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La entelequia de la unión centroamericana
Por J. Santos Coy - Guatemala, 23 de junio de 2005

En la escuela primaria nos hacían cantar algo que las maestras denominaban “Himno a Centro América” en el cual se recordaban con nostalgia los cinco dedos que algún día formaron una mano y se planteaba, con vehemencia, la esperanza de que los cinco hermanos separados volvieran a encender el fuego que en un día fatal se había extinguido.

Desde otra perspectiva, la que nos sitúa frente al nuevo orden mundial, hoy se empieza a cabildear en pos de una integración centroamericana que permita convertir nuestro istmo en actor internacional capaz de defenderse de los embates del neoliberalismo.

La acción –aunque no deja de ser todavía una mera intención- es necesaria pero no viable. Peca, en primera instancia, de extemporaneidad como todo lo que emprendemos. Además de haberse pensado tarde, la idea de la integración no se basa en una estrategia sino que trabaja sobre cuestiones tácticas, improvisadas y cortoplacistas. Las razones de la desunión centroamericana no se deben al rompimiento de la Federación sino a la visconversa: la disolución de la efímera unión de Centroamérica fue el evento que culmina un largo proceso de secesión tejido desde las mismas entrañas del sistema económico colonial y que dura hasta la fecha sin visos de ser superado. Algunos eventos conexos que el escenario de conflictos en Centroamérica de la segunda mitad del siglo pasado son sólo algunas de las muchas razones que vale la pena analizar.

Después de las fallidas tentativas armadas de los liberales del siglo XIX en pro de la unión política (recuérdese Chalchuapa y a Morazán), vinieron otras cuantas guerras que nunca permitieron ni permitirán que se concrete la unificación del istmo. Siempre he considerado una ofensa el afirmar que los pueblos tienen los gobernantes que merecen. No sucede lo mismo con respecto a sus élites. Los dirigentes del partido liberal de Nicaragua, a mediados del siglo XIX, no vacilaron en contratar mercenarios nortemericanos para combatir a sus rivales conservadores. Walker, quien comandaba a la gavilla de rufianes, conquistó el territorio y se hizo nombrar presidente. Esta historia de opereta no impidió que a principios del siglo XX los conservadores solicitaran la intervención armada de los marines cuyo engendro y aborto fue Somoza y acción a la que se opuso Augusto César Sandino. ¿Cuál de todos los presidentes que han sido electos o “electos” en la región no ha soñado –y a veces manifestado de viva voz- con ofrecer su país a los norteamericanos para convertirlo en estado libre asociado?

Examinemos, ahora, las guerras de baja intensidad que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo pasado. Las causas de ellas se han interpretado de diferentes maneras con marcados sesgos ideológicos que nada aportan a la solución de los diferendos. Una de las más recientes surge durante el reinado de Reagan: América Central era víctima de una agresión soviético cubana y todos los conflictos que perturbaron la paz del istmo derivaban del expansionismo soviético apoyado desde Cuba y después desde Nicaragua. Kissinger afirmó que las condiciones de vida miserables de las masas propiciaban las sublevaciones revolucionarias. Eso equivale a atribuir al comunismo internacional un increíble poder de atracción sobre las mayorías silenciadas. La segunda interpretación atribuye los orígenes de las crisis intercentroamericanas a la excesiva miseria y a la exagerada explotación de las mayorías. Pero la miseria viene de la colonia y las revoluciones son más recientes.

Los dos anteriores intentos de explicación son meras justificaciones simplistas propias de la retórica política y de la convicción que trata de ir más allá que del conocimiento. Constituyen, en otras palabras, la prolongación de los propios conflictos en la escena internacional.

Lo cierto es que dentro del esquema de la guerra fría, durante la década de los setentas se avivó el descontento popular y los movimientos insurgentes calentaban el interior de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Costa Rica se declaró neutral y en Honduras los proletarios se entretenían realizando luchas de reivindicación en contra de las empresas bananeras. El espacio centroamericano siempre ha sido permeable a las intervenciones norteamericanas y, en lo álgido de los conflictos, los norteamericanos aplicaron el ineficaz remedio de la intervención solapada y la ayuda militar descarnada esgrimiendo actuar en defensa de la seguridad del hemisferio. Nunca EEUU ha estudiado objetivamente las causas profundas e inmediatas de la resistencia civil en Centroamérica. Hoy que la guerra es comercial y el tratado con los norteamericanos –el nefasto TLC- una imposición asimétrica de poder descarnado.

Concluyamos que la crisis del istmo no perdona, directa o indirectamente, a nadie. Recordemos el número de refugiados que causaron los conflictos armados y, actualmente, el más de un millón y medio de centroamericanos que viven en Estados Unidos, en su mayoría ilegalmente, por razones económicas o políticas y, a menudo, ambas a la vez. Al principio de un conflicto uno sabe o cree saber que acuerdo con su propios intereses, quién tiene razón. Pero al final uno se ve obligado a constatar que todos estaban equivocados. Esto lo dijo Miterrand.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 759


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