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A dos años de gobierno
Por J. Santos Coy - Guatemala, 9 de diciembre de 2005

Es evidente que la persona del presidente Berger ha sufrido muchísimo desgaste físico. Y esto sin mencionar el político que más bien lo ha sepultado como gobernante. Ya no es el candidato bonachón y jovial que recorrió el país ofreciendo lo que hasta hoy no ha podido cumplir a cambio de los votos de los ciudadanos. Ni el presidente que salió al parque a ofrecerle el pago a las exPAC aunque para ello tuviera que vender el Palacio Nacional.

Por el contrario, da la impresión de que el Presidente no está pensando en qué puede hacer para recuperar la confianza de los guatemaltecos en los dos años que le quedan de gobierno. Apuesto a que si le plantean que renuncie hoy, saca de la gaveta una renuncia redactada hace ya rato. Por el contrario pareciera que se preocupa muchísimo más en preparar el andamiaje que requiere para salir, él y su familia, bien parados de ese trago amargo y desgastante que se llama presidencia que en resolver los problemas que la propia debilidad política demostrada en su gestión ha permitido su acumulación y crecimiento.

Una lista de las carencias de este gobierno no cabría en este espacio de opinión y, de tan conocidas que son, no vale la pena repetirlas. Lo que sí conviene intentar es meditar sobre el hecho de que en una democracia, como la que está planteada en nuestra Constitución, y la gobernabilidad, es decir, la posibilidad de gobernar bajo condiciones más o menos estables, hay un largísimo y tortuoso trecho.

Gobernabilidad y democracia son dos ámbitos que no necesariamente son concurrentes. De hecho, las reflexiones sobre una y otra tienen trayectorias que sólo en ciertos casos han coincidido, revelando así las tensiones que rodean su relación. No obstante, pensar en la gobernabilidad al margen de la democracia, estimula el germen del autoritarismo en aras, en el mejor de los casos, de un gobierno eficiente pero sin legitimidad ciudadana.

De la misma manera, postular la democracia sin considerar la gobernabilidad puede derivar en situaciones de inestabilidad política. Por estas razones, es pertinente la reflexión simultánea en torno a la gobernabilidad democrática y a la democracia gobernable. Con las premisas anteriores se alude a dos niveles fundamentales de la política: los procesos democráticos para la conformación de gobiernos legítimos y el ejercicio gubernamental eficiente con vocación de servicio ciudadano.

En las sociedades contemporáneas el vínculo entre gobernabilidad y democracia radica en el principio de la soberanía popular y en sus manifestaciones concretas, tales como las elecciones periódicas y la construcción de ciudadanía. En una democracia consolidada se cuenta con un buen número de recursos e instituciones para prevenir y, en su caso, enfrentar los problemas de gobernabilidad.

La descentralización, la desconcentración del poder gubernamental, la separación de poderes, el sistema de partidos, la correlación entre mayoría y minorías, las elecciones periódicas, las posibilidades de la alternabilidad, el no clientelismo de los partidos y las múltiples formas de participación ciudadana hacen de la democracia el espacio institucional idóneo para dirimir pacíficamente la confrontación entre intereses grupales y promover la eficaz coordinación entre programas y proyectos políticos.

Sin embargo, es necesario reconocer que aun en ese contexto, los sistemas democráticos enfrentan, en mayor o menor grado, problemas de gobernabilidad. Ya sea por la escasez de recursos, por la multiplicación o articulación exagerada de demandas insatisfechas o por otros factores, la resolución a niveles satisfactorios de los problemas de gobernabilidad puede rebasar el ámbito propio de la democracia política.

Se trata, entonces, de que gobernabilidad y democracia se influyan provechosamente para propiciar gobiernos democráticos a la vez que legítimos, eficientes y responsables.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 875


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