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Quien calló a Cerna
Por Jose Rubén Zamora - Guatemala, 16 de febrero de 2005

En la sepultura No. 15, en el cementerio La Verbena, fue enterrado con sigilo, en medio de la oscuridad, el coronel José Raúl Cerna Ramírez, el último oficial a cargo de las finanzas del Estado Mayor Presidencial, del delincuente Alfonso Portillo Cabrera.

El pecado capital de Cerna para merecer la tumba fue simple: conocía a pie juntillas el manejo ilegal de más de cien millones de quetzales del presupuesto corriente del Estado Mayor Presidencial y de los 900 millones de quetzales, que a través de transferencias al mismo Estado Mayor Presidencial, terminaron en los bolsillos de la cúpula militar de turno, de los Ríos, de Rojas y Salán y de Girón y del podrido de Portillo.

Este asalto en despoblado, por la bicoca de mil millones de quetzales, equivalentes a 129 millones de dólares, tuvo lugar tan solo entre enero y diciembre de 2003.

El cadáver del oficial Cerna fue identificado 240 días después de su muerte, cuando sus familiares más cercanos observaron unas fotografías archivadas accidentalmente bajo las alfombras del Ministerio Público de Villa Nueva.

Gracias a las fotos, la familia pudo exigir la exhumación del cadáver y tanto el odontólogo como las pruebas de ADN permitieron establecer que el muerto no era otro que el mismo Cerna.

El 11 de abril de 2003 por la mañana, Cerna se despidió de su familia en la Costa Sur. Por la noche los llamó por última vez desde su celular. El lunes 12 debía presentarse a primera hora, a su nueva y extraña asignación laboral de Jefe de la Escuela de Músicos Militares en la zona 5 de la ciudad capital. Al faltar a sus obligaciones, su ausencia fue reportada ese mismo día y ocho días más tarde fue acusado por las Fuerzas Armadas de desertor y se dio a conocer su situación públicamente. De manera extraoficial, el Ejército echó a andar el rumor de que había huido a México, junto a Portillo, con 90 millones de quetzales.

La realidad era otra: en la madrugada del lunes 12 de abril, Cerna llegó caminando a la emergencia del Hospital Roosevelt, turbado, temeroso y desorientado, donde fue atendido por el médico de turno, con quien, según el propio médico, no cruzó palabra.

Cerna presentaba síntomas severos de intoxicación, al extremo de que falleció tres horas más tarde, con el diagnóstico de intoxicación por ingerir substancia desconocida.

Su muerte fue registrada con su nombre, pues llevaba consigo su billetera con dinero y su licencia de conducir. Casi de inmediato fue trasladado a la morgue donde permaneció tres días, para luego ser enterrado en el cementerio La Verbena, sin que nadie, ni la todopoderosa G-2, ni su familia, supiera de su destino ni reclamara su cuerpo. No obstante, murió envenenado con sus papeles en el bolsillo.

¿Por qué los oficiales militares responsables de investigar su paradero no siguieron los procedimientos normales en estos casos? ¿Por qué el Ejército de inmediato hizo pública su supuesta deserción? ¿Por qué el Ejército especuló con el rumor de que Cerna había huido con 90 millones de quetzales robados? ¿Por qué Cerna, con una carrera en unidades especiales de combate, terminó refundido en la célebre Escuela de Músicos Militares?

¿Cómo es posible qué siendo uno de los personajes más buscados, el Ministerio Público se hiciera de la vista gorda de su extraña defunción? ¿Por qué la familia de Cerna no recibió ninguna respuesta, mucho menos apoyo, ni del Ejercito ni de ninguna institución del Estado?

Ahora bien; quién pudo haber querido terminar con la vida de Raúl Cerna. La primera hipótesis, nos lleva hacia aquellos que manejaron el Estado Mayor de Portillo, a quienes de ninguna manera les interesaba que Cerna fuese interrogado por la autoridades, pues existía la posibilidad de que los denunciara, riesgo que sin duda alguna no podían darse el lujo de correr. Esta hipótesis tiene sustentación, sobre la base de que el domingo 11 de abril, a eso de las ocho de la noche, recibió una llamada telefónica de alguien allegado, pues en seguida salió de su casa sin vehículo, dejando su arma y documentos de identificación militar.

Es probable que éste haya sido el momento, en que pudieron haber aprovechado para inyectarle alguna substancia para causarle la muerte, pues es imposible que hayan intentado darle de beber algún veneno, ya que se habría resistido y hubiese llegado al hospital con lesiones corporales, que se habrían constatado durante la exhumación.

La pieza que no encaja es su llegada al hospital, a menos, claro, que sus presuntos asesinos fuesen tan profesionales y calculadores, para dejarlo moribundo, a las puertas de un centro asistencial.

