no existía ni escuela ni centro de salud; de haber existido este último no solo le hubiera permitido al campesino cumplir el requisito del bono solidario sino que probablemente le hubiera salvado la vida.

En Guatemala, de acuerdo a los datos de la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida –ENCOVI- el 51% de la población total del país son pobres y un 15.2% está catalogada como extrema pobreza, es decir que sobrevive diariamente con menos de un dólar diario –eso es mas o menos lo que costaba un mensaje de texto para apoyar a Carlos Peña-; hablamos de aproximadamente dos millones de guatemaltecos y guatemaltecas que estarían en este momento en las mismas condiciones que el campesino y su familia. Como se sabe, según los datos, la pobreza afecta mucho más a las mujeres, a población indígena, a los jóvenes y niños; de esta suerte si quisiéramos hacer un acercamiento satelital del problema, a medida que fuéramos entrando en detalles encontraríamos al último de los análisis posibles: una niña muerta de hambre en algún lugar ignorado por los mapas y las estadísticas.

El tema resultaba de la discusión acerca de los desafíos que la desigualdad plantea a las generaciones jóvenes que se están insertando en el terreno de la política; y, queda claro que a estos segmentos privilegiados se les plantea el primer gran reto de entender la desigualdad en la complejidad de su trama, es decir, no solamente como una cuestión de déficit en los ingresos sino de comprensión de las relaciones de poder, estructuras sociales y económicas que bloquean y eliminan las posibilidades de la mayor parte de la población para salir no solo de la pobreza sino principalmente de la exclusión. Otra tarea que a la luz de los últimos acontecimientos se torna impostergable es la necesidad de pensar colectivamente el cómo revertir las relaciones de dominación e imposición en todo ámbito, y es quizás ésta una de las tareas más complicadas puesto que implica reconocer de entrada dos cosas: primero, que nosotros mismos mantenemos y reproducimos esas relaciones de dominación; y segundo, que no tenemos la verdad y la razón absoluta para enfrentarlo de tal suerte que no podemos hacerlo solos.

Ahora bien, en la práctica hemos constatado que lo anterior no es tan sencillo como se dice pues así de humanos como somos hemos aprendido a desconfiar del otro, a escucharlo bajo reserva, a utilizarlo en beneficio de intereses particulares -muchos de las veces sin ser concientes de ello-; caer en cuenta de esto también es urgente, puesto que si algo hemos reivindicado como diferencia frente a la derecha es la capacidad de abandonar todo intento de acaparamiento y dominación, aunque en la práctica pudiera ser que sucediera lo que ya Ernesto Sabato presentía, “que no se puede luchar durante años contra un poderoso enemigo sin terminar por parecerse a él”. En este sentido, habría que asumir la misma actitud de un alcohólico que ha decidido dejar de beber o de una persona que tomó la decisión de ir al psicólogo: reconocer que hay un problema, y aún mucho más, vulnerar lo suficiente el orgullo para lograr ese reconocimiento en el plano emocional, ya que se corre el riesgo –naturalmente- del reconocimiento racional, es decir, de aquel que conoce y entiende lo que le está pasando pero es incapaz de cambiarlo. De allí que surja un desafío mucho más fundamental que implica nuestra rehumanización, colocar al ser humano en el centro de toda motivación; la derecha lo sabe, pero no se le ocurre otra más que lo único que sabe hacer: adueñárselo y explotarlo.

Ciertamente, los jóvenes tenemos enormes retos y desafíos que enfrentar, tantos más que los que aquí se pudieron decir, y si bien es cierto que como se concluye regularmente en las discusiones amplias “primero hay que comenzar por uno mismo” no hay que pasar por alto el carácter social de nuestra propia condición que más que invitarnos a resolver nuestros mundos privados nos reta a ubicarnos y posicionarnos en el entramado social; es preciso que tampoco se pierda de vista que nos enfrentamos a un mundo complejo, a problemas de índole multifactorial y a una diversidad de posicionamientos e ideas respecto a su resolución que necesitan pensar puntos de coincidencia y concreción.

Si la indignación frente al caso del campesino y frente a todas las realidades dramáticas que hayamos podido presenciar es lo suficientemente aleccionadora, además de la solidaridad que echemos a andar es preciso visualizarnos en la estrategia de lucha y acceso al poder que cambie la correlación de fuerzas y, en consecuencia, que cambie el destino de los intereses y de los beneficios que produce la riqueza nacional. Decíamos al inicio que un primer paso implica comprender el fenómeno de la desigualdad y la exclusión. Dejémoslo como una posible ruta, no la única; y que sea el encuentro de las fuerzas progresistas el que allane el camino de ese otro mundo posible.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1301


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