Hablando de la memoria
Por Jonatan Rodas - Guatemala,
19 de junio de 2008
“El individuo se hace histórico en la medida en que su actividad particular tiene un carácter general, es decir, en la medida en que de su acción se desprenden consecuencias generales”
Karen Kosik en El Individuo y la historia
En sus conclusiones y recomendaciones la Comisión para el Esclarecimiento Histórico identificó como una necesidad fundamental “el rescate y preservación de la memoria histórica, individual y colectiva de las víctimas”(1). Estas medidas suponían la dignificación de las victimas y la conmemoración de la memoria a través de: declarar un día nacional de la dignidad de las víctimas de la violencia, la construcción de monumentos y parques públicos en memoria de las victimas, identificar a centros educativos, edificios y calles con los nombres de las victimas, considerar el carácter multicultural en el rescate de la memoria y el rescate de los lugares sagrados mayas violados durante el enfrentamiento armado (sic).
Casi doce años después de la firma de la Paz muchas de estas recomendaciones siguen en el olvido; en el año 2003 se aprueba el Programa Nacional de Resarcimiento –PNR- y se crea la Comisión Nacional de Resarcimiento –CNR- como ente ejecutor. Las medidas de esta instancia van desde la restitución material, la indemnización económica, reparación psicosocial y cultural hasta la ya mencionada dignificación de las victimas. Suena redundante pero es necesario enfatizar que tales medidas recomendadas a las instancias estatales no solamente han sido incumplidas sino que han carecido de una voluntad política para encaminarlas, de tal suerte que, de la mano con la interpretación a conveniencia de la historia por parte de personajes, individuales y sectoriales, tanto la memoria y la dignificación se han convertido en tema de pocos…y de unos pocos que, según el rumor popular, no quieren avanzar y ver hacía adelante, “ni modo como no fueron ellos”.
El que el Estado no asuma la responsabilidad en el impulso de tales medidas provoca el peligro de que no exista un reconocimiento de la característica esencial de los grupos de poder de mantenerse en él a través del miedo, el terror y la coerción; cualquiera que asista a un recorrido por nuestra historia notará que tales fenómenos han acompañado el proyecto oligárquico, proimperialista y acaparador de los grupos dominantes y cuyas manifestaciones han ido transformándose de acuerdo a la época. De esa cuenta, ya que se ha instalado el silencio y el miedo no como políticas e instrumentos del terror sino como formas de ser del guatemalteco común, resulta más fácil deducir que a la sociedad se le puede espantar con el petate del muerto, un muerto por aquí, otra por allá, “reajustes” en los precios de productos y servicios, campañas volcadas a la responsabilidad individual y todo listo: la culpa de todo la tiene el ciudadano que no se esfuerza más de lo que debiera y que se maneja en base a mieditos cotidianos y silencios que gritan con otros mecanismos.
Tomándolo con ligereza y superficialidad podría pensarse que el hecho de colocarle el nombre de las victimas a las escuelas o edificios, o de pegar un retrato de ellos en la ciudad no significa mucho, salvo que si, acompañadas de la ejecución de las medidas recomendadas, estas son promovidas públicamente y accesibles para las mayorías de la población se podría generar una suerte de lucha por la memoria y la dignificación en el campo de la subjetividad. El reto principal entonces, es despojarnos de la propiedad intelectual de la memoria y de la historia, para darle paso a las múltiples voces cuyas pequeñas, cotidianas y aisladas historias encuentren en el relato un lugar común.
(1) Tomado del Informe de Verificación, Estado de cumplimiento de las recomendaciones de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico. Minugua. Febrero 2004 Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1464 |