Por cierto, quienes cortaban el queso y manejaban el Estado Mayor Presidencial, en tiempos de Portillo, eran el coronel retirado Jacobo Salán Sánchez y el mayor retirado Napoleón Rojas Méndez.

La segunda hipótesis es que quienes hubiesen querido al oficial Cerna fuera de ese proceso dramático que todos conocemos a través de la palabra vida, fuesen los oficiales militares que con anterioridad ocuparon su propio puesto. Según sus allegados, Cerna contaba con fotocopias de documentación, que explicaban retiros de dinero en efectivo, con los mismos procedimientos que él mismo utilizó por instrucciones de sus jefes, desde la época de Serrano Elías, pasando por la de Ramiro De León, hasta la de Álvaro Arzú.

Estos documentos comprometían a ex funcionarios, a sus agrupaciones políticas y fundamentalmente a los militares que ocuparon su puesto, pues era de ellos de quienes aparecían registradas sus firmas en infinitas operaciones monetarias. Estas transacciones ilegales, ya han sido denunciadas reiteradamente por la diputada al Congreso de la República, Nineth Montenegro.

Coincidentemente, dos oficiales que ocuparon el puesto de Cerna con anterioridad, los coroneles Sergio Bernardo Illescas Santizo y Héctor Leonel Reyes Caballeros, se encontraban como director de Inteligencia el primero y de Contrainteligencia el segundo, en la fecha en que desapareció misteriosamente Raúl Cerna.

Llama poderosamente la atención que estos dos militares jamás realizaron los procedimientos mínimos de búsqueda, como es usual, cuando alguien, como fue el caso de Raúl Cerna, no se presenta a sus labores como era debido, y, más aun, cuando incluso había fallecido. Es difícil creer que no se enteraron de lo sucedido, cuando todos sabemos que no se cae una hoja de un árbol en Guatemala, sin que lo sepan Inteligencia y Contrainteligencia militar.

¿Habrá sido posible que Inteligencia y Contrainteligencia militar hayan asesorado al alto mando militar para que públicamente manifestara que Cerna había desertado y hayan insinuado que también había robado decenas de millones de quetzales? ¿Podría haber existido una negociación entre los mandos de los diferentes períodos presidenciales, entre 1990 y 2000, para proteger sus intereses y preocupaciones comunes? En tiempos de Serrano, el militar que ocupó el puesto de Raúl Cerna, entre el 1 de julio de 1990 al 30 de junio de 1993, fue el general. Alfonso Ruiz Álvarez. En tiempos de Ramiro De León, entre el 1 de julio de 1993 al 31 de diciembre de 1994, el coronel Sergio Bernardo Illescas Santizo, y, entre el 1 de enero de 1995 al 31 de diciembre de 1995, el coronel José Alfredo Cabrera Alarcón.

En tiempos de Arzú, entre el 16 de enero de 1996 al 1 de julio de 1997, el coronel piloto aviador Rudy Vinicio Pozuelos Alegría, y, entre el 1 de julio de 1997 al 16 de enero de 2000, el coronel piloto aviador Dedet Casprowitz.

Finalmente, en tiempos de Portillo, entre el 17 de enero de 2000 y el 15 de marzo de 2000, el coronel Carlos Enrique Chilel La parra, entre el 1 de enero de 2001 al 31 de agosto de 2002, el teniente coronel Saúl Méndez Monzón y el coronel José Raúl Cerna Ramírez del 1 de septiembre de 2002 hasta el 31 de octubre de 2003.

La última hipótesis es que el propio Raúl Cerna se haya suicidado. Estaba sometido a multiplicidad de presiones. Sus superiores de tiempos de Portillo lo presionaban para que callara. Mientras tanto, las nuevas autoridades lo contactaban para que denunciara los malos manejos de Portillo y su gente. Además, la Contraloría General de Cuentas efectuaba auditoría en los registros contables de la institución. Todas estas presiones acompañadas a su formación y a su propio entendimiento del concepto lealtad y subordinación desde una perspectiva militar, lo pudieron empujar a tomar tan trágica decisión.

Estas son las hipótesis de una muerte a todas luces extraña y difícil de descifrar. Sin embargo, conveniente para muchos personajes tenebrosos, pues con el silencio permanente de Cerna, su impunidad queda garantizada.

Los restos del coronel Raúl Cerna fueron enterrados ocho meses más tarde de su fallecimiento, en diciembre, en Cayuga, Izabal, con los rituales religiosos y legales pertinentes, acompañado del reconocimiento de sus paisanos. Entretanto, en el mundo de los vivos, y vaya que algunos lo son, ciertos sinvergüenzas de colección parece que se han salido con la suya.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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